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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 62 - Culturas Vivas, Culturas Originarias
Publicación de diciembre, 2001.
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El espíritu de los antiguos mexicanos le encargargó a Maximino Ibarra difundir su música

  Noticia por Ángel Trejo   (version pdf)

San Juan Tehuixtlán, Edo. de México.- "Lo soñaba casi todas las noches. Era muy viejito, quizás con más de cien años. Tenía la barbita y el pelo de la cabeza totalmente cano. Venía y se sentaba a un lado de la cabecera de mi cama para hablarme al oído. Me decía muchas cosas con voz suave, en náhuatl, como sugiriéndome o pidiéndome que hiciera algo, pero yo no le entendía porque los últimos de mi familia que hablaron esa lengua fueron mis abuelos".

Así empieza don Maximino Ibarra Lozada su relato de cómo recibió el mandato de dedicarse a la creación de teponaxtlis y huehuetls, los más conocidos instrumentos de percusión prehispánicos, actividad artesanal que, a partir del último tercio del siglo XX, le ha merecido elogios y reconocimientos de músicos, arqueólogos, intelectuales e instituciones culturales de México, Estados Unidos, Alemania, Italia, Bélgica y Japón.

Cuando soñaba al viejito centenario, don Maximino tenía apenas 27 años de edad, había dejado las labores de campesino que heredó de sus padres y se dedicaba a la cantería en el taller del maestro Isidro Hernández, pariente político suyo y vecino de esta población. Un par de años después se independizó y puso un taller de talla de madera para aplicar en este material que obtuvo en la lapidaria.

En la talla de madera hizo mesas, sillas, puertas, máscaras, santos, vírgenes, calaveras y muchos otros objetos de uso práctico y ornamental con grabados artísticos en bajorrelieve que pronto le valieron reconocimiento y la apertura del mercado artesanal en el Distrito Federal. Por esta vía le llegó la clave de los mensajes en náhuatl de su interlocutor onírico, que aún seguía visitándolo en las noches.

En una exposición nacional de artesanías organizada en 1969 en la capital de la República por Víctor Fosado, en la cual Don Maximino participó con esculturas y tallas en bajorrelieve, el arqueólogo Jorge Dájer, especialista en la investigación de instrumentos musicales prehispánicos le sugirió que hiciera teponaxtlis y huehuetls con tallas de motivos históricos indígenas como los que se hacían en el pasado.

Estos instrumentos se seguían elaborando desde la Conquista y la Colonia en poblaciones de los valles de México, en Toluca y otras regiones de la República, pero sin los grabados originales que exhibieron los modelos prehispánicos. Su elaboración obedecía exclusivamente a usos musicales y ornamentales -méritos por demás suficientes, desde luego-pero no recogían la totalidad del patrón histórico que los teponaxtlis y huehuetls tuvieron en la época prehispánica.

Cuando don Maximino vio por primera vez los originales de los instrumentos prehispánicos que le pedían reprodujera, entendió finalmente lo que le decía el viejito nahua que lo visitaba en sueños. A partir de entonces y con base en los dibujos, símbolos y relatos históricos reseñados en el Códice Borgia y los modelos de un libro que le regalaron -Instrumental precolombino de Daniel Castañeda y Vicente T. Mendoza, (UNAM, México 1933)- se dedicó a su producción.

"Ahora sé que dentro de mí está el espíritu de los antiguos mexicanos y que éstos me encargaron difundir su música. Música que nos viene de lejos, del viento, de los bosques, del paisaje, del correr de nuestra sangre en las venas y del corazón, cuyo ritmo y latidos son de os tambores originales", dijo el maestro Ibarra Lozada, de 62 años quien aunque analfabeto, con su artesanía ya recorrió los cuatro cardinales.

Don Maximino trabaja en su rústico taller de una pequeña y humilde vivienda de esta población aledaña al volcán Popocatépetl, a la altura del centro turístico Popo Park. En él formó un equipo familiar integrado por sus hijos Ernesto y Adolfo, de 40 y 24 años respectivamente, y sus nietos Diego y Juan Carlos, de 20 y 18 años de edad. Todos hacen labor de talla aunque en distintos niveles de dificultad y calidad.

La talla de la madera es un trabajo pesado e ingrato porque exige mucho tiempo y cuidado y se paga poco por él, como ocurre en México con todas las artesanías. Es por ello que a 30 años de haberse iniciado en la creación de huehuetls y teponaxtlis, muchos de los cuales están sonando en Europa, América del Norte y Asia, la familia sigue pobre. "Tenemos fama pero no lana", comentó con sabia ironía don Maximino.

Pero en el fondo ésto le importa poco mientras siga cumpliendo con su compromiso con el viejito de sus sueños, el cual podría representar a los huehuetl, palabra náhuatl que significa viejo y continuar haciendo sus instrumentos para "dar alegría y motivo de danza" a la gente. A él le enorgullece que elogien sus grabados y que sus sonidos lleguen a Tepetlixpa o a San Miguel Nepantla, a cinco u ocho kilómetros de distancia.

Los huehuetl tienen forma de barril, se hacen con madera de pino y miden entre 70 y 80 centímetros o un metro de alto, según el gusto del cliente. Su manufactura empieza con el corte de un tronco. Se le quita la corteza con hacha y se le ahueca con motosierra. La caja tiene un grosor de cinco centímetros y por debajo se le labran tres o cuatro patas según las figuras que le vayan a tallar. La superficie se limpia y alisa para que en ella se dibujen los motivos en bajorrelieve.

Estos se calcan después de que el artesano copió a pulso del Códice Borgia los temas que desea reproducir. Pueden ser dioses, personajes y relatos míticos e históricos, estrellas, soles, catástrofes naturales, cometas, lugares, ritos religiosos o bien los símbolos de los días; meses y años del calendario azteca, los cuatro puntos cardinales y los glifos de los números.

Una vez hecho el dibujo sobre la madera, los artesanos los sacan en relieve con formones y gubias (filosas cuchillas de hierro) de distintos tamaños. Los formones son de filo recto y las gubias de línea curva. Cuando terminan esta labor, la más delicada y meticulosa, el instrumento se mete en un horno de leña para que la madera se seque y no sufra modificaciones que dañen su función musical.

El estofado, sin embargo, suele agrietar el tambor por lo que la penúltima tarea artesanal consiste en cubrir las aberturas de la madera con pequeñas astillas y cuñas. El último paso es ponerle un parche de cuero de res o de mula para darle gran resonancia. Cuando el cliente pide que se pinte -es el caso de las casas Wagner y Verkamp en la ciudad de México-los artesanos lo hacen con chapopote o cualquier pintura de aceite.

Don Maximino ha reproducido en huehuetl el calendario azteca, la diosa Coatlicue, Quetzalcóatl, Tonatiuh, caballeros águila y tigres con tal fidelidad y habilidad artísticas que instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Mexiquense de Cultura (IMC), el Atlas Cultural y el escritor Carlos Monsiváis le han brindado reconocimientos de escultor y no de artesano.

En años recientes su hijo Ernesto y su nieto Diego comenzaron a hacer grabados con temas libres de su invención o mixtos, es decir combinando motivos prehispánicos con modernos, a efecto de diversificar y ampliar la oferta artesanal. Introdujeron asimismo réplicas de cualquier asunto que proponen sus clientes. "Hacemos cualquier cosa, según el gusto de la gente", dijo Ernesto Ibarra.

Los teponaxtlis son instrumentos más pequeños y tienen una función similar a la marimba, aunque mucho más limitada en diversidad de sonidos. Si hacen con troncos de madera de nogal o encinas, son más delgados y también se ahuecan y se les dejan dos lengüetas en su parte alta para que sirvan de percutores al golpeárseles con baquetas. Para tocarlos se colocan sobre las piernas del músico o en cualquier base que permita la salida de su voz.

Estos instrumentos se percutieron hace más de 700 años en prácticamente todas las culturas prehispánicas de México. Aunque su uso se redujo a los pueblos indígenas que mejor conservaron sus tradiciones, jamás dejaron de resonar aunque sea marginalmente en montañas y valles del periodo colonial e independiente. Los modelos que mejor se conservaron fueron los de Malinalco y Tenango, en la región sur y poniente del Estado de México.

En la región oriente del Valle de México, al pie de los volcanes Popocatépetl e Iztacíchualtl, estos instrumentos estaban fuera de uso incluso entre los pueblos indígenas. Don Maximino y su taller familiar los recuperaron para bien de la cultura popular del país, ya que cada vez es más frecuente escucharlos en fiestas de pueblo, festivales folklóricos y aún en marchas de protesta social o política del renaciente indigenismo mexicano.

Don Maximino puede sentirse satisfecho de su ingrata en lo económico pero bella tarea de rescate cultural.



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