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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 67 - Mayo del 2002
Publicación de mayo, 2002.
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RESTAURAR LIBROS, UNA ARTESANíA DE LA MODERNIDAD

  Noticia por Sonia Sierra   (version pdf)

En la Biblioteca de México

Un restaurador actúa como una cámara fotográfica. Su trabajo detiene un momento y guarda aquello que merece ser visto en el futuro. Revela detalles. Congela una imagen. Sujeta el tiempo.

Adjunto al Fondo Reservado de la Biblioteca de México, donde se guardan 69 mil libros, está el área de Restauración, que funciona desde hace 13 años. Es una sala por la que tienen que pasar los libros, periódicos y revistas urgidos de la atención del restaurador. Lo que hace el grupo de seis personas que allí labora es detener un proceso de muerte que a veces parece inminente, por culpa de los hongos, la humedad, el polvo, el ácido y los años, que a veces suman siglos.

Pilar Ávila y Jerónimo Cruz son dos de los restauradores de libros en la Biblioteca. Ambos coinciden en comparar su trabajo con el de un médico que prolonga la vida. Maestra en restauración, Pilar Ávila ha investigado el tema por casi cuarenta años y en su texto Prácticas de restauración en libros y documentos da cuenta de 89 mil insectos que atacan al papel, aparte de hongos, bacterias y roedores, sin hablar de lo que hace el ser humano.

Es cierto que los restauradores son como médicos. El proceso de renovar la vida de un libro cumple etapas muy similares a las que se llevan a cabo en un hospital. Pilar Ávila lo explica así: "restaurar es volver a la vida. Los libros son enfermos que necesitan ser diagnosticados y que requieren de un tiempo para recuperar la salud. Como yo lo veo, esto es una mística porque hay que conocer el libro o el documento en todos sus aspectos; sólo a quienes nos ha dejado algo el libro nos dedicamos a esto".

Viejos, pero conservados

En la sala de restauración de la Biblioteca de México hay mucha luz, la necesaria para llevar a cabo este trabajo tan minucioso, que es imposible no compararlo con el de un artesano. Hay también una prensa, un microscopio, guillotinas para papel, bisturís de medidas especiales, charolas, mesas para el trabajo de cada uno de los restauradores y estantes de libros y periódicos a la espera de su momento. En una esquina, envueltos en papel, aislados, están los materiales con hongos; es una medida de precaución, para evitar que se contaminen los demás volúmenes.

La Hemeroteca Histórica, que incluye, entre otros, periódicos del siglo XIX, junto con algunos libros, revistas y folletos de los siglos XV al XX, pertenecientes al Fondo Reservado de la Biblioteca, son los que están en proceso de restauración.

El frío del edificio de la Biblioteca de México no es contraproducente para los materiales, todo lo contrario. La conservación del papel es más indicada en temperaturas que oscilan entre los 18 y los 24 grados; en contraste, en ciudades como Campeche la suerte de los libros es más incierta, porque adicional al calor hay mayor porcentaje de humedad. Sin embargo, en la zona de la Ciudadela es el polvo el que se convierte en el gran enemigo de los libros. Ante esto, la ubicación del Fondo Reservado en una sala sin ventanas, ha servido como alternativa para un mejor mantenimiento.

Contrario a lo que podría pensarse, no son los libros viejos, los incunables o los publicados en los primeros años de la imprenta en México, los que están en un estado más crítico. Los materiales impresos hasta mediados del siglo XIX fueron hechos en papel de trapo o en una combinación de trapo y madera. En adelante, con el desarrollo de las industrias, todo el papel se hizo, y se hace, con madera, por lo cual su vida es limitada, pues sufre una rápida acidez que ocasiona rompimientos y el típico color amarillo de los textos viejos.

Jerónimo Cruz toma un ejemplar volumen de periódicos y cuenta: "básicamente en este momento estamos restaurando materiales de 1860 a 1930, que son restringidos para la consulta. La fotocopia de estos no se permite porque es malo el calor de la copiadora y porque los copistas presionan y rompen las costuras. Éstos, solo se pueden fotografiar o microfilmar. Como en un hospital, donde hay 15 pacientes, hay que atender al que está más grave. En nuestro caso, los libros de la bóveda del Fondo Reservado son los pacientes más enfermos y valiosos, al igual que los que conforman la hemeroteca histórica".

El trabajo es minucioso, lento, no hay resultados inmediatos, pero sí son evidentes las diferencias antes y después de la restauración.

La nueva vida de un libro comienza con la limpieza, durante la cual no sólo hay que cuidar el texto, sino prevenir que los hongos contaminen al restaurador, quien debe usar guantes y mascarilla. La fumigación es el siguiente paso, se trata de un proceso que requiere de un área ventilada, puesto que son muchos los químicos necesarios para atacar a los miles de bichos que puede tener el papel.

Según Jerónimo Cruz, "hay insectos cuyo alimento está en el adhesivo, el engrudo o la cola de los lomos o tapas. Algunas veces no se les ve, pero perforan de lado a lado un libro. Los más comunes son el piojo de libro, el pescado de plata y las polillas que atacan la madera, el papel y la tela".

Como un paciente recién entrado al hospital, todo libro pasa a tener una ficha clínica que detalla su estado, niveles de contaminación, ubicación de hongos y ácidos, páginas rotas, situación de las tapas. Es una hoja donde se establecen las etapas de recuperación: separación por folios, lavado, planchado, insertos, laminación y encuadernación.

La restauración exige desprender la encuadernación que trae el libro para acomodar bien el legajo de documentos. Cada página se folia a lápiz con el fin de evitar errores en la nueva ordenación de las páginas. Esto se acompaña de una aspiración del polvo hecha con una pequeña aspiradora especial para que no se desprendan trozos del documento. Se procede luego a identificar las hojas de acuerdo con las machas, hongos o problemas que presenten, y se retiran los parches de cintas adhesivas o pegamentos.

No todos los libros requieren pasar por las diversas etapas y además no todos son susceptibles de un lavado, que es la siguiente parte del proceso. El lavado no se lleva a cabo con todos porque en el caso de los libros que cuentan con imágenes y manuscritos, las tintas son solubles al agua y se pueden correr.

El lavado representa la desacidificación, que es común en los libros más recientes y que se advierte con facilidad pues toma forma de manchas. Inmediatamente después cada página es planchada en una prensa, entre cartones y papel secante.

La laminación de las páginas se realiza con un papel transparente llamado papel de arroz, que no se corta sino que se rompe con los dedos. Este pequeño truco ayuda a que los hilos se inserten y evita desprendimientos en el futuro. Hay páginas que requieren de una laminación completa, pero en el caso de los periódicos, únicamente se ubica en los bordes, que son los que están más fracturados, o en ciertos parches.

Cuando una página está incompleta se realiza una restauración de papel. Agregar el papel faltante que es un proceso muy lento si se hace en forma manual: un pequeño inserto puede tomar tres horas de trabajo, pero existen máquinas que lo hacen en cosa de tres minutos. El faltante se dibuja en una mesa de negatoscopios que es una especie de microscopio para trabajar los papeles, con dos milímetros de margen para injertar con adhesivos y un soporte para que no se desprenda.

Lo siguiente es la encuadernación, la cual debe hacerse en su totalidad en muchas ocasiones, sin embargo, si se trata de un libro antiguo se busca conservar las tapas originales hasta donde sea posible, porque muchas veces contienen grabados y florones de época.

¿Cuánto tiempo se puede tomar un restaurador con un libro? Todo depende del estado en que se encuentre el material y de la cantidad de páginas que contenga. Jerónimo Cruz hace el recuento: "si tenemos un documento de 600 hojas, una sola persona se puede tardar entre dos y tres meses, tan solo en la restauración. La encuadernación pueden tomarse otros quince días más".

Como los libros, la restauración también cambia. Las técnicas que hace quince años fueron un hallazgo importante, hoy están caducas, por ejemplo los adhesivos que entonces se usaron, hoy se ha comprobado que ocasionan un grave daño porque se desprenden.

La idea de prolongar la vida de un libro por cuarenta o cincuenta años no es una ficción. Paradójicamente la antigüedad juega a favor de algunos. Los papeles modernos tienen una vida más corta y es frecuente que algunos no pueden conservarse. Ante esto, sólo queda el dictamen de desahucio.

Sobre la imagen del restaurador, como alguien que regresa un objeto a la vida, Jerónimo Cruz dice: "uno se acaba pero los libros siguen vivos".



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