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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 69 - Julio del 2002
Publicación de julio, 2002.
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HIGINIO PELÁEZ AL RESCATE DE CHILENAS, CON APOYO DEL FONCA PARA MÚSICOS TRADICIONALES

  Artículo por Sonia Sierra   (version pdf)

El compositor guerrerense grabará el sonido de sus andanzas

Higinio Peláez rememora las tardes de domingo, en los años treinta, cuando en su casa de la Costa Chica guerrerense la música reunía a la familia y a los amigos. Los recuerdos vienen acompañados de imagenes de árboles de mango, almendra y chicozapote, alrededor de los cuales los hombres tocaban y las mujeres cantaban.

La escena se ha hecho tradición porque en Tláhuac, donde hoy reside, Higinio Peláez, cada domingo encuentra un pretexto para cantar y tocar, junto con los amigos, los vecinos y la familia.

Lo que allí se escucha es un repertorio de danzones, pasodobles, palomos y, en especial, chilenas, género musical que el compositor se propuso rescatar hace 30 años. Precisamente, Peláez tiene en preparación una propuesta discográfica de chilenas que realizará con apoyo del Fonca, como parte de la convocatoria Músicos Tradicionales Mexicanos.

Para explicar cómo fue que se interesó en recuperar las chilenas, Peláez se remite a su historia de aventurero. Si algo le dejó su condición de errante fue el conocimiento sobre cómo debe sonar una chilena. Es por eso que Higinio Peláez defiende la pureza de este género y no comparte su transformación, en aras de vender más.

"En mi tierra, Cacahuatepec, mi papá y mi mamá fueron musicales. Los dos cantaban. Él tocaba el bajo quinto, mis tíos tocaban el violín, la guitarra y el bajo quinto. Mis tías y unas primas hacían un trío de voces, y eran acompañadas por los hombres y por amigos que llegaban los fines de semana. Era como en la película México de mis recuerdos. Los comparaban con el Trío Garnica, que entonces eran los que se escuchaban más, hablando de la música romántica".

Higinio Peláez describe detalles como la bebida que tomaban: el tibico, un refresco muy suave a diferencia de la chicha, de cuyo bacilo se extraía. "Se ponían a platicar debajo de los árboles de chicozapote, de mango y almendra. Si no había asientos, usaban una piedra o una calabaza. Ahí empecé a iniciarme en la música, involuntariamente. Cantaban La Calandria, la misma que grabó Pedro Infante, Ojos tristes, Estrellita marinera, Ya no soplas, Estás como rifle... La música no tenía un calificativo, no se especificaba si era bolero, bambuco. La gente de mi tierra no conocía el nombre".

El fonógrafo, llevado por arrieros, fue el que introdujo en la Costa Chica la música del centro. De pueblo en pueblo, la familia conservó su tradición dominical: "en la tierra de mi señor padre, Huajitepec, igual: lo primero que encontraban era gente para ponerse a cantar: Silvino Reyes, Juan `Panadero... "

Cuando murió la madre, a comienzos de los años 40, Higinio Peláez empezó un peregrinaje por diferentes pueblos, realizando distintos trabajos. Fue carpintero, cácaro, aserrador, ayudante en barcos y obrero de ingenios, sin dejar la compañía de la música.

De aquellos años de aventura, le quedaron un dominio del torno que muchos carpinteros envidiarían, la autoría del nicho de las ánimas en la iglesia y el manejo del cinematógrafo en varios pueblos de Oaxaca.

"Ya penche (huérfano) me iba a oír bandas, cuando descansaban ellos, yo iba a golpear la batería, y como le daba con cierto ritmo me indujeron a que la tocara acompañándolos en pasodobles, chilenas y palomos. Así empecé a participar en la música lugareña.

"Cuando trabajaba en los cines, ya incursionaban en la Costa Chica los sonidos ambulantes para amenizar las loterías y ruletas, con música de Lola Beltrán, Pedro Infante, Los Panchos, Los Diamantes. Yo andaba un poco acorde con ellos, porque traía el cine y anunciaba películas como La india bonita o la serie de El Charro Negro y otras que se oían con temas románticos. Para anunciar mi programa tenía que tocar una hora antes, dos veces al día, entonces sonaban canciones y la gente se acercaba a dedicarlas por 30 centavos.

"En una ocasión nos prohibieron los corridos porque siempre tenían resultados violentos y también nos impidieron sonar canciones de Pedro Infante con gritos, que porque eso inducía a la bebida, cosa que no considero; al que le gusta lo hace con o sin grito".

Al lado de su esposa, con quien este año festeja 50 años de estar juntos, Peláez se trasladó a la ciudad de México en 1957 "recién fallecido Pedro Infante", aclara. "Tenía la guitarra y en casa cantaba con mi mujer y mis amigos. Entonces, como tenía recién un problema amoroso, me inspiré para mi primera canción Demanda... pero escribía a escondidas de todos y les decía que las oía en una rockola. Como vi que les gustaban mis canciones, pensé `no están tan mal`, porque yo creía que era absurdo decirles que eran mías, no me creía compositor".

Las canciones iban saliendo al unísono, cuenta Peláez. "Yo iba en el camión y se me ocurría una, la tarareaba y en un pedazo de madera escribía la letra, seguía tarareándola mentalmente para que no se me olvidara porque no conocía el solfeo. Mi hermana sospechó que eran mías, y por ella acabamos con los Orfeón, pero no se pudo grabar aquella vez".

La costumbre de ir y venir lo regresó a Guerrero, al puerto de Acapulco, donde un miércoles acabó cantando sus canciones en la XEKJ, en el programa La hora del compositor. "El gerente de la estación nos ofreció que participáramos en el siguiente programa y allí nos quedamos por dos años".

La estación le dio tribuna a él, a sus canciones y a sus dos hijas, que se hicieron famosas en el Puerto, todos las llamaban Las Costeñitas. Sin embargo, la historia acabó pronto porque la mayor de ellas se casó.

Años más tarde, el sueño de tener un dúo revivió para Higinio Peláez, cuando su esposa descubrió que las hijas más pequeñas, de cuatro y seis años, cantaban a dos voces. Fue el capítulo dos de Las Costeñitas, con más éxito, grabaciones e, incluso, eco en la televisión.

Al tiempo que el dúo se daba a conocer, Peláez recuerda que "el domicilio que teníamos en Acapulco se volvió algo similar a la casa paterna, los domingos se llenaba de gente que iba a cantar. Y los costachiquenses, que tenemos como ritmo máximo la chilena, buscábamos chilenas grabadas, pero no existían.

"Yo sentía la necesidad de que se tenían que grabar las chilenas, que son unas pequeñas orquestas que se hacían allá con saxofones, clarinetes, trompetas y armonías. Aunque aparentemente son alegres por el ritmo del zapateo, yo siento las chilenas un poco melancólicas, porque quienes le dieron forma a este ritmo traído de Chile fueron los negros, y el negro no es auténticamente mexicano, quizás recordando su origen siente melancolía y así nacieron estas canciones, que hablan del amor, la mujer, el terruño".

Una vez más, la familia se trasladó. Esta vez, fue de regreso a la ciudad de México, con el fin de apoyar la carrera de Las Costeñitas y también con la idea de grabar la música de Peláez.

"Como nadie me iba a grabar chilenas, un amigo me recomendó conseguir el dinero para hacerlo yo mismo. Costaba cuatro mil pesos y cuando al fin tenía el dinero, ya costaba más. Entonces conseguí un préstamo de veinte mil pesos, gracias a que una canción mía había funcionado".

Era el año de 1975, Higinio Peláez se fue a la Costa Chica para buscar a los músicos lugareños. Fue el primer disco de chilenas grabado en mucho tiempo, se llamó Fandango Costeño, con los Multisónicos.

"A la fecha hemos hecho once discos de fandango costeño, con el grupo Los Multisónicos de Higinio Peláez, y uno de danzón. Todos son con músicos de aquí de la ciudad, y el sabor se lo pone mi hija que es primera voz. Tenemos dos formatos, para banda y orquesta. Mi esposa y yo hacemos voces, somos Los Andariegos; es increíble pero ella, con casi 70 años, no ha perdido la voz".

Con el apoyo del Fonca, Higinio Peláez realizará un disco con ocho números, en una propuesta que quiere rescatar y enseñar, al mismo tiempo: "voy a entregar un disco grabado, en formato de banda y orquesta, y en la otra mitad con guitarras. Estarán mis composiciones con los géneros populares de la Costa Chica que son palomos, corridos, chilenas, sones y jarabes.

"En la guitarra hay un problema en la Costa porque la chilena se dejó de escuchar en los años 50 cuando se empezaron a oír otras cosas por la radio y la televisión; eso desplazó a la música tradicional. Entraron el chachachá, el mambo y la cumbia; y la novedad siempre atrae. Hasta los años 70, la música tradicional casi desapareció. Cuando grabé el primer disco hubo una gran novedad entre la gente al oír su música, aquello removió el gusto, pero no sabían como tocarla con guitarra".

Higinio Peláez considera afortunado el surgimiento de grupos como Roca Blanca y otros que han grabado chilenas. Sin embargo, señala que algunos están haciendo chilenas con un ritmo diferente, en busca del dinero fácil.

"Cuando me preguntan ¿por qué creerte a tí? yo les digo que es porque yo recorrí la costa Chica con mi papá y cada domingo se reunían los músicos. Yo oí cómo se tocaban las chilenas en los distintos pueblos y en las distintas épocas, y ahora no puedo aceptar que se toque de otro modo. Yo propongo conservarla como en el origen. Tengo una lista de los que las tocaron, todos ellos tocaban el bajo quinto y lo hacían así como digo. Los grandes fueron Macaca, los hermanos Vidal y Alfonso Ramírez, Baldomero Diyanes, los Hermanos Candela..."

Higinio Peláez tiene vivo el recuerdo de aquellas voces. Su presencia la mantiene viva hoy todavía a través de los convivios de fin de semana en su casa en Tláhuac: "hasta la fecha, los domingos son de ir a escuchar música".

Higinio Peláez

Higinio Peláez



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