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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 70 - Teponachtli, René Villanueva y Dolores Olmedo
Publicación de agosto, 2002.
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MAXIMINIO IBARRA LOZADA, ARTESANO QUE AÚN CONSTRUYE PÁJAROS DE MIL VOCES

  Artículo por Angelina Barrientos   (version pdf)

San Juan, Texhuititlán.- El esfuerzo, la sensibilidad y el conocimiento del medio natural en el que vive, hacen que de las manos callosas de un campesino surja belleza y arte.

Don Maximino Ibarra Lozada aprendió desde muy niño a esculpir. Lo hizo primero en piedra, de la que sacaba principalmente santos, luego trabajó la madera, material que puede moldear a su antojo y del que hace surgir verdaderas obras de arte escultórico que rebasan con mucho su labor artesanal.

En puertas, ventanas, cabeceras de cama y cuadros de su humilde casa saltan a la vista de inmediato las figuras en bajo y alto relieve de La última cena, el Arcángel San Miguel dominando a Lucifer, caballeros Aguila y Jaguar, Cuauhtémoc retando con su lanza a los conquistadores españoles y la emblemática Sierra Nevada de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl.

Huérfano desde los tres años, no asistió a ninguna escuela o academia de arte. Su oficio artístico surgió del respeto y conocimiento que tiene de la naturaleza. Sus obras "tienen vida -dice- porque las trato con cuidado y con ternura". Como si fuera una gran culpa, se avergüenza de reconocer que "apenas aprendió a leer y escribir", pero en todo lo que hace y dice reside la vieja gran sabiduría de los hombres del campo mexicano.

A los diez años de edad, por necesidad de sobrevivir, ingresó como ayudante al taller de cantería de un tío político, donde, junto con su primo Isidro Hernández aprendió a esculpir santos. Recuerda que les salían muy bien y que los vendían en La Lagunilla y Tepito, luego de azarosos trayectos cargando su santería sobre las espaldas tras llegar a la capital en tren.

Los santos que más le gustaba hacer eran los San Jorges. En ese periodo formativo, el joven artesano asimiló la utilización de herramientas que lo han acompañado desde entonces: barreno, cincel, martillo, cuchilla, arén, buril, segueta, gurvia y algunas más que adaptó a su oficio y que tienen uso en otros menesteres, tales como pasadores de pelo, depiladores de cejas y enchinadores de pestañas, propios de la estética femenina.

Cuando empezó a trabajar la madera lo hizo con objetos pequeños como estrellas, manos, vasos y pipas, en los que además incrustó trozos de concha nácar, los que una vez tallados pegaba con tizne de carbón de encino y frotaba hasta hacerlos "relumbrar". Esta técnica la inventó él.

Realiza su trabajo con verdadero entusiasmo y manifiesta con orgullo haber vendido muchas figuras en el mercado de Sonora y en las calles de Bolívar y Tacuba. Don Maximino vive en San Juan Tehuistitllán, pequeño poblado al pie del Popocatépetl, en el que siempre ha habitado y al que está aferrado con pasión, pese a los traumas que arrastra desde niño.

Abandonado por su madre (sentimiento que aún lo entristece notablemente), quedó al cuidado de sus abuelos porque su padre contrajo nuevas nupcias, pero éstos murieron cuando apenas contaba diez años. El maltrato de los parientes con los que convivió, lo obligaban a que después de las faenas del campo, se refugiara en el taller de su tío para perfeccionar su habilidad artística.

Don Maximino no sólo talla la madera, sino también saca sonidos de ella. Por los años setenta, invitado a una reunión de poetas, pintores y artesanos de la región en Amecameca, escuchó la historia del teponaxtle y conoció un instrumento original que se encuentra guardado en la iglesia del Señor de Sacramonte.

El escultor Ignacio Arias y un comerciante de instrumentos musicales antiguos lo invitaron a reproducir teponaxtles y huehuetls. Aceptó el reto y regresó a su pueblo llevando consigo solamente la idea de éstos, pero ninguna instrucción específica de cómo hacerlos, ya que ni Arias ni el empresario tenían conocimiento teórico y práctico sobre esa artesanía.

Sin embargo al llegar a San Juan cortó un tronco, consiguió un barreno y lo empotró como había visto hacerlo a su abuelo, quien además de campesino fabricaba arados egipcios y de quien heredó el dominio artesanal sobre la madera. Así hizo su primer huehuetl según el modelo prehispánico que había visto y que le habían propuesto reproducir.

Su primer teponaxtle fue obra también de una asociación práctica heredada tanto de su abuelo, como de una tradición de su pueblo: el agua de uso se guarda en canoas o bateas de madera y el maravilloso instrumento musical prehispánico, cuyo uso se había perdido varias centurias atrás, tiene una estructura corporal muy parecida a utensilios domésticos.

"Cada región tiene sus árboles y cada árbol su sonido e instrumento", dice don Maximino, quien reveló que el huehuetl "contesta" bien con pino y el teponaxtle con nogal, palo de rosa, álamo y encino. Todas estas maderas, explica, tienen sonido, pero éste se saca del empotre o hueco. El teponaxtle es un pájaro de mil voces, según fue el propósito de los antiguos al inventarlo.

El extraordinario artesano de San Juan Texhuititlán aprendió a dibujar solo. Desde niño le gustó ir a iglesias, plazas y exposiciones para copiar todo lo que atraía y le gustaba. Para buscar las escalas se medía cara, dedos, manos; primero los dibujaba y luego los hacía en piedra. "Durmiendo soñaba mis trabajos, veía las figuras, soñaba cómo debía disminuirlas o aumentarlas. No sé como llegué a manejar las escalas".

Su trabajo es reconocido por extranjeros y nacionales desde hace muchos años, pero don Maximino vive y trabaja en una casa que es al mismo tiempo su taller. Es una vivienda pobre como la de la mayoría de sus coterráneos que se dedican a la agricultura. En l967 montó una exposición en la Galería Víctor Fosado, del Distrito Federal. En esa ocasión el escritor Carlos Monsiváis escribió "Las manos de Maximino Ibarra ávidas por interpretar la historia de la forma, entusiasmo por dotar de otra vida y otorgarle diferente perspectiva a la materia prima".

En 1997 don Maximino, típico hombre de campo de vieja estirpe mexicatl del gran Valle de México, recibió el más cálido de sus reconocimientos cuando grupos indígenas de diferentes etnias de la República se reunieron en el Paso de Cortés, entre los hermosos volcanes Izta y Popo, para entregarle el Bastón de Mando de Cuauhtémoc por haber contribuido a la recuperación del teponaxtle y el huehuétl.



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