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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 76 - Retomando el Viento
Publicación de febrero, 2003.
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La Ubicación del Templo Mayor Azteca

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La ubicación del gran recinto del Templo Mayor fue elegida con sumo cuidado para lograr una coincidencia de conceptos calendáricos, astronómicos y rituales, sostuvo Jesús Galindo Trejo, investigador del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y agregó que la actual traza urbana reprodujo esa primera orientación, todavía visible en los más antiguos restos arqueológicos del centro ceremonial.

La investigación del especialista tomó forma de un video con el título El cielo enterrado, el cual fue exhibido en el auditorio Eduardo Matos del Museo del Templo Mayor, y en el mismo se establece que aún permanece señalada hacia el horizonte poniente, la dirección que los antiguos sacerdotes creyeron indispensable para orientar su templo, su ciudad y el imperio que habría de surgir desde allí.

Cabe destacar que algunos días fueron astronómicamente importantes para las culturas mesoamericanas, como los solsticios, los equinoccios y los pasos cenitales del Sol. De acuerdo con estudios recientes, aún hoy se sigue desarrollando un extraordinario diálogo entre los antiguos templos de piedra y la luz de los astros.

Muchas de las modernas ciudades heredaron parte de esa voluntad ritual que continúa en la actual traza urbana, en sus calles y en los edificios erigidos durante varios siglos después. La del Templo Mayor es una historia de esos diálogos involuntarios, secretos, entre una ciudad contemporánea y los dioses prehispánicos: el corazón de la gigantesca ciudad de México sigue latiendo exactamente al mismo ritmo que el antiguo recinto ceremonial de Tenochtitlan.

Todavía hoy, se sabe, las calles actúan como apuntadores que indican determinadas fechas, que señalan hacia la casa, hacia el rostro de ciertas deidades. ¿Por qué estas direcciones y no otras? ¿Hacia dónde veían los ojos de la antigua Mexico-Tenochtitlan? ¿Hacia dónde siguen viendo?

Según el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, el Templo Mayor estaba estructurado con base en dos edificios juntos con sus adoratorios en la parte alta. A cada uno se accedía por su propia escalera y todo estaba orientado hacia el poniente. Uno de estos adoratorios estaba dedicado a Tláloc, el dios de la lluvia, el agua, la fertilidad, y el otro a Huitzilopóchtli, el dios solar y de la guerra.

Este elemento dual presente tenía no sólo la manifestación de necesidades de un pueblo, sino también el aspecto mítico y religioso, porque estas dos partes representaban a dos montañas sagradas: la de Tláloc al Tonacatépetl, el cerro de los mantenimientos, en cuyo interior están los granos de maíz que los dioses van a dar a los hombres. El otro, el de Huitzilopóchtli, es el de Coatepec, el cerro de la serpiente, en donde se lleva a cabo el mito de la lucha entre la noche y el día, entre el Sol y la Luna. Por eso, el Templo Mayor reproduce, probablemente entre varios otros, un mito de la mayor importancia: el del origen de la deidad principal.

Justo en su centro, se pensaba, surgía una especie de torzal que marcaba el camino de los dioses. Se trata de una doble corriente helicoidal. Desde el inframundo sube una corriente fría, acuática, que se entrelaza con otra cálida, de fuego, que baja de la región celeste. Además, desde la concepción mexica, allí estaba representado un punto único y especial en todo el cosmos: el centro del universo.

Los pueblos prehispánicos creían que el universo se dividía en tres regiones básicas formadas por varios niveles. En cada lado del mundo y en el centro había sendos árboles gigantes por cuyo tronco circulaban estas corrientes y por las cuales llegaban a la tierra las influencias divinas bajo la forma del tiempo.

El más importante de estos ejes cósmicos era el central. Cada pueblo mesoamericano probablemente creía que su propio templo principal era una especie de centro a partir del cual se ordenaba todo el espacio. Pero si hubo una ciudad que parecía contar con el verdadero centro, con el centro de los centros, sin duda fue Tenochtitlan.

Si la tierra era concebida como un Cipactli rodeado del Hueyatl, del mar, exactamente en el ombligo de la tierra, en medio de ella había un lago que reproducía a escala las propiedades del cosmos. A su vez, en el centro de la isla, los mexicas habían erigido su gran Teocalli, el cual había sido construido exactamente en el punto en el que una hierofanía les había señalado el centro del universo.

Lo que hoy se puede ver en los restos arqueológicos del Templo Mayor es lo que quedó a ras de tierra, porque los conquistadores derribaron esta construcción. El edificio más completo es el de la llamada etapa dos, posiblemente del siglo XIV.

En el momento de la conquista, el Templo Mayor era una compleja estructura en la que siete grandes pirámides se habían ido engranando una en la otra, y aunque solamente estaba en uso la parte más externa, sin duda se tenía en mente lo que había en su interior, construyéndose así un discurso arquitectónico muy complejo, gracias al cual se dialogaba con los dioses.

Un ejemplo de la elocuencia de este diálogo es el de las ofrendas que se han encontrado integradas a la construcción. No son simples amontonamientos de bienes para los dioses, sino arreglos espaciales que implican una señal, relaciones de objetos llenos de significado que codifican mensajes.

Las ofrendas eran colocadas en sitios significantes, componían entre sí otros niveles del discurso, ideas y asociaciones más complejas. Los ejes y esquinas del edificio probablemente eran concebidas como estructuradoras del espacio, direcciones preferenciales cargadas de fuerzas, de un acceso más directo a otras regiones del cosmos. Muchas de las ofrendas guardan entre sí posiciones simétricas y los objetos que las conforman se orientan no solamente de acuerdo con su orden interno, sino también con el de todo el templo. Allí todo estaba relacionado: la arquitectura no era ajena a la escultura ni ésta a las ofrendas.

Galindo Trejo aseveró que sus investigaciones sobre el Templo Mayor han determinado que en la madrugada de los días en que el Sol se alinea en el poniente -el 9 de abril y el 2 de septiembre- se puede observar la salida del Sol en el oriente justamente en la posición del cerro llamado Peñón de los Baños o Tepetzinco, enfrente del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Este cerro era un lugar mítico para los mexicas. Ahí se había derrotado a Copil, enemigo de Huitzilopóchtli. Su corazón fue arrojado al lago y en el lugar donde cayó, nació el nopal sobre el cual se posaría el águila devorando a la serpiente, fundándose ahí Mexico-Tenochtitlan.

Esto indicaría que para lograr esta coincidencia tendrían que haber elegido la posición norte-sur del punto de observación en el caso particular del Templo Mayor. Se trataría de una práctica de observación y de intento hasta lograr esta coincidencia.

Para los mexicas, las propiedades del espacio se relacionaban con la geografía y con la estructura celeste, pues la orientación del plano horizontal se reproducía en los demás niveles del cosmos. Éste estaba cargado de fuerzas e influencias no sólo vertical, sino también horizontalmente. Y todo cuadrilátero reproducía estas propiedades a escala, de manera que la plataforma del Templo Mayor tiene también la característica de estructurarse hacia las cuatro direcciones básicas.

Empezando por la propia ciudad mexica, las propiedades del cuadrángulo se extienden dividiendo la ciudad en cuatro secciones, cada una de las cuales se da a su vez como una reproducción a escala del plano original con su propio templo principal, y el mismo patrón sería extendido hacia toda la tierra conforme iba siendo conquistada.

Diversos arqueoastrónomos han intentado otros caminos para descifrar el enigma de la orientación del Templo Mayor y han descubierto numerosas propiedades interesantes de sus horizontes, pues la orientación geográfica de Mexico-Tenochtitlan permitió a sus pobladores usar como referencia no sólo uno, como ocurriría con una población situada demasiado cerca de uno y lejos de otro. De todas las teorías, el único punto de acuerdo es que la dirección determinada por el espacio entre los templos sobre el basamento resulta ser la dirección más importante en la etapa dos.

Y aunque no es posible reconstruir con precisión los movimientos que tuvieron lugar en el complejo suelo de la ciudad, esta dirección coincide básicamente con la de la traza urbana de Tenochtitlan. Es la orientación básica que reproducen hoy las calles del centro de la ciudad. Independientemente de las relaciones más o menos significativas que otros arqueoastrónomos han encontrado para esta dirección.

Jesús Galindo, tras un trabajo de más de 10 años registrando cuidadosamente multitud de otras circunstancias significativas, como ortos y ocasos en ambos horizontes, ha descubierto una interesante propiedad de ésta, la única alineación evidente del templo:

En primer lugar, parece claro que la dirección más prominente del edificio no es al oriente, sino hacia el poniente. Los dos templos, y sin duda los ojos de las principales deidades, veían hacia el ocaso. Pero en el punto exacto al que esta dirección apunta, incluyendo márgenes razonables de tolerancia, no hay nada que parezca mínimamente importante o siquiera notable, verdaderamente nada.

Si bien hay mucho qué investigar en materia cultural, es visualmente una de las partes más monótonas del rico horizonte en que los tenochcas pudieron elegir otros, muchos, mil puntos altamente significativos. Durante años, esta direccional, diáfana e incontestable, parecía apuntar exactamente hacia ningún lado, hacia nada. Pero precisamente lo que parece hacer el eje de orientación del Templo Mayor, es remediar la ausencia de un marcador externo.

La puesta del Sol en la dirección marcada por el templo divide al año en cinco tramos de 73 días. Es decir, el Sol se pone por primera vez en este punto el 9 de abril; para llegar al solsticio de verano deben transcurrir 73 días. En su trayectoria de regreso hace nuevamente 73 días, para volver a ponerse en el mismo lugar el 2 de septiembre. En su camino de ida y vuelta hacia el solsticio de invierno, el Sol hace tres veces 73 días. Esta es la única forma de dividir el número de días del año por un dígito entero diferente de uno. Y el número resultante juega un importante papel en la conmensurabilidad de las ruedas calendáricas mesoamericanas.

Precisamente cada 52 años, el calendario ritual o Tonalpohualli cumplía 73 ciclos. Cada 73 ciclos de este calendario era encendido el Fuego Nuevo en el Cerro de la Estrella y llevado al Templo Mayor para ser repartido desde allí a toda la ciudad.

Galindo Trejo afirmó que si se considera que este punto de observación desde el Templo Mayor aparenta ser dual -tanto funcional al oriente como al poniente-, es interesante notar que su posición en la dirección este-oeste fue determinada con sumo cuidado. Considerando, como se puede medir en la actualidad, el horizonte a lo largo de esta orientación en ambos lados, es aproximadamente de la misma cantidad, del mismo monto.

Esto asegura que la división de múltiplos de 73 del horizonte se dé también en el oriente como en el poniente. Por lo tanto, concluyó, para lograr esta coincidencia sólo es posible obtenerla si se fija la posición este-oeste, de tal manera que estos horizontes sean idénticos o similares. Así que si Tenochtitlan hubiera estado en Azcapotzalco o en Iztapalapa, aún teniendo la misma orientación, se hubiera roto esta coincidencia de números.

Todo lo anterior manifiesta la maestría alcanzada por los sacerdotes-astrónomos mexicas que como observadores de la Naturaleza supieron combinar conceptos rituales con otros de importancia astronómica. El Templo Mayor de Mexico-Tenochtitlan recibió así un valor intangible de gran significado simbólico que lo puso en armonía con los ciclos de evolución del cielo.

Templo Mayor en la ciudad de México

Templo Mayor en la ciudad de México



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