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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 77 - Mundo de Distintos Aires
Publicación de marzo, 2003.
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LOS SECRETOS DE LAS GONGORA

  Narración por Marta Sepúlveda Góngora   (version pdf)

Nací en medio de una familia innumerable y mágica, en la que las mujeres jugaron siempre un papel protagónico. De ellas aprendí la fortaleza y la terquedad, dos condiciones que me han llevado por la vida a rastras, a la caza de un millón de espejismos y una que otra recompensa. A vivir en el filo de los días, de las palabras, de las promesas, de la buena fe y del optimismo. Es muy posible que las Góngora de mi familia, hayan aprendido sus misterios de otras Góngora, prehistóricas, medievales, desconocidas para mí, no lo sé, pero de lo que si estoy segura, es de que, ellas, las antiguas y las nuevas, antes que yo, se las han arreglado para mantenerse a flote, en un mundo recién remodelado, en el que ya no se usa ser como uno es, o como le enseñaron, sino como las circunstancias inclementes del destino lo exijan.

En el inconsciente de nuestro clan, existen algunos patrones. Podrían de pronto parecer debilidades comunes, o simplemente maneras de ser, que por alguna razón nos pertenecen a todas, y que cada una negaría de tajo, si le son adjudicadas, pero que nos han dado una perspectiva muy particular sobre la realidad. Hoy me atrevo a revelarlos, en aras de que la historia entienda nuestra posición cuando se atreva a juzgarnos. Pero por supuesto, si algún día me preguntan al respecto, yo, negaré con pies y manos, cualquier vinculación con este texto y su contenido.

Las Góngora, yo entre ellas, somos incapaces de decir NO a algo. Responder con una negativa, fue una posibilidad excluida del archivo en nuestro código genético y por lo tanto, no está dentro de las opciones cotidianas para resolver la vida. Imagínense ustedes lo que es haber nacido con este pequeño problema, a veces pienso que deberíamos estar, dentro de la categoría de discapacitadas sociales, con una pequeña pensión vitalicia, que nos permitiera sobrevivir los días difíciles, en que nuestro impedimento se haga tan crónico, que nos imposibilite físicamente llevar una existencia mas o menos normal.

Tenemos vocación de ayudadictas incurables, somos algo así, como un escuadrón de enfermeras voluntarias, con un trabajo de 24 horas, un pequeño ejercito de recicladoras de problemas ajenos. Por lo tanto, nos pueden encontrar pegadas del teléfono llamando a los amigos a ver como amanecieron, recibiendo visitas interminables de café, lágrimas y kleenex empapados, a las 11 de la noche, haciendo colectas para juntarle fondos al desgraciado de turno, celebrando navidades ajenas, corridas de catre, o cuidando el perro del vecino que se fue de vacaciones y no tenía con quien dejarlo, en fin, cualquier cosa que no signifique hacernos cargo de nosotras mismas.

A pesar de lo anterior, logré terminar a troncas y a mochas mi carrera de leyes, casarme a los 19, tener dos hijas, y un matrimonio de 17 años, que terminó una mañana al levantarme, cuando la del espejo me agarró por el cuello y me amenazó de muerte, si no hacía algo por cambiar mi vida. Presa del pánico, y preocupada por el montón de indigentes sentimentales, que se quedarían huérfanos sin mi presencia, me refugié en mi alcoba, a divagar sobre el sentido de mi existencia, y en mi desesperación, le atribuí el hecho a la menopausia, pensé quizá que a mi edad las Góngora, comenzamos a ver visiones y a tener pesadillas por la falta de hormonas o algo así. Después concluí que no, que quizá nosotras tenemos un momento de lucidez, uno sólo en la vida, que nos despierta una mañana convertidas en asesinas, para matar todo aquello que no sea luchar por nuestra raza mítica y su supervivencia. Pero lo curioso es que no tenía antecedentes históricos de ésta patología en las mujeres de la familia.

Mi preocupación duró esa mañana, lo que dura un dulce en la puerta de un colegio. Sonó el timbrazo del teléfono y era el primer damnificado del día, todo se olvidó y me abandoné a mi preciosa rutina. El trabajo en la oficina, los problemas con las vendedoras desmotivadas por su falta de resultados, la amiga que no tenía dinero para el almuerzo y el reporte que algún compañero no alcanzó a hacer, y yo por supuesto me había ofrecido a redactar para cubrir su falta.
Luego, el regreso a casa, la comida, los platos sucios en el fregadero, la tarea de última hora, que por cierto era muy difícil y mi hija, pobrecita, no podía hacer sola, etc. El cansancio repetido, y finalmente el sueño maltrecho, de las estrellas rotas de mis noches, que venía a rescatarme de otro día agotador.

Así, se sucedieron los días, hasta que la del espejo me puso plazo perentorio para el cumplimiento de su amenaza, y no tuve más remedio que, por mi propia seguridad, abandonar mi vida de dama de la sociedad, ama de casa y ejecutiva cuenta en una empresa. Me tocó pensar y decidir en serio, lo que quería hacer conmigo de ahí en adelante.

Siempre soñé con escribir, desde pequeña se me hizo agua la boca con las textura pastosa y agridulce de las palabras, no entiendo aún como fue que no estudié Literatura o Comunicaciones. Quizá en el ejercicio de mi cargo honorífico de Góngora, pensé que mi familia no estaría orgullosa de mi, puesto que la escritura no parecía ser una forma efectiva de salvar a nadie, ni de aportar más dividendos a los fondos siempre escasos para sofocar los incendios ajenos. Pero, si se trataba de un asunto de vida o muerte, como lo era en este caso, decidí que lo apostaría todo a convertirme en escritora, aunque eso representara apostatar de mi status de mujer normal, de digna representante de mi género.

Ingresé a la universidad a tomar unos cursos libres, y sobreviví a la sonrisa congelada de las Góngora de mi vecindario, de mi familia y de todas las demás, cuando les dije que no pensaba hacer ninguna especialización, ni un doctorado; sino que quería aprender, como diablos se gana uno la vida escribiendo.

Tomé decisiones drásticas, comencé a leer montañas de libros, a naufragar en las noches, en busca de la palabra adecuada para un texto, a observar mi entorno con otros ojos, en busca de lo maravilloso, a dejar que el teléfono timbrara sin contestar. Me retiré del trabajo retórico de la empresa, comencé a hacer dieta, me separé de mi marido y me puse de primera en la lista de mis mejores amigos.

Salí un día de mi casa hace casi cinco años, con mi ropa, mis libros y mi música por equipaje, y no he vuelto a saber de mi, pero sé que no debo andar muy lejos. He ido más allá que cualquiera en busca de mi misma, tengo algunas pistas importantes, las cuales me han llevado a alejarme un poco de las Góngora y sus secretos, pero eso si seguro, me han dado unas claves importantes sobre Marta, la damnificada a la que jamás quise ayudar. He aprendido muchas cosas nuevas, por ejemplo: Que el aire no tiene precio, que puedo caminar bajo la lluvia y no me da gripa, que puedo intentar mil cosas, porque no tengo nada que perder.

Claro, por otro lado he aprendido que el cheque tampoco llega a fin de mes, pero las cuentas si. Esas no olvidan llegar a tiempo y fastidiarme con sus títulos en rojo. Ya no sé si mi vida es un recuento de prosperidad o de decadencia. Porque se mueve a diario en los dos extremos. Mi día es un menú impredecible de dichas y desconsuelos, pero míos. Ahora sé también, que en el supermercado de enfrente, venden una bolsa de té y paquetitos de a dos salchichas, pastillas individuales de chocolate bien empacadas, traídas así desde la fábrica. Lo cual indica que la pobreza no es de mi exclusiva propiedad. La noche de mis noches ahora no tiene horarios, antes, mi vida terminaba a la hora en que el último de la casa se acostaba, ahora puedo seguir viva hasta la hora que me dé la gana.

Descubrí que, por un extraño proceso de selección natural, aquellos que creí mis amigos, fueron ingresando en la categoría de especie en vías de extinción, y supe que la amistad, es un título nobiliario que solo ostenta el que la entrega, no el que la recibe. Porque, sólo el que la obsequia conoce su verdadero valor. Y sólo él, puede decir cuando es amigo. Sé además que "amigo" puede ser un extraño, alguien de paso, que se detuvo a levantarme. O quizá un viejo compañero que me ayudó a treparme a la montaña más alta, para que me lanzara de una vez por todas. Entonces, supe que poseía una nueva virtud hasta ahora desconocida: Tengo la mejor memoria del mundo, la que lo olvida todo.

Ahora, estoy felíz escandalizando al vecindario. Las fiestas de palabras que hago todas las noches no tienen antecedentes en mi historia personal ni familiar, con una pandilla de "malas compañías": la Pizarnik, la Orozco, Blanca Varela, Piedad Bonnett, Kavaffis, Dylan Thomas, Frida Kalho y otros cuantos, que me visitan hasta la madrugada y no me dejan dormir con sus historias. Me han cambiado la vida y hasta me han prestado un telescopio para mirar mis horizontes.

Desde hace 7 años escribo, y ese ejercicio me ha llevado más lejos de lo que jamás soñé. Mi poesía ha ido a Suecia, Italia, México, Argentina, Rusia. En un viaje de palabras sin fronteras, sin idiomas y sin límites. Cada noche espero la noche, cuando muero para convertirme en polvo. En un renglón en blanco, en el que nadie sabe que poema habitará mañana. Cada día más lejana de los secretos de las Góngora, pero más cerca de mis propios milagros.

Bogotá, Colombia
2002



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