Cdnflag La Redvista Electrónica de Cultura Latinoamericana en Canadá
Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 83 - Las Huellas de Septiembre
Publicación de septiembre, 2003.
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Las Huellas de Septiembre: Nueva York, Irak, Shinobu Tobita, el Piporro, el Señor Lee, Víctor Jara, Salvador Allende...

  Editorial por José Tlatelpas   (version pdf)

Este mes parece tener trágicos colores. Recordamos con profunda tristeza y horror la tragedia del 11 de septiembre en Nueva York, donde perdieron la vida muchos civiles inocentes. Y tampoco podemos ignorar el calvario que vive el pueblo iraquí aun hoy día, víctima del genocidio y la ocupación extranjera. En ambos casos, lamentamos el sufrimiento de civiles inocentes y condenamos a quienes apuestan a la violencia contra los pueblos. En Cancún, México, tuvo lugar el encuentro de la Organización Mundial de Comercio, OMC, en la que de una forma impresionante el miércoles 10 de septiembre se autoinmoló el líder campesino Lee Kyung Hae, el Señor Lee, en protesta por los abusos de la OMC contra los campesinos del orbe. Sin embargo, la mayor parte de los diarios en el mundo ignoraron este hecho y optaron por no reportar sobre este importante encuentro internacional. En México falleció el gran cómico, actor y cantante Lalo González, "El Piporro", el lunes primero de septiembre. Y en Japón murió también, el 26 de agosto pasado, en circunstancias aún no aclaradas del todo, el gran promotor de la amistad entre América Latina y Japón, el escultor, muralista y grabador Shinobu Tobita. En septiembre también recordamos el sufrimiento del pueblo chileno durente el golpe de estado en el que fueron asesinados, entre muchos, el cantautor Víctor Jara y el presidente Salvador Allende. Poco tiempo después moriría también el poeta y premio Nobel chileno Pablo Neruda.

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Shinobu Tobita: El neosurrealista mexicano-japonés

(27 de febrero de 1950 - 26 de agosto de 2003)

"El llanto se va elevando,
pero allá cada uno es puesto en su sitio,
en el interior del cielo.
Hay canto mezclado al lloro
por la ida general al lugar del Misterio."
(Cantares Mexicanos)

Con profunda tristeza nos hemos enterado de que el maestro Shinobu Tobita falleció este 26 de agosto en Japón. Apenas el mes pasado publicamos dos notas relacionadas con Japón: una sobre su exposición con el escultor Kazuyoshi Tlacaelel y otra sobre el maestro Noboru Yurugui. Durante más de 20 años, Tobita estudió, expuso, investigó y promovió el intercambio y la fraternidad entre los artistas de Japón y México. Llevó a varias partes del mundo su visión del México surrealista, mágico, misterioso y desbordado en el huracán de su creatividad. Su obra ha sido expuesta en México, Japón, Checoslovaquia, España, Estados Unidos, Alemania, Centro y Sudamérica y en otras partes del mundo. El maestro Tobita pintó murales, hizo grabados, acrílicos, acuarelas, tintas chinas, y experimentó con la cerámica y escultura de una manera muy original. Tobita y Noboru se sumergieron en el mundo mítico de los símbolos prehispánicos mexicanos. El segundo ha experimentado durante 20 años con la simbología, las formas, las posibilidades plásticas del maíz y la visión artística, original y poderosa, que han desarrollado los pueblos mesoamericanos, principalmente de la Ciudad de México. Por su parte, Tobita buscó los símbolos sagrados, retomó elementos del surrealismo, la escuela pictórica mexicana, el arte carcelario, el surrealismo y el arte budista en Japón, creando una obra original y conceptual que no tiene paralelo.

Shinobu era de baja estatura, de ojos muy rasgados, de contextura algo cuadrada. En realidad, más que japonés, parecía un mongol. Un guerrero del arte, siempre inteligente y dedicado, incansable trabajador, fraternal, bromista y enamorado. Sus ojos eran siempre vivaces, y mostraban una gran determinación y la profunda convicción de que el arte es un trabajo digno que debe ser respetado. Siempre hablaba bien de los demás artistas y no toleraba la mezquindad ni la falta de respeto hacia sus compañeros. Su casa era frecuentada por artistas, amigos y, desde luego, musas. Muchachas bellas e inteligentes, inspiración de poetas y pintores, también lo rodeaban. De su matrimonio con la mexicana Lilia García tuvo un hijo que falleció trágicamente en un accidente automovilístico. Esta pérdida le ocasionó un profundo sufrimiento, del que nunca se recuperó del todo. Luego de su separación, sostuvo un tórrido romance con la pintora japonesa Keiko. En su casa estuvo también la psicóloga y musa, inteligente, loquísima y sensual, Angélica Enríquez, de Chihuahua, así como la pintora y estrella de la ópera de Shangai Tang Hong. Recuerdo a otra japonesa muy linda, Yukiko, quien era una especie de protegida del pintor. Recientemente se volvió a casar con una japonesa, Yukko, con quien vivió felizmente y tuvo una hija, por cierto, muy bonita.

Llegó a México en 1978 para aprender de la tradición de la escuela mexicana de pintura. Le tocó aprender grabado con los grandes maestros del Taller de la Gráfica Popular, al igual que Noboru Yurugui. Aunque Tobita ya se había graduado como diseñador en Japón, estudió pintura, grabado y escultura en la famosa Academia de San Carlos. Siguiendo la tradición de otros grandes artistas internacionales, se hizo amigo de los maestros, de los artistas organizados, y de los jóvenes aprendices. Visitó las pirámides y las pintó, transformó y recreó en su particular visión estética. Celebró en las más legendarias cantinas y expuso en las galerías de prestigio como el Salón de la Plástica Mexicana, la casa Lam y otras.

A México han llegado a hacer cultura, aprender y enseñar varios de los artistas más locos del mundo, artistas incomprendidos y a veces proscritos, artistas con gran corazón: Antonin Artaud, André Breton, Pablo Neruda, Remedios Varo, Tina Modotti, Leonora Carrington, Shinobu Tobita y muchos más. El maestro Tobita tomó mucho de estos creadores polémicos, geniales, queridos. Construyó su universo visual con una influencia poderosa de la cultura indígena mexicana y sus símbolos sagrados. Asimismo, tuvo gran influencia de las pintoras surrealistas como Frida Kahlo, Remedios Varo, Leonora Carrington, María Izquierdo, y de los grabadores mexicanos, sus amigos y maestros del colegio San Carlos y del Taller de la Gráfica Popular, además de los viejos maestros como Posadas, Leopoldo Méndez y otros. Su obra, sin duda, contiene también elementos de la pintura y escultura japonesa. Pero fue principalmente la influencia de México, su pintura, su cultura y sus símbolos mágicos, la que lo arrastró en la corriente de su vigoroso surrealismo, simbolismo y deseo de fraternidad. Sin duda, su obra tiene, además, parentesco con el realismo mágico oaxaqueño; pero se trata de una influencia tardía, pues cuando él estuvo en Oaxaca ya tenía una identidad artística definida.

Desde sus inicios desarrolló un lenguaje único, una serie de iconos y símbolos que fueron una constante en su obra. Alas, triángulos con un ojo adentro, platillos voladores, un volcán que parecía el Parícutin -como lo dibujaba el Dr. Atl- o el monte Fuji siempre en erupción, budas o personajes sentados, pirámides, estrellas y gaviotas. Al igual que Joan Miró, Tobita utilizaba estos iconos como un lenguaje particular, de algún modo conceptual, construyendo con ellos un discurso, un lenguaje gráfico, una red de simbolismos. También es interesante su manejo del color, con predominio de los tonos cálidos, vibrantes, que tienen parentesco con la paleta del grabador japonés Utamaro y alguna relación con la de Tamayo, pero más con la de las pintoras surrealistas de México. Creo que además debió recibir influencia de los discípulos de Frida Kahlo, Los Fridos, quizá del maestro Arturo Estrada, conocido como el ‘Güero Estrada’, quien es considerado uno de los más grandes coloristas y pintores de México.

También parece que recibió influencia de la pintura japonesa Zen, principalmente la del género literati, que hicieron célebre poetas y pintores de Japón y China. Este grupo consideraba que la expresión más auténtica y artística se daba con trazos decididos, rápidos y sintéticos, sin correcciones. Tal era la pintura del famoso espadachín, poeta, escritor y pintor Miyamoto Musashi. Tobita trabajó con trazos de este tipo y agregó comentarios, dedicatorias y fechas. A la usanza de la pintura tradicional china y japonesa, en ocasiones utilizó sellos para firmar sus obras. En otras oportunidades empleó iconos como el antes referido triángulo con ojo, un triángulo con alas, alas solas, también como firma. De esta manera, aunque veamos en su pintura una pirámide y un personaje con las formas de un muñeco de madera, al estilo de una escultura prehispánica o una pintura de Frida Kahlo, con la fuerza de una figura expresionista, muchas veces encontramos más. Detrás de estas formas podemos ver el papel de arroz, la tinta china, las acuarelas japonesas, la composición de los grabados de Utamaro, los trazos veloces del Sumi-e estilo literati y los sellos tradicionales de la pintura japonesa y China. Igualmente, siempre está presente la simbiosis de un buda que se desdobla en un luchador o dios olmeca, o incluso en una imagen del propio pintor.

Quizá él fue el artista que más trabajó por hermanar la producción estética de México y Japón. Ilustró libros de varios escritores, incluyendo algunos poemarios míos en 1980. Donó obras para apoyar la publicación de libros y poemarios; regaló grabados y pinturas para ayudar a amigos artistas en necesidad; obsequió pinturas, tintas y pinceles a jóvenes artistas mexicanos para que pudieran iniciar su carrera, y en repetidas ocasiones invitó a artistas latinoamericanos a exponer en Japón. Al principio lo hizo de manera independiente y varias veces coordinamos juntos actividades de intercambio cultural internacional entre México y Japón. Regaló obra a galerías y estuvo al frente de la Casa de la Cultura de Juchitán en su época de esplendor. Allí pintó unos murales con la pintora japonesa Keiko, los cuales, aun siendo propiedad de la nación, fueron destruidos impunemente por la nueva directiva hace pocos años.

Kazuyoshi Tlacaelel fue compañero de Tobita en la exposición del mes pasado. Paradójicamente, ésta fue la última presentación del maestro y la primera del joven escultor mexicano-japonés. Al saber la noticia, Tlacaelel dijo: "Tobita fue un gran compañero de mente transparente que veía sus metas sin barreras. Un artista con un corazón puro y quien se daba a sus compañeros sin condición, sin medir ventajas o desventajas".

Tuve la oportunidad de organizar con Tobita varias exposiciones sobre la cultura de Japón y México. Con el tiempo creamos un evento de intercambio que se llamó "México Imaginación", el cual tuvo más de seis ediciones internacionales desde 1988. Este evento se desarrolló en diferentes años y lugares, a veces en varias galerías simultáneamente, permitiendo la participación de numerosos artistas mexicanos y latinoamericanos. Recuerdo especialmente la exposición que organizamos entre El Boletín Biográfico, antecedente de esta publicación, el Consejo Mundial de Artistas Visuales y su recién fundada Casa de la Cultura del Mundo (febrero de 1993). Para poder impulsar mejor su trabajo de intercambio y enseñar artes visuales fundó este centro cultural en Shizuoka, donde preparó espacio para alojar a más de veinte artistas invitados. Allí hospedó a diversos artistas, promovió sus obras y los dio a conocer en Japón. Siempre brindó solidaridad, respeto y estímulo a sus colegas latinoamericanos. Creo que en estas exposiciones se invitaron más artistas de manera más continua y más abierta que en las promociones institucionales. Y esto se logró sin contar con apoyo económico, sólo fue posible gracias a una honda convicción de que existen muchas cosas maravillosas por compartir a ambos lados del Pacífico, un gran espíritu y entrega.

Cabe mencionar que Tobita no poseía grandes recursos económicos, vivía modestamente del producto de la venta de su obra, exponía con frecuencia, creaba con intensidad y de una manera fecunda. La mayor parte del trabajo de promoción de los artistas latinoamericanos en Japón fue hecha con sus propios recursos económicos, que eran limitados; pero pidió ayuda donde pudo y logró impulsar su arte, siempre se enorgulleció de su amistad y de haber recibido su influencia. El nombre de Tobita deberá ser recordado como un ejemplo de la fraternidad entre los artistas de Japón y América Latina.

Yo lo conocí en un café de la avenida Reforma, de la ciudad de México, en 1980. En ese café y otro nos reuníamos diariamente varios artistas y escritores, entre los que estaban el maestro Carlos Palomino, destacado pintor panameño entonces refugiado en México; Juan Cervera, poeta español ya naturalizado mexicano, discípulo y amigo por cierto del célebre poeta y periodista español Juan Rejano; el terrible José Luis Colín, poeta y crítico de arte; Óscar Wong, periodista y poeta; Xorge del Campo y otros amigos como los poetas Rodolfo Mier Tonché, el guatemalteco Otto Raúl González, el peruano Rykardo Rodríguez-Ryos, Macario Matus, Manuel Blanco, el costarricense Alfredo Cardona Peña, el argentino Rodolfo Bretones, Minerva López Méndez, Roberto López Moreno, Rodolfo Martínez Armas, el cineasta francés Dominique Gionard y muchos más. Allí llegó el joven Tobita a mostrarnos sus dibujos, que a mí me desconcertaron: pirámides, ovnis, triángulos con alas y un ojo, un buda meditando en medio de esas imágenes únicas, con el sello de su individualidad, irrepetible. Quizá tengo una filmación de él en ese café y en esa época, en formato Súper 8, ya en desuso.

El pintor tuvo muchos amigos, entre los que se encontraban los pintores José Hernández Delgadillo, Zoukor, el fotógrafo Francisco Segura, los pintores jóvenes de Juchitán, las promotoras de arte Adriana Luna Parra y Elena Trejo, y artistas del Taller de la Gráfica Popular, el Salón de la Plástica Mexicana, el Jardín del Arte, el Consejo Mundial de Artistas Visuales y otras organizaciones.

Habiendo vivido largo tiempo en México y obtenido la mayor parte de su educación y desarrollo profesional como artista en este país, yo creo que la obra de Tobita debe ser considerada como parte del patrimonio cultural de América Latina, en particular de México. Como lo he dicho, su trabajo surgió del arte prehispánico, el surrealismo, la escuela de pintura y el expresionismo mexicanos, así como de la tradición artística y gremial de la cultura en este país. Por eso creo que su obra debe estar al lado de las corrientes de este surrealismo mexicano, expresionismo mexicano, en el que se formó como uno de sus originales protagonistas. Sin embargo, cabe decir que Tobita no copió a nadie, construyó un neosurrealismo mexicano-japonés, un neosurrealismo tobitiano, en el que su obra sólo se parece a sí misma y es un punto singular de referencia.

Después de 1990 pasó más tiempo en Japón y tuvo la oportunidad de aprender cerámica con un gran maestro de este arte, quien, antes de morir, le heredó conocimientos secretos y ancestrales. Por tal razón, Tobita fue considerado uno de los diez ceramistas japoneses que conocían esta técnica especial de cocido a altas temperaturas, lo que le permitió crear una cerámica original. Gracias a ello, ganó recientemente un importante premio nacional de cerámica en Japón, donde este arte tiene muchos exponentes de primera clase y no es fácil ganar un concurso de tal naturaleza. En su última exposición comentó sobre el intenso proceso de cocimiento que utilizaba: "Aunque cierro los ojos, a veces sigo viendo el fuego y me siento como en trance o como entrando a otra dimensión. Y como resultado, mi sueño se ve afectado por dos semanas, porque sigo viendo el fuego, aunque cierre los ojos".

El maestro Tobita fue miembro del consejo directivo en la fundación de La Guirnalda Polar en 1996. Agradecemos su apoyo, su amistad y reconocemos su entrega y contribución a la cultura mexicana, a la que dedicó su vida, su corazón y su obra. Seguramente está en el cielo, en nuestro Tlalocan mexicano, en el Mictlan sagrado, luchando quizá en contra de la impostura en el arte o pintando los bellísimos colores de una original aurora.

Salvador Allende, el Compañero Presidente, un defensor de la democracia y del estado de derecho en América latina.

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