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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 75 - Poesía y corridos afromexicanos
Publicación de enero, 2003.
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La Sombra de los Deseos de Ana Clavel

  Artículo por Artículo de Juan Arciniega   (version pdf)

Un mecanismo básico de la evolución social consiste en la inmolación de los deseos individuales ante el altar de la divinidad convencional que la grey llama comportamiento civilizado.

En la novela Los Deseos y su Sombra (Alfaguara, 2000), Ana Clavel se propone explicar, o por lo menos describir, algunas modalidades del conflicto ancestral entre pulsiones personales y convivencia social. La acción (o aparente falta de ella, como se explicará más adelante) tiene lugar en la Ciudad de México, de la que la autora corta un gajo de extensión reducida a manera de escenario en semipenumbra, ocasionalmente subterráneo, para poblarlo, con singulares excepciones, con caracteres grises y más o menos inmóviles, ya sea social, cultural o literalmente. De hecho, una característica peculiar de la narrativa de Clavel en esta novela es su construcción de una realidad atemporal, aunque se subraye que los protagonistas han peregrinado por la vida hacia el presente que se describe, y se nos sugiera que evolucionarán hacia un futuro que la autora se rehúsa a predecir, quizás como un artificio para sostener la tensión. El pasado en Los Deseos y su Sombra, más que una época ya superada, consiste en un equipaje mental de viñetas al que la autora recurre en flashbacks para elaborar el perfil psicológico contémporaneo de sus personajes.

El libro consta de cuatro partes articuladas en torno a Soledad, su protagonista. En la primera Clavel nos narra la infancia de Soledad; en la segunda, su malograda relación con el fotógrafo húngaro Péter Nagy; en la tercera, su peregrinar por la burocracia cultural y su encuentro con el charrismo sindical. Finalmente, la novela concluye con una Soledad libre de sus ataduras materiales que se atreve a reconciliarse con sus deseos. La estructura de la novela es compleja, contribuyendo en mi opinión a tal complejidad una aparente falta de estrategia integral para su construcción. Sin embargo, este defecto potencial ha permitido la inclusión de disquisiciones autocontenidas, miniaturas en las que Clavel demuestra sus posibilidades para dotar al lenguaje de una belleza sobrecogedora, refulgente de ingenio o filoso sarcasmo.

Considero indispensable subrayar en este punto el hecho de que ésta es una primera novela, pues tal revelación es sin duda útil para poner en perspectiva la calidad asombrosa del libro, y de cierta manera explicar sus defectos menores.

¿Quién es --y quién no es-- Soledad?

En este caso es tan importante tratar de describir quién es Soledad, como quién no lo es, pues Clavel se empeña en recordarnos que lo que somos no es sólo producto de lo que tenemos, sino también de lo que carecemos, y por ello deseamos. Soledad es una jóven mexicana profesionalmente interesada en las artes, que se halla embarcada en una intensa búsqueda de su ubicación en la sociedad y de un padre substituto. Sin embargo, da la impresión de que Soledad, consciente o inconscientemente, ha decidido mantenerse al margen de la vida, rehúsandose incluso a asumir la propiedad de sus deseos. Clavel tiene el cuidado de hacer patente la falta de preparación de Soledad para la convivencia colectiva, incluyendo su unidad básica –-la pareja. Tal defecto Soledad lo atribuye tácitamente al egoísmo de los otros, que a su juicio deberían haberla preparado en esos menesteres: su padre y su falta de delicadeza al morir joven, su madre empeñada en la búsqueda de un oasis en su vida estéril, y por ello con poco tiempo para las necesidades emocionales de sus hijos; su hermano y su desdén prepotente; sus amistades manipuladoras. Ante el producto de la observación implacable de Soledad, quien como un cirujano diseca las personalidades de su madre y hermano en la primera parte de la novela, me atrevo a sugerir que quizás su padre fue afortunado al desaparecer antes de que a su sólida imagen de benévola omnipotencia la pulverizaran los años.

Durante su niñez y juventud temprana Soledad se comporta, de buen grado o a su pesar, como un objeto que otros pueden utilizar a capricho: emocional, laboral e incluso sexualmente. De hecho, sus intentos de convivir con otros devienen en dolorosas heridas. Y además está Lucía, el alter ego de Soledad, que comienza siendo una compañera de juegos imaginaria en su niñez, para paulatinamente transformarse en una pertinaz voz crítica, real aunque incorpórea, que expresa los traumas causados por los deseos insatisfechos de Soledad. No debe resultar sorprendente, pues, que como mecanismo de escape a su ineptitud para relacionarse con otros, Soledad eche mano de una habilidad supernatural: la de hacer que los deseos se conviertan en relidad. Sin embargo, en lugar de emplear tal habilidad para aumentar su estatura vital, Soledad la usa para abstraerse aún más, volviéndose invisible: así, puede continuar su observación de los tráfagos humanos, con la ventaja de poder elegir a voluntad cuando involucrarse en ellos. Esta es una interesante representación de lo que quizás sea el estado ideal de todo creador: la posibilidad de observar la realidad, sin riesgo de ser vulnerable, para eventualmente representarla en su arte. En éste estadio feliz Lucía finalmente se reduce al mínimo: los deseos sucumben a su satisfacción.

La Soledad invisible es más difícil de definir: ni ella misma sabe si es un ánima (no en pena, pues por el contrario, parece disfrutar su nueva condición), o sólo un cuerpo desprovisto de volumen y en consecuencia de sombra.

El jarrón y el dragón

Dos imágenes intrigantes recurren en Los Deseos y su Sombra: el jarrón y el dragón, símbolos que admiten múltiples interpretaciones. El jarrón, objeto real pero también símbolo, sugiere el inconsciente, pues en él habita Lucía, aunque su oscuridad también puede ser analogía del sueño y su modalidad perenne: la muerte; de hecho hacia el final de la novela las acciones de la Soledad invisible parecen ocurrir en su totalidad en las entrañas del jarrón, tan grande como para contener por lo menos a la Ciudad de México sin dificultad, debido a su naturaleza metafísica. El dragón es más enigmático; habitualmente dormido, parece representar el deseo sexual de Soledad, perfilándose finalmente en majestuosa vigilia sobre la ciudad imaginada, cuando Soledad ha decidido comulgar con ella misma.

Escribir con luz

La luz y la sombra desempeñan un papel fundamental en la novela. Desde las explicaciones técno-poéticas de lo que constituye la imagen fotográfica, hasta la obsesión mística de los Adoradores Nocturnos en su labor de preservar la claridad vernal, pasando por los efectos potencialmente dañinos de un exceso de luz, que puede arruinar la sombra capturada por la emulsión de plata, o presagiar el fin de una relación en franco deterioro. Esta dualidad, luz y sombra, se multiplica en otras dicotomías: realidad y fantasía; consciente e inconsciente; superficie y profundidad; cuerpo y espíritu; inmovilidad real e inmovilidad ficticia. Sombra se convierte en un ingenioso mote en los labios de una empleada del INBA para calificar a Soledad, quién no se atreve a lucir, pese a los presagios de su padre al bautizarla no sólo Soledad sino Soledad Lucía.

El didacticismo de la oscuridad

Quizás si algún defecto hallo en la novela, además de la ya mencionada ausencia de un plan global, es la intención de Clavel, en la cuarta parte, de educar a sus lectores desde un sitial; además de algunas imprecisiones históricas (por ejemplo, el Palacio Nacional no sólo se usaba para ceremonias tras la construcción de Los Pinos, sino que era la oficina del presidente; la limitación al papel ceremonial, y el uso de la residencia presidencial para atender los asuntos del despacho, a la manera norteamericana, se inició mucho más tarde, con Carlos Salinas), se halla el tono condesciente con el que la autora nos revela hechos. No quiero que se me malinterprete: durante sus disquisiciones históricas Clavel acierta con frecuencia, como por ejemplo en su intento por capturar las obsesiones y el lenguaje de Leandro Valle; sin embargo, en otras oportunidades su vehemencia es a mi juicio excesiva, como cuando se agita por la decisión de nombrar una avenida importante de la Ciudad de México Thiers (en honor al abogado, --no general-- francés Adolphe Thiers), al responsabilizar justificadamente a este político de las atrocidades cometidas durante la Comuna de París, pero ignorando su oposición al imperio de Napoleón III, el patrocinador del segundo intento monárquico en tierras mexicanas.

Sombras de sí mismas

¿En qué consiste la invisibilidad? ¿Existe diferencia entre el ser nadie por decisión propia, y el serlo por la indiferencia de los demás? Clavel subraya que sí, que los fantasmas, a diferencia de los sujetos desdeñados por sus semejantes, gozan del poder de elegir sus afectos, y hacerse patentes a voluntad, en ocasiones para gastar una broma: ¿quién en México no ha sido amenazado con "sufrir un jalón de pies" por parte de un fantasma insatisfecho? Además, no sólo el volumen define a un individuo: ¿quién no ha escuchado a su acompañante hablar, para luego percatarse de que no ha abierto la boca? ¿Son acaso los escalosfríos el producto de la caricia de un ánima? Clavel sugiere que tal explicación es posible.

Hacia la luz

Para concluir, Clavel se ha autoimpuesto una tarea titánica al dar a luz una novela que se deja leer, pero sobre todo, que presagia una obra futura de alta calidad, y los lectores debemos agradecerle su esfuerzo patente por dignificar su oficio, urdiendo historias en paciente aislamiento, y ofreciéndonos el género resultante para que fabriquemos acogedoras vestiduras para nuestro inconsciente, protegiéndolo, aunque sea temporalmente, de la certeza helada de la muerte.



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