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Núm. 143 - El Libro Rojo del 68: A 40 años del genocidio de Tlatelolco
Publicación de octubre, 2008.
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CUARENTA AÑOS DE POESÍA SOBRE EL 68 Y LA MASACRE

  Artículo por Leopoldo Ayala   (version pdf)

¡Diálogo! ¡Justicia! ¡Libertad a los presos políticos! ¡Democracia!
¡Dos de Octubre no se olvida! ¡10 de Junio no se olvida! ¡Guerra
Sucia no se olvida! ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!
Los carteles, las mantas, las pintas, las pegas, la emoción, las acciones,
los rostros lo gritaron de todas las maneras.

Para nosotros la poesía nace como una demanda más del Movimiento
Estudiantil Popular de 1968: Pueblo en pie. 2 de Octubre:
629 y más muertos.10 de junio: 125 y más. Guerra Sucia – nunca
sabremos cuántos ni sus nombres–. Sociedad civil joven. Hoy a
cuarenta años, finalizado el siglo XX e iniciado el nuevo, las mismas
voces en otras gargantas y en las aún persistentes de entonces,
siguen acusando la misma realidad: Genocidio de Estado.

Aberración criminal de los que tienen al mismo tiempo el poder y
la manipulación de la ley, afrenta a la conciencia de la humanidad,
a las víctimas, a los principios éticos y al derecho internacional y
penal. El rostro de la impunidad: persecución, desaparición forzada,
cárcel, tortura, homicidio, crimen de lesa humanidad.

El poema es colectivo, contiene versos plurales, consubstanciales,
unísonos: “Oh, Patria, / fosa común / donde estamos con la mitad
del cuerpo adentro, / la otra mitad se ha puesto a caminar” escribe
Bañuelos. Surge, incisiva, la versificación de Rosario Castellanos:
“Recuerdo, recordamos / hasta que la justicia se siente con nosotros”.
De Thelma Nava es la voz que incendia la sangre en: “Ellos
ignoran que los muertos crecen”. En la metáfora pura: “Aquí con
mis hermanos. / Aquí con mis hermanas, el puño es una sílaba”,
de González Rojo, “... Con su deshojazón de piernas, de ojos, de
manos, / de gritos despetalados por la bayoneta rígida”, de López
Moreno. “Como si la distancia entre un brazo / y la cabeza / se
midiera con miles de baldosas”, de Mario Ramírez: “Yo tenía la
edad que no he borrado”, de Leroy. La poesía se escribe con rebeldía,
frasea su propio coraje, su responsabilidad, su “nuevoaliento”.
Se llena de pueblo y sale al paso, avanza en la boca de pie, acciona
en el corazón, acusa en el hecho y provoca la nación del poema.
La memoria es poesía. Ni siquiera la guerra muda contra el presente
puede exterminarla. Los pueblos nunca olvidan. Nuestro
pueblo conoce de memoria a la memoria, la hace presente, la hace
viva; la poesía sostiene a la memoria.

“El verso humano pesa / yo lo cojo entre mis manos / y siento que
me dobla las muñecas”, expresó el poeta combatiente republicano
español Pedro Garfias. El verso es un grito, señala, condena. El
grito escapa hasta los otros...

En la revista “¿Por qué?”, en carta abierta escribimos: “Compañera,
compañero, mexicanos: Era el 3 de octubre y todavía había gases,
boquetes en los muros y un aire que sabía a pólvora y a muerte en
Tlatelolco”. Fue como ayer, compañera, compañero mexicanos. Las
piernas intentaban sostenernos, la vida no estaba con nosotros,
nuestro cuerpo nos compartía con otro cuerpo. Los ojos habían
visto todo, tal vez lo que nunca debieron ver. Era la realidad mexicana
de frente, dentro de nosotros mismos. Violentamente supimos
que la Patria no es un libro.

Ahora estamos tú y yo aquí, deudos vivos por ellos, muertos por
los otros; los que haremos pagar pronto su masacre; los que nunca
podremos olvidar; los que entraron la muerte de los caídos en
nuestro puño, cada vez que el sudor nos recuerda la frente, y cada
vez que levantamos el brazo y miramos otros puños. Su muerte que
espera el apretar de nuestros dedos, la muerte completa de los
otros, los que están ahí todavía: los asesinos.

¿Recuerdas, compañera, compañero mexicano? Todo comenzó
aquel 23 de julio de 1968. Grupos de porros de las vocacionales 5
y 7 (“araños” y “ciudadelos”) tuvieron una riña con los de la Preparatoria
Ochotorena. El pleito fue en las calles cercanas a la Ciudadela.
Entonces llegaron varios camiones de granaderos armados
con macanas, bombas lacrimógenas y garrotes. Era la primera vez
que los veíamos ahí, aunque los habíamos visto golpear a trabajadores.
Dijeron que iban a “imponer el orden” y atacaron bárbaramente
a los dos bandos. Y hubo los primeros dos muertos a golpes
en las calles. A otros los hirieron. Alguien dio una orden y los granaderos
entraron al local de la vocacional 5, arbitrariamente golpearon
a maestros y alumnos y secuestraron a gran cantidad de
ellos. Iban al mando del teniente coronel Armando Frías. Todos
protestaron por la arbitrariedad. Se decidió marchar y hacer pública
la protesta; denunciar el atentado gangsteril salvaje y gorilesco;
demostrar el repudio a la policía y los granaderos. Otra
marcha manifestaba solidaridad y apoyo al pueblo y a la Revolución
Cubana.

La marcha se hizo; era la primera marcha. Y como todas, pacífica
y legal. Pero en el cruce de las calles de Madero y Palma los cuerpos
represivos estaban escondidos. Agredieron brutalmente y esta
vez no sólo a golpes; utilizaron también las bayonetas cortas y las
largas. A culatazos nos acometieron. Muchos guardamos señales
de aquel día. Nos persiguieron hasta el Hemiciclo a Juárez, ahí nos
cercaron. Las garantías individuales estaban suspendidas; cualquier
joven que caminara en la calle era, podía por ese solo hecho,
ser golpeado y reprimido. Comenzó la cacería, el allanamiento de
domicilios particulares. Esa vez murió otro compañero. Las calles
estaban llenas de carteles. Toda la ciudad era un cartel revolucionario:
Che, Zapata, los verdaderos héroes populares, las consignas
y las frases rebeldes.

Pero el gobierno no se detuvo. Estaba dispuesto a continuar, a llegar
hasta los límites donde el hombre deja de serlo, hasta convertirse
en bestia. Enviaba agentes a quebrar vidrios y quemar
escaparates, cometer atracos, había habilitado de “orejas de perro”
a muchos taxistas, boxeadores y otros más. Fascistizaron la ciudad
más rápidamente que los nazis en Alemania. Apoyado con miembros
de su ejército criminal, el 30 de julio acometió con éste, perfectamente
equipado con armamento y pertrechos de guerra y con
el batallón motorizado tomó la Preparatoria Número 3, disparando
contra los estudiantes que ahí se encontraban: con un cañón antitanque
con explosivos TNT derribó una puerta centenaria, después
lanzaron otro tanque que penetró destruyendo un mural de
José Clemente Orozco. Pero cobardemente no penetraron ellos.

Había como 330 muchachos. Entonces el ejército lanzó a sus perros
entrenados. Estos, acometieron ferozmente; sus hocicos desgarraron
a jirones la carne adolescente. Los jóvenes universitarios
sangraban en los hombros, en los testículos, en las ingles y en los
labios. Las escenas fueron indecibles. No permitieron pasar a la
Cruz Roja porque “esto es asunto del gobierno”, dijeron. Después
entró el ejército, secuestrando y haciendo prisioneros a los malheridos.
Murieron 17 jóvenes y otros más, hasta completar poco a poco 32.
El ejército con otros batallones, sumió en estado de sitio las vocacionales
2, 5 y 7, varias preparatorias, el Casco de Santo Tomás,
la Ciudad Universitaria y la Escuela de Arte Dramático del Instituto
Nacional de Bellas Artes.

Debidamente adiestrados en el Parque Lázaro Cárdenas, ganando
40 pesos por jornada, grupos paramilitares fueron entrenados por
Jorge Eduardo Pascual y a las órdenes del regente de la ciudad,
general Alfonso Corona del Rosal. Estos sujetos tuvieron como funciones,
además de reprimir, efectuar toda clase de actos vandálicos, robos,
secuestros, ataques personales, a la vía pública, golpizas,
violaciones, asaltos a autobuses, a camiones refresqueros y
comercios en céntricos lugares. Todo ello para desprestigiar ante
la solidaria opinión popular, a los integrantes del Movimiento Estudiantil
y culparlos posteriormente, al apresarlos, de estos delitos.
Inmediatamente la prensa vendida calificó de “maleantes,
malhechores y delincuentes” a los estudiantes y apoyó las medidas
del presidente y la intervención del ejército; a muchos jóvenes los
obligaron, a golpes, a ser retratados con fusiles del ejército y hacerlos
pasar por “terroristas armados” para justificar los crímenes.

A la armada genocida le pagaron $30 por cada estudiante golpeado
que llevaran a la cárcel, después los obligaron a ayudar a conducir
el tránsito. Por las calles los estudiantes eran detenidos, cateados,
y se les exigía identificación. Todos los efectos militares y paramilitares
fueron acuartelados. El despliegue armamentista estaba en
su apogeo. Las detenciones fueron incontables. Era estado militar.

El Consejo Nacional de Huelga, maestros, alumnos y pueblos, intentamos
organizarnos. Exigimos:
1.- Libertad a los presos políticos.
2.-La destitución de los funcionarios represores: Luis Cueto, Mendiolea
Cerecero y Alfonso Frías.
3.- La desaparición del Cuerpo de Granaderos, instrumento de la
represión, y no creación de cuerpos semejantes.
4.- Derogación del Artículo 145 y 145-Bis del Código Penal Federal
(delito de disolución social).
5.- Indemnización a las familias de los muertos y los heridos que
fueron víctimas de la agresión desde el viernes 26 de julio en adelante.
6.- Deslindamiento de responsabilidades de los actos de represión
y vandalismo por parte de las autoridades y a través de policías,
granaderos y ejército.

Hubo manifestaciones casi todos los días de agosto y el 13 de septiembre.
La Manifestación del Silencio, en que se demostró que
500,000 personas pueden exigir sus derechos y protestar ante un
gobierno criminal con el sólo poder de su presencia y la verdad revolucionaria.
El 18 de septiembre el ejército violó la autonomía
universitaria y ocupó la Universidad Nacional Autónoma de México.

El 23 los granaderos intentaron asaltar la Vocacional 7 del
Politécnico, pero en heroica resistencia los alumnos y el pueblo los
repelieron. Un día después, el ejército se posesionaba de la Vocacional
7, dejando casi totalmente destruido el edificio. El mismo
día ocupó el Casco de Santo Tomás, rompiendo, incendiando y hurtando
lo que encontró a su paso.

Carente de palabras, impotente para responder al pueblo del cual
se decía representante, el Presidente de la República Gustavo Díaz
Ordaz, se negó a dialogar con el Consejo Nacional de Huelga, escudándose
en los representantes que nombró. Su Cuarto Informe
de Gobierno es una muestra palpable y prueba delictiva de la amenaza
que ya se cernía sobre los mexicanos. En dicho Informe definió
a la autonomía universitaria como “la libertad de enseñar”.
Entre otras cosas dijo: “No admito que existan presos políticos”.

Calificó de “provocadores” e “instigadores de la violencia” a los estudiantes;
y refiriéndose a su ejército criminal: “Declaro a nombre
de la nación mi expresión pública de reconocimiento a nuestros
soldados. Modestos, heroicos “juanes” que arriesgan su vida.

Cuando el ejército mexicano interviene en labores del mantenimiento
del orden interior (anticonstitucional, Art. 129) debe hacerse
respetar”. Y en un ataque de ira lanzó la sentencia asesina
“No quisiéramos vernos en el caso de tomar medidas que no deseamos,
pero que tomaremos si es necesario; lo que sea nuestro
deber hacer lo haremos; hasta donde estemos obligados a llegar,
llegaremos“. Antes había dicho: “Una mano está tendida… Los mexicanos
dirán si esa mano se queda tendida en el aire…”

Esa mano quedó tendida ante la historia como representativa criminal
de los gobiernos impuestos por el imperialismo norteamericano
y los capitalistas mexicanos. Es la mano genocida que
contiene en cada uno de sus dedos la muerte de más de 629 mexicanos
asesinados en la plaza de las Tres Culturas.

Todo estaba encima de los planes del escritorio ejecutivo. La suerte
mexicana se encontraba ante el sillón más confortable de Palacio
Nacional. Ustedes lo recuerdan todo, compañeros mexicanos, porque
lo vieron. O tal vez llegaron tarde. Éramos decenas de miles,
mujeres, hombres, niños, ancianos, trabajadores, amas de casa,
campesinos, maestros y estudiantes. Oiríamos a los oradores, los
pensadores, los informadores de nuestro Movimiento, los que se
habían comprometido con la lucha del pueblo, la exigencia de sus
derechos, su lucha; los que entonces marcaron el camino y precisaban
de nuestra ayuda y acción, compañeros mexicanos. Juntos
decidiríamos los pasos a seguir.

Era la segunda vez que nos reuníamos en mitin en Tlatelolco. La
señal del gobierno fue la bengala verde en el cielo. Era la orden a
los agentes judiciales para disparar contra el ejército, contra el
pueblo. Era la espera del ejército para “responder a la provocación”.
El hecho más ignominioso de la historia mexicana se escribía. Eran
las 6:10 de la tarde. El Consejo Nacional de Huelga estaba en el
edificio Chihuahua. Miramos hacia arriba. Todo correspondió a un
plan militar perfectamente elaborado, cada paso, cada aparente
sucedido estaba calculado cuidadosamente. El Ejército sitia toda
la plaza, penetra de la siguiente manera:

a) Por la rampa destruyendo el barandal de la calle Lázaro Cárdenas
y entra frente a la Voca 7.
b) Otra columna invade por las pirámides justo ante la entrada del
templo de Santiago Tlatelolco.
c) Otra columna más se introduce entre el jardín y la torre de Relaciones
Exteriores.
d) En pelotones y grupos numerosos, otros entran por entre los pasillos
de los edificios, principalmente de Manuel González.

El Ejército establece el sitio, un cerco casi completo, toma con tanques
las calles de Manuel González, Ricardo Flores Magón y el hoy
eje Lázaro Cárdenas. Deja descubierta la avenida de Reforma Norte
como única vía de salida. El ejército usó en la operación “Mausers”
(rifles de nombre alemán), las armas posteriores a la Revolución,
de alto poder y de 9 milímetros. Es el arma reglamentaria del ejército
para defender a la Patria y sólo para la guerra.

El Ejército empezó a disparar. Los oradores quisieron continuar,
se pensó que eran balas de salva, pero algunos cayeron. Ante la
sangre, vimos que se trataba de una acometida bestial de los soldados
que se habían parapetado perfectamente. Se desplegaban
tanques, cañones, camiones, convoyes. El “Batallón Olimpia”, perfectamente
adiestrado, sabía a lo que iba: a matar a su propio pueblo.
Drogados la mayoría de ellos, disparaban tirando contra todos,
contra nadie en particular, como si hubieran querido asesinar a la
ciudad entera; hacia arriba, hacia abajo, a todas partes iban los
disparos, se estrellaban en los muros, en las paredes, en los techos,
automóviles estacionados, faroles, ventanas, y en los cuerpos
indefensos de los jóvenes, las mujeres y aun los niños. Más de
10,000 soldados y agentes policíacos, muchos de ellos vestidos de
civil, disparaban, disparaban. Todos tenían la mano izquierda en-
vuelta en un pañuelo blanco. Se identificaban y continuaban disparando.

Más de media hora duró la acometida, el tiroteo, las heridas,
la muerte. Escondidos primero en un departamento tirados
en el suelo, oyendo, mirando, sintiendo; fueron varias las muertes
que vivimos. El ejército estaba enloquecido: se desplegaban, acometían
a los grupos más numerosos que intentaban huir y no podían;
las carreras de los niños, la desesperación de los padres, el
terror en el semblante, los boquetes uno tras otro en los muros,
los desplomes y las botas de los sardos pisoteando, marchando,
rematando los cuerpos con sus bayonetas.

En ese momento nos encontrábamos debajo de un automóvil y veíamos
solamente la vida que había caído, la parte baja de los cuerpos
o los cuerpos en el suelo, abiertos, con la sangre ennegrecida
en el pecho, las manos y la cara, y el pavor de que estallara el tanque
de gasolina y voláramos en pedazos. Nos escondimos tú y yo
compañera, compañero mexicano, sin mover una sola de nuestras
fibras, tú y yo, con la respiración detenida, los ojos desorbitados y
con el golpe seco del caer de los cuerpos. Desde ahí vimos a una
niña de doce años ser fusilada en un elevador, tuvimos la amarga
visión: Un muchacho ensangrentado que, al ver masacrado a su
compañero y querer alcanzarlo, desplomó también su muerte; al
partir en carrera, la huida, el atravesarse inconsciente, enloquecido,
de un lado hacia otro, y el impacto de la metralla en el pecho.

La madre frenética al ver a su hijo asesinado, disparó su furia en
medio de la Plaza contra todo un ejército para ser baleada de inmediato
y caer hacia adelante, de frente, en un gran charco rojo
óxido. Desde entonces supimos de la rabia y el coraje, impotentes,
la esencia carnicera de ese gobierno, su falsía, su cobardía. Desde
entonces el arte tuvo su verdadera dimensión. Desde entonces
nuestro lenguaje se formó con rostros, horas y cuerpos.

A las 10:00 p.m. todavía salían heridos de la zona, la Plaza desolada.
La explanada había sido recubierta casi en su totalidad con
cadáveres y sangre. Era paisaje de muerte abandonada.

Esa vez murió el pueblo, pero sus asesinos aún se encuentran en
el poder, aún viven del lujo de sus industrias, de sus fábricas; explotan,
cenan y se reparten la vida del obrero, del campesino, del
estudiante; los mismos criminales déspotas, altaneros o demagogos
ante su pueblo, pero lacayos sumisos del gobierno de Estados
Unidos. Ellos, los hipócritas, los tiranos, los apátridas, los traidores.
Ellos, los genocidas. Ellos lo pagarán. Hoy estamos hablando
tú y yo, compañera, compañero mexicano. Oímos el sonido de
nuestra conversación, caminamos y nos movemos. Pero los nuestros,
los que estuvieron con nosotros y marcharon en las manifestaciones,
los que gritaban ¡México, libertad!, están en el cemento,
las azoteas, los frigoríficos, la fosa común, los incineradores del
Campo Militar No. 1 donde arrojaron a cientos, muchos de ellos
aún vivos. Nuestros compañeros, están muertos, ¿Y nosotros, compañeros
mexicanos? Nosotros estamos frente a ellos. Ahora ellos
son nosotros.

¿Sabes? La muerte se ha quedado en mi cara. En nuestra cara.
Pero nos preparamos. Nos organizamos. Estamos atentos, activos,
conscientes del trabajo que pronto debemos hacer. Tu trabajo. Mi
trabajo. Nuestro trabajo revolucionario que será la verdadera razón
de nosotros mismos, de nuestros hijos, de los que murieron. Oigo
la sonrisa insolente, cínica, de Díaz Ordaz arriba de la banda tricolor,
y el golpeteo disonante de sus dientes. Vuelvo a mirar la fotografía
de “¿Por qué?”, esta fotografía; y el manchón oscuro, hueco,
del disparo que acusará siempre a los impostores gobernantes que
no tienen el honor y el valor de castigar a los asesinos. El disparo
homicida en el corazón del pequeño mártir del 2 de octubre en Tlatelolco.
Todo lo que sé ahora es que tenía razón ese campesino del
pueblo de Mizquic que habló entrecortado con su coraje sencillo
de certeza, en esos cuatro minutos nerviosos frente al micrófono.
Recuérdalo tú también. Él dijo: “Los estudiantes no sirven para
nada. Cuando el gobierno los reprime contestan con gritos y piedras.
Siempre gritan, pero nada más. Se necesitan armas”. Y
cuando digo su nombre, Cleofas Pantoja Segura; los recuerdo a
todos, te recuerdo a ti, compañera muerta en la Preparatoria 5, a
ti compañera, compañero mexicano. Y digo el nombre lento, para
que poco a poco se vaya poniendo de pie. Y lo escribo. Y lo repito
muchas veces. Millones de veces. Millones de veces mexicanas.
Estamos juntos, compañeras, compañeros mexicanos:

¡Dos de Octubre no se olvida! ¡Venceremos!

Imagen del maestro Melecio Galván

Imagen del maestro Melecio Galván

Interpretación de Thomas Mann, por Melecio Galván

Interpretación de Thomas Mann, por Melecio Galván



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