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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 33 - La Historia de Adu y La Guajolota Oralia
Publicación de julio, 1999.
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La Historia de Adu, primer capítulo

  Novela por Eulalia Jara   (version pdf)

La Historia de Adu

Eulalia Jara, Creta, 1/2

!Va, venga!, levanta de una vez, nos van a quitar el sitio si no nos damos prisa era el Gran Resi, mi abuelo, el que me despertaba y lo hacía siempre con un enfado fingido para que me aligerara; como si yo necesitara que me metieran prisas ante la perspectiva de un día de mercado en Knossos.

A mi padre lo recuerdo taciturno y metódico, recogiendo la tienda donde habíamos dormido y preparando el carro; tenían que pasar varias horas para que se despertara de verdad. Yo en cambio, me sentía excitado y entusiasta como el abuelo, desde que abría los ojos. Knossos era fiesta y misterio para mí.

Extranjeros, sacerdotisas, comerciantes, mendigos, glosadores, atletas, magos y cientos de personajes extraños, se mostraban ante mí como un increíble despliegue de color y fantasía. Un muchacho como yo, de dieciséis años y que sólo salía del pueblo tres veces al año para las ferias importantes, no podía por menos que sentirse fascinado.

Nos íbamos a lavar a la fuente cuando aún no había amanecido y allí se formaba un verdadero barullo entre chapuzones soñolientos. Era una costumbre importantísima la de la limpieza; desde pequeños sabíamos que ésta era sinónimo de salud, pero además en esta ocasión, presentar un aspecto cuidado era una obligación para todo el que se acercaba a Palacio.

Los carros cargados de mercancías hasta los topes, después de un Invierno entero sin mercados importantes, se ponían en movimiento, formando una larga y variopinta hilera que se dirigía a la cercana ciudad. Al clarear el día abandonábamos el Llano de los Carros, explanada entre colinas, cruzada por el camino de Palacio.

Entonces el camino se transformaba en viaducto y a nuestra derecha, al otro lado del río se veía el pueblo. Entrar en Knossos al salir el sol era el primer regalo del día de feria. Las casas blancas, parecían de oro. Edificios de techo plano escalonados irregularmente, terrazas llenas de flores y de plantas a distintos niveles, callejuelas estrechas que descendían hasta el río. Frente a éste, la plaza del pueblo donde convergían todas las bajadas. Las montañas y los campos resplandecían anunciando la cercana Primavera. En la pradera las lavanderas madrugadoras empezaban ya con su trabajo, salpicado de risas y cantos. Al subir la vista por la ladera, se podía ver como con la altura aumentaba también la importancia de las viviendas. En la parte alta del pueblo mansiones de tres pisos, con magníficos pórticos y fachadas exquisitamente decoradas con vigas horizontales, mostraban el lugar donde vivían los nobles más insignes de la isla. Las ventanas, con frecuencia dobles, estaban cubiertas por un pergamino amarillo, traslúcido e impermeable por la grasa.

Las manzanas de casas se formaban siempre en racimo, al unirse las viviendas nuevas a las de los familiares que llevaban tiempo instalados en Knossos. Cada grupo de casas tenía por lo tanto el nombre de una familia. Entre grupo y grupo, bosquecillos y jardines hacían del conjunto una maravilla de belleza y armonía, elogiada más allá del mar y sólo comparable a Strongylé La Redonda. Supongo que a todos los comerciantes pueblerinos se nos ponía la piel de gallina, cada vez que en aquel giro del camino de Palacio, aparecía el Knossos resplandeciente delante de nosotros. La belleza del pueblo era inigualable, pero además en la cima de la colina de Kefala, imponente y misterioso, se erguía el lugar donde más poder, sabiduría y arte había en toda la Tierra: el Palacio de Minos. La admiración y el orgullo ponían un nudo en nuestras gargantas, aunque esa escena fuera para ancianos como mi abuelo, una imagen vista con anterioridad en innumerables ocasiones.

Atravesar el Terén era tarea de horas, para aquella lenta procesión de carros, cargados hasta los topes y tirados por bueyes y burros. Por allí circulaban todos los comerciantes, viajeros y emisarios que unían el mundo egeo con los pueblos de Africa. Al llegar a la ladera sur de la colina, la carretera se dividía en tres, a la derecha, hacia Noreste, el pórtico escalonado con rojas columnas cónicas, entrada para reyes, altos funcionarios, sacerdotisas, embajadores extranjeros y residentes del Palacio, decorada con innumerables cuernos de la consagración, y maravillosos motivos en espirales de brillantes colores.

Hacia el Este, atravesando el pórtico se salía al camino del pueblo; entre éste y el río se podían ver los asombrosos jardines de Palacio. Siguiendo hacia el Norte por la vía de en medio llegábamos al Mercado, que en días de feria quedaba abarrotado de carros y tenderetes; en otras ocasiones éste era el lugar donde se realizaban audiencias públicas, procesiones y otros actos de las celebraciones tradicionales. Enfrente del Mercado se podía ver la fachada oeste del Palacio. A nuestra izquierda, quedaba el camino del puerto.

Era costumbre respetar el sitio de las otras tiendas y defenderse unos a otros ante la llegada de intrusos. Algunos recién llegados avispados eran capaces de pasar toda la noche en la plaza, ocupando el lugar de la tienda, para tenerla montada al día siguiente antes de que llegaran los demás y que nadie les pudiera echar. Por eso la carrera hacia el mercado a veces provocaba disputas que mi padre evitaba cuidadosamente.

Mi abuelo en cambio, si veía desbaratados sus intereses, no dudaba en montar un verdadero espectáculo, donde según el oponente, se mostraba como un viejo peligroso e iracundo o un tierno e indefenso anciano. Siempre me había sorprendido la forma rápida y certera con que mi abuelo captaba los puntos débiles del contrario, y la genial transformación, incluso física, con que se caracterizaba. Mi padre, en cambio prefería dejarse arrebatar lo suyo, antes que llamar la atención; además, según decían todos, desde la muerte de mi madre no había mostrado interés por ningún tipo de diversión o broma.

Yo en aquel entonces no había reparado por completo en la melancolía de mi padre y creía que su retraimiento ante las chanzas del abuelo, era provocado por la vergüenza y no por el desinterés. Un joven algo necio e irresponsable como yo, lleno de vida y curiosidad, se sentía atraído y admirado por el sentido del humor de su abuelo y no se daba cuenta del estado de ánimo de su padre. Únicamente me molestaba del Gran Resi, que no sabía nunca cuando me estaba tomando el pelo o cuando hablaba en serio. Diferenciar en su boca una verdad de una mentira era para mí un difícil dilema. Me exasperaba salir tan burlado como los otros oyentes, ante la farsa de un anciano que yo tendría que conocer de lejos. ¡Maldita sea!, siempre conseguía engañarme este astuto viejo.

Aquel Invierno yo había acudido varias veces a mi padre, para que me explicara por qué todo el mundo conocía a mi abuelo como el Gran Resi. ¿Qué hecho había motivado el apelativo de Grande? El apellido Resi lo había adquirido al casarse con mi abuela, primogénita de los Resi de Thrapsanón; a veces para distinguir al padre del hijo, si tienen el mismo nombre, se conoce al padre como "el venerable", "el superior" y también "el grande" como era el caso de mi abuelo, pero en el pueblo yo había oído decir muchas veces: "Tu abuelo ya era Grande antes de nacer tu padre."

Era uno de los ancianos que formaban "la Junta", sencillo órgano decisorio de los asuntos locales; la gente reía sus bromas y se dejaba engañar por sus relatos, pero sin transición aparente, cosa que me sorprendía; escuchaba con veneración sus consejos y lo que es más raro, los seguía.

Cuando yo hacía alguna observación sobre la irritante ironía de mi abuelo sin estar éste presente, siempre había alguien que me tachaba de injusto o de inmaduro, y eso me confundía aún más, a la vez que me hacía sentir culpable. Más que yo, no le querría ninguno de ellos, pero ¿por qué tenía que ponerme siempre en evidencia? Llegué a suponer que el respeto que todos le tenían y el calificativo de Grande, provenían de alguna hazaña juvenil del abuelo. Le preguntaba sobre ello a Resi, mi padre, y siempre obtenía la misma contestación: "Un día te darás cuenta". ¿De qué demonios me tenía que dar cuenta?

El Gran Resi se quedaba en la puerta de la tienda anunciando la mercancía y seleccionando clientes. Unas veces cortés, otras almibarado, otras voceador de feria, siempre atento al olor a comprador de los viandantes.

¡Las más exquisitas y bellas cerámicas de toda la Isla! Pasen al interior de la tienda donde se les mostrarán verdaderas obras de arte. Hemos llegado a toda clase de hogares, hemos decorado desde la mesa de un aldeano al palacio de un señor. Tenemos los mejores ritones, los vasos más prácticos, pero también la cerámica más delicada que ha visto el mismo Minos. Nuestras cerámicas cubren la Isla y atraviesan los mares. En Egipto el faraón ha comido en nuestros platos y bebido en nuestros vasos. Por el precio no discutiremos, siempre se llega a un acuerdo cuando el comprador sabe elegir lo mejor. Pasen dentro señores y señoras, no se pierdan las maravillas que traemos desde Thrapsanón.

Yo me sentaba en el suelo enfrente de la tienda y no me cansaba de escuchar a mi abuelo; me parecía el voceador más convincente y cautivador de todo el mercado. Mi padre mientras tanto, entraba y salía, ordenaba y colocaba las piezas y esperaba atento a que alguien se sintiera atraído por el anuncio del Gran Resi. En ese caso recogía a los posibles clientes en la entrada y los acompañaba al interior.

La mayor parte de la gente acudía al reclamo por curiosidad. Venían de la aldea para ver muchas cosas y comprar algunas menos. Puede que disfrutaran más contando las novedades al regreso a su pueblo, que en Knossos. También se podían ver entre los cacharros mujeres humildes de la capital, buscando un juego de tazas, una olla o un bonito florero.

Cuando eran estos compradores los que entraban en la tienda, una mirada del abuelo bastaba para indicar a mi padre que se ocupara él de los visitantes. Quedaba entonces libre para "la caza de alguna presa más importante". Dos tipos de clientes eran los esperados por el Gran Resi, los proveedores de palacio y las damas de la nobleza o sacerdotisas. A aquellos los distinguía por el porte elegante y la mirada experta, a éstas por los senos.

Capítulo aparte merecerían los senos de las mujeres de Knossos. Si maravillosos eran los edificios, el palacio y el amanecer, no menos maravillosos eran los anteriores atributos que pululaban libremente por calles y plazas. Parecíame la ciudad un bello jardín donde los frutos más exquisitos se mostraban al alcance de cualquiera.

Bueno, eso era un decir, porque nadie hubiera osado aprehender tales bienes, indicadores de belleza interna y de algún grado de iniciación.

Entre los bustos exhibidos algunos apenas despuntaban, respingones y escasos, mientras que otros pendían abundantemente, balanceándose y saltando nerviosos.

Un solo inconveniente le veía yo al faldón masculino y es que apenas me permitía disimular mi excitación en aquellas primeras visitas a Knossos. Esto me hacía esconderme de los ojos irónicos de mi abuelo, pero aún así, él siempre encontraba el momento para burlarse. Solía descubrirme cuando yo miraba a hurtadillas a alguna dama y muy seriamente me decía al oído: " Tus ojos están desorbitados como los de la Diosa en éxtasis, sin necesidad de iniciación, y tu faldilla se levanta como la de una embarazada sin que ningún varón te haya desposado."

Pero volviendo a la tienda, cuando yo era un niño y no acompañaba aún a mi padre y a mi abuelo al mercado, éste era conocido por su capacidad para el regateo. La carencia de moneda, por aquel entonces, hacía muy difícil que el intercambio de mercancías se ajustara a las necesidades de vendedor y comprador. No siempre la mujer de un carpintero que vive en Knossos y no tiene un huerto, puede dar algo a cambio por dos jarras. Entraban aquí en juego la buena voluntad y la sabiduría de ambos contendientes.

Regatear era una especie de ritual en el que no se podía saltar ningún paso y en el que había que calibrar con mucha astucia y precisión, dónde empezaba el verdadero umbral de compraventa y dónde acababa la retahíla de concesiones y rebajas mutuas. Ésta iba acompañada de numerosas afirmaciones, más o menos verdaderas, como: "Por tratarse de ti que me has caído simpática", "esto es una verdadera ganga que tengo que vender porque la mula se ha roto una pata y no tenemos carro para volver al pueblo", "si mi familia supiera que te lo estoy vendiendo tan barato me mataría", etc., etc.. Naturalmente la compradora o el comprador tampoco se quedaban cortos en sus aseveraciones, que de ser ciertas hubieran correspondido a gente rozando la miseria, con familia numerosísima y sin apenas medios de subsistencia. Todos sabíamos que eso no era cierto, en Knossos no había verdaderos mendigos como explicaré en otra ocasión, y si alguien hubiera tomado al pie de la letra las afirmaciones de los compradores, éstos se hubieran ofendido profundamente. La letanía de exigencias se transformaba en otra de concesiones. Poco a poco llegaban a un terreno donde sus puntos de vista estaban muy cercanos.

Había un momento en la discusión, en que de repente se ponían de acuerdo en cuanto a la forma de pago. Ésta podía ser un alimento, ropa, un objeto o incluso algún servicio o reparación, según el oficio de la familia compradora.

El abuelo y Ardane, un primo mío de doce años que hacía de aprendiz en el taller de cerámica y a veces nos acompañaba al mercado, iban a casa del cliente y allí cerraban el trato. Ardane regresaba con los frutos del intercambio, mientras el abuelo se quedaba un momento charlando sobre las novedades. Esto hacía que los Resi fueran muy conocidos en Knossos pues raro era el hogar a donde no hubiera acudido mi abuelo en alguna ocasión.

Con los proveedores de Palacio o de las casas señoriales la cosa era muy distinta. En los últimos años se había establecido la costumbre de anotar el trueque en tablillas de arcilla; allí se hacían constar vendedor, comprador, mercancía de venta y forma de pago. Ésta podía ser diferida, solicitando la mercancía deseada, a cobrar cuando hubiera existencias suficientes en los almacenes del comprador. Se estampaban los sellos en la tablilla húmeda y en la próxima feria seguramente se pudiera concluir el pago aplazado.

Si la venta era suficientemente importante y se hacía con Palacio, éste pagaba con talentos, aunque entonces sólo quedaba constancia de la deuda y no los recogíamos, pues eran monedas grandes y pesadas. Un talento era el valor de un buey, y si nos interesaba adquirir uno, un sacerdote nos acompañaba a elegirlo a las dehesas de Minos, llenas de ganado vacuno para las necesidades ceremoniales. Yo nunca había ido allí, pero mi padre me había relatado cómo en una ocasión incluso presenció la castración de un novillo.



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