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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 149 - De "Las Hijas de Circe" y Carlos Fuentes: Gonzalo Martré
Publicación de abril, 2009.
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Autoentrevista

  Entrevista por Gonzalo Martré   (version pdf)

AUTOENTREVISTA

Siempre he sido muy ... para dar entrevistas. No sé expresar bien mis ideas oralmente y mucho menos bajo la presión del entrevistador. Por eso, cuando Nacho Trejo e Ixchel Luna me pidieron una autoentrevista me alegré; con calma, corrigiendo las estupideces que mi lengua profiere, borrando, revisando una y otra vez, así cambia el panorama y puedo salir decorosamente del paso.
Entregué la autoentrevista en el plazo estipulado a mediados del 2004, pues, según me advirtió la pareja amiga, iba a figurar en un libro de autoentrevistas de escritores reconocidos.
Cuando se me ocurrió añadirle a los textos de Los líquidos rubíes la citada autoentrevista, hacía ya un año que la había entregado, sin que apareciera el proyectado libro. En un año hubo cambios, no muchos, pero los hubo y, por lo tanto, la modifiqué un poco. Esto es, la autoentrevista corresponde a una realidad de fines del 2005...por lo pronto. Hela aquí:

Me hallaba tecleando en mi estudio, cuando sin previo aviso se presentó un tipo como de mi edad que dijo llamarse Mario Trejo, con el fin de hacerme una entrevista.

Al instante me chocó algo de su persona; primero, esa desfachatez tan inusual, segundo, que el muy infeliz copiaba mi estilo de vestir. Colores vivos, fuertes, chispeantes y ¡el colmo!, usaba sombrero. Sí, desde que comenzó a avanzar mi repugnante calvicie, yo uso sombrero. Mi educación oxfordiana me impidió expulsarlo en el acto, así que, no sin cierta reluctancia, pregunté, secamente: “Para quién y para qué”. El desaprensivo septuagenario declaró: “Muy señor mío, sépase que soy Mario Trejo, secretario auxiliar del segundo secretario del doctor Nephasto Cortéz, Presidente de la Comisión de Revisión de Anteproyectos de Tesis para Doctorado en Letras de la Facultad de Chilosophía y Lepras de la Punam, quien me envía porque le han presentado su obra para tesis doctoral y como en la Comisión no lo conocen, tengo el encargo de hacerle una entrevista. Previamente he leído la noticia que sobre usted traen algunos diccionarios de escritores, de modo que algo sé sobre el asunto” Aquella confesión me ablandó. Depuse mi actitud fría. El sujeto, ciertamente, no carecía de inteligencia y hasta simpático me iba pareciendo. Acepté ser entrevistado: “Me reservo el derecho a no contestar preguntas inconvenientes”, agregué procurando restarle arrogancia a mi advertencia y le pedí tomara asiento. Señalé, con extrañeza, la falta de una grabadora. “No la necesito, tengo memoria fotográfica”, aclaró el investigador. Entonces comenzamos:

Dado su inmenso talento y la vastedad y variedad de su obra, me veo precisado a resumir esta entrevista la cual, normalmente tendría que ser de 518 preguntas. (Esa introducción me conquistó de plano. He aquí uno de los pocos que han hecho justicia a mi obra) “Comprendo y apruebo”, alenté, y empezó:

¿Cómo es que un polígrafo de sus dimensiones inabarcables tuvo que publicar su primer libro Los endemoniados en edición de autor?
Cuando terminé esos relatos era ingeniero químico en activo y me hallaba yo afuera de la “Republiquita de las Letrinas”; sin contactos y sin modo de penetrarla. Fui a Mortiz, la única opción real y me dieron de plazo tres años para resolverme. Algo no les gustó en mi libro. Como para ese entonces tenía 37 años de edad, no podía darme el lujo de perder el tiempo y fui con Costa-Amic quien pasaba por una época en la doble “A” y como todos mis relatos llevaban por título el nombre de una bebida embriagante, los rechazó. Además insistió en que todavía demandaban unas 15 correcciones más. Por falta de tiempo no podía esperar, amén de que no sabía como hacer una sola.

(El sujeto me señaló con índice de fuego): Señor mío, ¿cómo creyó usted que iban a publicarle así porque sí, un libro obsceno y pornográfico? (Su cambio de actitud me desconcertó, pero repuse):

Porque no lo es, pero a casi todos, antes y después de su publicación les irritó el uso de la violencia verbal y física unidas al erotismo y la sátira. Me pegaron la etiqueta de pornógrafo con engrudo cargado de moralina. Tuve que publicarlo por mi cuenta en 1967.

(El tipo volvió a agredirme). Entonces, ¿la crítica literaria lo trató como merecía?

La mojigata crítica literaria de esa época me tildó de pornógrafo. Unos cuantos que hacían reseñas me alabaron: Gustavo Sáinz, Xorge del Campo, René Avilés, José Agustín, Manuel Blanco, jóvenes que con sus primeros trabajos rompían los moldes artríticos de la literatura mexicana. A la crítica se unió la Liga de la Decencia (lo que hoy es Provida), y exigió a mi distribuidor Klee Madrid retirara esa porquería del mercado o se atuviera a las consecuencias. Los amigos antes citados me defendieron, por eso Klee no lo hizo y finalmente, aunque con mucha lentitud, vendí aquella edición. En el 2007se cumplirán 40 años de su aparición. He preparado una revisión de los textos, muy necesaria porque adolecían de defectos formales. Espero, si aún ando por aquí, celebrar dicho aniversario con esta edición revisada.

¡Se arrepiente de su pornografía infame!

¿Cómo puedo arrepentirme de algo no hecho? Ya se lo dije, nada más falta que sea medio sordo, como yo. Le hice lo que en la jerga editorial se llama “corrección de estilo”, por lo demás, me cuidé mucho de no alterar aquellos pasajes que ofenden a los mojigatos.

Supongo que aprendió usted la lección y en lo sucesivo escribió obras decentes, como Arreola, Rulfo, Pitol... (El tonito usado iba haciéndome perder la paciencia)

Siento decepcionarlo, porque en 1970 un editor aventurero me publicó Safari en la Zona Rosa, mi primera novela.
(Cuando iba a expulsarlo de mi estudio se tornó amable)

¡Me gustó mucho! Una soberbia novela urbana, tan buena como La región más transparente. Sátira erótica, ¿eh?, picarón.

Mejor que la del “Dandy Guerrillero”, porque la suya fue fusil de Manhatan Transfer de Dos Passos, y la mía era original, con más conocimiento de causa. No producto aséptico de gabinete. Fue la primera novela que exploró la Zona Rosa, ese submundo donde la clase media tepuja pretendía sentirse como en Greenwich Village o la North Beach de San Francisco, quería ser beatnik a fuerza de frecuentar algunos cafetines y dos o tres antros nocturnos.

¿Cómo le fue con la crítica?
De nuevo la consabida etiqueta y es que, tuve la osadía de tratar el homosexualismo de forma natural y también incluí una sátira contra los intelectuales dominantes del cotarro letroso.

Usted se puso todos los obstáculos en su carrera literaria. ¿Qué le costaba ajustarse a los moldes vigentes? ¡Talento le sobraba! Vea usted a Fuentes, a Pacheco, están en la cumbre, van por el Nobel.

Yo no nací para adocenarme ni adecentarme. No comencé a escribir para los escritores ambicionando obtener un ingreso a la Academia de la Lengua, o figurar como candidato ya no digamos al Nobel, ¡ni siquiera al pinchurriento Villaurrutia!

¡No chingue, Martré! A que si le dieran el Villaurrutia ahorita bien que lo agarraba. (Respingué, indignado):
Me ofende esa suposición pendeja, señor Trejo. Aceptarlo, sería una deshonra. Lo rechazaría. Otra puntadita de esas y lo saco a patadas de mi casa, ¡belitre!

Calma, Martré, debe reconocer que esa su primera novela está muerta y olvidada. Cuando se trata de analizar la novela urbana del Defe nadie la cita. No existe.

También parece ser que la literatura satírica no existe en Mejicalpan de las Tunas, osaduelo. Los endemoniados es sátira, Safari en la Zona Rosa satiriza a los currutacos de la intelectualidad. Mi sátira no perdona, por eso es imperdonable.

Como también lo es el fluír de la obscenidad y su pornografía. ¿Martré, puede alegar algo en defensa de Coprofernalia y Jet Set? ( El tipo se proponía encolerizarme de nuevo, pero hice acopio de sangre fría).
Coprofernalia es una novela corta escatológica. Singular.

Asquerosa, nauseabunda. ( Busqué con la vista algún objeto inservible para arrojárselo a la cabeza).
La escatología constituye un tema tabú para los escritores. Es un reto para cualquier escritor de cualquier época recrear cosa tan sucia y pestilente, salir airoso del intento no es fácil, pero salvé el escollo con el humor. La novelita es hilarante. Escatología con humor negro, esa fue mi receta.

A la crítica no le hizo ninguna gracia, supongo.
¿Cuál crítica? En 1973 ningún reseñista o crítico se atrevió a darle cuerpo no obstante que el tomito circuló profusamente en la República de las Letrinas. Tan sólo registré tres notas; la de Saúl Belkis (nunca supe si era seudónimo) en “El Nacional” extraordinariamente favorable y las de dos muy amigos míos por aquel entonces: René Avilés F. Y Gerardo de la Torre. Posteriormente y nada más, otro amigo mío, Ignacio Trejo F., no desaprovechaba ocasión para citarla como ejemplo de humor negro y exigir su reedición. Hace dos años le di gusto con una edición corregida y aumentada. Más hedionda.

Descubro coincidencias sospechosas entre Rubem Fonseca y usted, Martré. Secreciones, excreciones y desatinos y Coprofernalia parecen escritas por una sola persona. (No le arrojé un pisapapeles porque me di cuenta de que sí conocía mi obra, lo cual es infrecuente y motivo de perdón).
El de los desatinos es usted, Trejo, porque desconozco el portugués por un lado, y por el otro, no es sino hasta 2003 que el brasileño llega traducido (_Ediciones Cal y Arena) a México. Lo que sucede es que Fonseca y yo, casi de la misma edad, cagamos del mismo grueso. La escatología de Fonseca no fue óbice para que le dieran el Premio Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe de la FIL de Guadalajara en 2003. Lo que a Fonseca se le acepta y celebra a Martré se le niega y reprueba. ¡La vida es una mierda, carajo!

No se exalte. Encontré otras referencias escatológico-satíricas en su obra. No desaprovecha la ocasión ¿eh?
Decididamente no. Hay un tratamiento escatológico en el segundo capítulo de mi novela Los símbolos transparentes. No es difícil identificarlo. También tengo un cuento claramente escatológico y de humor negro titulado Diarrea. De los más recientes.
Usted no entendía la realidad de la literatura. Usted escribió las memorias de una ladilla. Usted no es escritor serio. (Otra vez a fustigarme, ¿dónde está el pinche pisapapeles?)

En efecto, no lo soy. México tampoco es un país serio. Ambos existimos, pésele a quien le pese. Me propuse satirizar a la alta burguesía de principios de los 70 y lo hice con singular regocijo, Jet Set fue el resultado. Utilicé el humorismo del absurdo para eludir la pornografía y además le metí una buena dosis de crítica social.
Y de nuevo, con sobrada razón, la crítica lo vapuleó.

Nada de eso, Pasó lo mismo que con Coprofernalia. Se hizo alrededor un silencio ominoso. Escribieron favorablemente sobre Jet Set los pocos que creían en mí: Manuel Blanco, René Avilés y “El Booker” y tan sólo en “El Nacional” Resultado natural del subdesarrollo mexicano: Lolita de Nabokov fue abominable e incordiante en las manos de un pequeño editor: unos meses más tarde Lolita era respetable y por lo tanto admirable en las manos de un editor cuya cifra de tiraje era de 50 mil ejemplares por cada reimpresión. Mas para mí jamás llegó el gran editor. Siempre he publicado en editoriales no situadas en el gran sello comercial.
¿Y qué esperaba, Martré? ( El sujeto recobró su insufrible impertinencia).

Lo natural por haber nacido en México y en 1928. Hacia 1973 ya había pasado el 68, Hair, O’Leary, la época hippie, la generación Beat, ¡y en Mexiquito mojigato todavía nos escandalizábamos o le hacíamos el silencio a mis textos satírico-eróticos!
Que quede claro, nunca hice pornografía, fue erotismo y sátira. Treinta años después, ahora, esa etiqueta está deslavada. El pornocine, el pornovideo y las pornorrevistas actuales hacen de mis primeros 4 libros, devocionarios para cartujas.
Aretino, Bocaccio, Chaucer y el humilde Martré de aquel entonces nada tienen que hacer con lo que la literatura actual se atreve.

Usted dice ser cuentista, además de novelista. ¿Puede demostrarlo? (Me repantigué en mi sillón. La respuesta iría con dedicatoria a don Nephasto).
¡Ah, pero como chingados no! Sesenta y cinco cuentos publicados lo confirman. Aquí va la lista de los volúmenes de cuentos: Los Endemoniados (7), La noche de la séptima llama (14), Dime con quien andas y te diré quien herpes (25) Apenas seda azul (3) , La emoción que paraliza el corazón (13) y Cuando la basura nos tape (3). Además otros 13 cuentos infantiles inéditos y otro cuento inédito que salió un día de un viejo cartapacio. En su mayoría cuentos satíricos. (¿Cómo iba a quedarle el ojo a don Nephasto?).

Todos esos cuentos son muy malos, porque no figuran en ninguna antología respetable del cuento mexicano. Obviamente tampoco del cuento latinoamericano. Usted no es cuentista, Martré. No se haga ilusiones, no fantasee. (La actitud provocativa del hombre me exasperó otra vez).
¡Óigalo bien, mentecato! No vayamos más lejos de mi segundo libro de cuentos La noche de la séptima llama. Deduzco que usted no lo ha leído, porque el cuento que le da el título al libro es uno de los más impresionantes y mejores que he escrito. ¿Por qué no figura en las antologías del cuento mexicano?
Es necesario traer a colación un comentario de Octavio Paz que viene muy bien al caso:
Pues en materia literaria –y no sólo en ella: en todas las relaciones sociales- México es un país que ama la carne humana. Salvo unas cuantas excepciones, no tenemos críticos, sino sacrificadores. Enmascarados en esta o aquella ideología, unos practican la calumnia, otros el “ninguneo” y todos un fariseísmo a la vez productivo y aburrido. Las bandas literarias celebran periódicamente festines rituales durante los cuales devoran metafóricamente a sus enemigos. Generalmente esos enemigos son los amigos y los ídolos de ayer. Nuestros antropófagos profesan una suerte de religión al revés sus festines son también ceremonias de profanación de los dioses adorados la víspera. No les basta con comerse a sus víctimas: necesitan deshonrarlas.

Víctima soy del “ninguneo” que cita el Pope, siempre lo he sido, hasta la fecha. A tal sistema de descalificar escritores yo he respondido agresivamente. El resultado ha sido más ninguneo. Pero el Archimandrita practicó en vida lo que proclamó como malsana costumbre caníbal. Él y sus corifeos como el Chóforo y Fito Kosteño han bloqueado sistemáticamente todo comentario, reseña o crítica acerca de mi obra, y de otros amigos míos. Sin embargo, si acaso llegan a ocuparse de nosotros, lo hacen en forma extremadamente peyorativa.

Pero existe otra corriente crítica, la oficial, digamos.
Siendo yo un crítico agresivo del sistema político mexicano, tampoco por ese lado existo.
Casos así abundan en la historia de la literatura universal, son de todos conocidos, y en todos, el tiempo ha puesto a cada quien en su lugar. ¡Ah, el tiempo!

¿Y la crítica independiente?
Algunos reseñistas y críticos independientes se han ocupado de ciertos libros míos, pero a su vez también son ninguneados.
No obstante, estoy incluido en ocho antologías con los siguientes cuentos: Los Gamas, Misión burocrática, Samba, macumba y muerte, Acero verde, La noche de la séptima llama, Fantasmas de Tlatelolco, El clóset, Los antiguos mexicanos a través de sus ruinas y sus vestigios y Dicen que las gringas son frías. En la Ciencia Ficción mexicana, soy maestro.

¡Bah! Antologías menores. Usted nunca ha jugado en ligas mayores, Martré.Usted no es nadie.(Le aventé un pequeño busto de Pazcárraga, pero el hijoeputa lo esquivó).
Solo soy totalmente Martré. Tres de esas antologías son universitarias; UNAM, Universidad Veracruzana y Universidad Autónoma de Chapingo. Otra de CONACULTA y una más transnacional: Lumen. ¿Cómo la ve?

Usted se hace llamar “El último de los Libelungos”. Presume de ser un escritor satírico de tiempo completo. Pero yo no veo su sátira por ningún lado. ¡Usted ni siquiera sabe quienes fueron Juvenal y Séneca!
¡Un momento mamarracho miope! (Hice intento de abofetearlo pero me derrumbé, sofocado) Con ambos cabalgo, no importando los siglos. Sépalo, cabroncito, que además de las sátiras mencionadas antes, comencé en forma abierta y directa con el capítulo Sus Satánicas Majestades invitan de mi novela Los símbolos transparentes, quinta obra de mi bibliografía; ese capítulo es una paráfrasis del Satyricon.

¡Muy original! Plagiando a Petronio.
Nada de plagio. No hice el menor intento de disfrazar la analogía. El diseño puede ser detectado desde la primera página por cualquier lector de cultura mediana. Lo contrario ocurre con el plagio, en donde el plagiario procura ocultar su delito al máximo. Ejemplo, Aura del “Dandy Guerrillero” con Los papeles de Aspern de H. James.
Entre la sociedad romana corrompida y desenfrenada y la decadente sociedad mexicana del siglo XX no hay diferencia apreciable. Yo tenía que ahondar en las raíces del movimiento del 68, una de ellas era la corrupción generalizada imperante; no olvide que el banquete de Trimalción es tan sólo un capítulo del Satyricón, al igual que Sus Satánicas Majestades... lo es de Los símbolos transparentes, ambos denuncian con igual fuerza la corrupción rampante de épocas similares a casi 20 siglos de distancia.
Nadie antes ni después ha satirizado a la clase política mexicana como yo en ese capítulo. Desde el Presidente hasta el gendarme de punto, nadie se salva. Por eso, y nada más por eso la aparición de Los símbolos transparentes fue obstaculizada sistemáticamente y después criticada con saña por los cagatintas del sistema.
Se me criticó porque yo “daba nombres”, práctica inusual en la literatura mexicanita. ¡Es panfletario!, señalaban coléricos.

El libro sacudió un poco al país, pero no pasó del 5° grado de Mercalli. ¿Por qué?
Porque vivimos en un país de quinta, un libro como ese debió de haber sido una bomba política. Y no pasó de cuete chino. ¿Se puede esperar otra cosa del traspatio bananero como lo es México? El ambiente literario estaba contaminado por los intereses políticos, así como ahora lo está por los comerciales.
Publicarla no me fue fácil. Después pasaron más de 20 años para que reapareciera en “Lecturas Mexicanas” de CONACULTA. Las broncas que tuve por esa novela constituyen otra novela de la novela. Las mismas que ahora tengo para que el Fondo de Cultura Económica me publique mi trilogía picaresca de El Chanfalla. No ignoro que la mercachifle de libros que es la directora actual no la publicará. Pero volveré a la carga en la próxima administración.

Definitivamente, Los símbolos... fue su consagración. Si no me equivoco fue su primer gran éxito. ¡Y el único!
Sí, mi gran éxito satírico, pero no por la sátira, sino por el tema general.

El país no estaba para literaturas satíricas.
Mas bien, quien no estaba para ello era (y es) el sistema político mexicano. Apenas se inicia la apertura. Pensé que me sería difícil escribir otro texto satírico tan lacerante (para el sistema) como Sus Satánicas... pero no, en vez de hacerle al Pitolowzky y congraciarme con las buenas conciencias literatosas, escribí El Pornócrata, una novela satírica sobre el absolutismo presidencial a la mexicana.

¿Lo ve usted? ¡Hasta el nombre revela su pornografía!
La pornografía como secreto de Estado. Procuré ridiculizar al máximo la tradicional solemnidad oficial mexicana, desacralizar las instituciones, vejar el rastrero respeto al “señor presidente” en turno, y regodearme con el servilismo abyecto de diputados y senadores de la mayoría priísta. No se salvan la Iglesia ni el Ejército, tabúes hasta entonces, hace 30 años.

¡Otro vulgar panfleto!
De ser así, la crítica literatosa me hubiese hecho pedazos. Pero guardó silencio.

Un piadoso silencio.
El silencio de la impotencia rabiosa. El freno se tasca en silencio.
Pero no callo. En el 2005 me convertí en virtuoso de la sátira. Junto con mi viejo amigo José Luis Colín lanzamos al ciberespacio “La Avispa Roja”, revista satírica virtual. Diez o doce páginas por correotrónico cargadísimas de vitriólicos comentarios a suceso y personajes de la “República de las Letrinas”, inédito, inusual y difícilmente repetible. Al cierre de esta autoentrevista , Juvenal y yo (el Anarcolín dejó “La Avispa” por un lamentable accidente que lo sacó de la circulación un trimestre), vamos en la edición quincenal número doce. Remitimos a 350 direcciones electrónicas del mundillo artístico.

Usted, Martré, es un escritor raro, absolutamente solo en su lugar y su tiempo y en la historia de nuestra literatura. ¿Está satisfecho con ello?
Le contestaré con un aforismo cuántico: El electrón es el único que está insatisfecho de su posición.
¿Qué cosa es El síndrome de Huitzilopochtli?

No es cosa, es otra sátira. Cuando creía haber llegado a la cima satírica, ¡que se me ocurre escribir este libro! Sátira impregnada a fondo de humor negro, muy negro. La deturpación de la cacareada valentía del mexicano. Dígame Trejo, ¿ha leído algo semejante? ¿Ha encontrado algo tan profundamente de humor negro como este libro en nuestra literatura?

Este...este...
¡Hable, miserable! ¡Haga memoria! Revise sus historias de la literatura mexicana, de la latinoamericana, sus antologías, sus diccionarios. ¿Quién en español y en el siglo XX escribió algo de humor negro tan virulento como el mío, en este libro?

Gómez de la Serna, Max Aub...
Respetables, pero no tan corrosivos, tan vitriólicos como este humilde escriba otomí. Creo que no me veo mal entre estos dos, ¿eh?.

Se podría ver, lo que se llama ver, si alguien lo conociera. ¡Pero usted, Martré, es un perfecto desconocido! El hombre invisible es un dechado de tangibilidad junto a usted.
En efecto, jamás me han otorgado un premio literario, ni por concurso ni por méritos en campaña, nunca he obtenido una beca, tampoco he sido invitado a formar parte de alguna ilustre asociación literaria; jamás me han otorgado un reconocimiento nacional ni rendido homenaje público por parte de la Cultura oficial ¡ni de la privada! Unicamente en mi entidad natal, la “Asociación de Escritores Hidalguenses” se acuerda de mí; en el 2005 me hizo un modesto homenaje.
Como dijo Petronio, los satíricos somos así. No se nos ve, no se nos palpa, pero a la postre quedamos como testigos incorruptibles de la época.

Pero en su Trilogía del Chanfalla, no encuentro esa sátira que usted insiste en ver desbordada a través de su obra.
No es tan obvia, no es tan directa, pero ahí está. Claro que comparada con la de los libros ya citados resulta débil, pero no inexistente. Recuerde, desde el principio, Tequila y Cervezas, parte de Safari..., luego Coprofernalia y Jet Set, posteriormente Los símbolos..., la mayoría de mis cuentos, el Síndrome..., Apenas seda azul, hallará usted desde toque satíricos pigmentados con humor absurdo y humor negro hasta sátira de lo más virulenta y cruel para llegar a un máximo en El Címbalo de Oro, la primera novela del año 2001 y del siglo, novela épica que cierra el ciclo de mi narrativa novelesca. La más extensa de mi bibliografía.

¿Cuánto tiempo le llevó escribir esta novela?
La comencé en el 93. Luego, en el 94 la suspendí porque me dediqué a otros libros y no fue sino hasta 1998 que la continué. Para ese entonces ya tenía una idea clara de lo que quería: una novela en la cual utilizara yo todos los recursos de la sátira, siempre he sido una apasionado de la mecánica cuántica, de modo que urdí meterla. ¿Pero cómo? Doté a mis tres personajes principales, los que llevan el hilo narrativo de la novela, de poderes cuánticos, inventados por mí, naturalmente.

Aquí en su estudio tiene varias fotos de los hermanos Marx. ¿Influyeron sus películas en esta novela?
Sí, y mucho. Soy un apasionado de los Marx desde que los descubrí hace 60 años. Por eso mis personajes –que son indígenas- fundamentales son tres, Kuxub encarna a Groucho, Ximdó a Chico y Bac a Harpo. Mis personajes, como los Marx, se mueven en un entorno compuesto de farsa, absurdo y surrealismo. Son destructores –como ellos-, de la moral oficial, de la religión, de las conveniencias sociales, son irreverentes absolutos y caóticos hasta la locura. Todo lo atacan, pero en su lenguaje no está el humor corrosivo, sino en sus actos. A veces se permiten diálogos irreverentes y sin sentido con gente en apariencia muy respetable pero que en el fondo es miserable.
Se enfrentan a un mundo que los obstaculiza y lo someten con tanta facilidad como Superman acaba con sus más terribles enemigos. Atacan furiosamente a la hipocresía, pomposidad, pedantería, vanidad y condescendencia ajenas. Son indígenas épicos y cómicos, demoledores e intolerantes, implacables y a veces, crueles.

Y rabelasianos también. ¿O no?
¡Rabelais! Ese es otro de mis gigantes literarios. Rabelais, feroz satírico de su tiempo, urdió un país de gigantes para eludir las embestidas de los aludidos en su obra. Así se libró de la persecución y la cárcel. Yo sitúo a mis antihéroes en un mundo paralelo donde todo es muy similar al nuestro, nombres, hechos históricos, hechos comunes se parecen mucho pero jamás son idénticos. Rabelais y los Marx fueron mis modelos para crear esta novela épica-indigenista-cuántica-satírica.

Vayamos a sus novelas policíacas. No hallo mucha sátira en ellas.
Porque usted es un analfabeto funcional. La sátira está ahí, para quien sabe leer. No es tan agresiva como las ya citadas, pero ahí está también. Satirizo al narcotráfico, a la iglesia, al ejército y a la policía. Abierta, hilarantemente en El cadáver errante; sutilmente, casi subluminal en Cementerio de trenes, Los dineros de Dios, la Casa de Todos y Pájaros en el alambre.

¡Usted no cuenta en la literatura policíaca mexicana! Nunca se le cita. (Pensé que ya estaba suave de aguantarle esas salidas gritonas. Cortar la entrevista. Pero tocó un punto importante).
Porque en México, el dueño del género es Paconaco Ataibo II, un sujeto que me odia gratuitamente. Se ha apoderado también de la llamada “Semana Negra” de Gijón, España, de la cual me excluye sistemáticamente. Tal vez porque la peor novela mía es superior cien veces a la mejor suya. Quizá por eso. Comprensible, ¿no?

Más respeto por el Circo Ataibo, por favor. Volvamos al asunto de su futuro literario. ¿Insiste en que no escribirá otra novela?
Me retracto. Insisto en que El Címbalo de Oro es mi obra mayor. Un creador sensato debería retirarse una vez dada a conocer su obra mayor. Añadir algo es además de inútil, estúpido; sin embargo, la tentación es irresistible, ya comencé una novela romántica, no de gran aliento como El Címbalo de Oro, se titulará El Último Libelungo y la Walkyria. No soy capaz de vencer a todo eso que lleva compulsivamente al escritor a no parar sino hasta su muerte.

¿Pero y el cuento? Usted es cuentista. 65 cuentos responden de ello. ¿Ni un cuento más? También considera haber escrito un cuento-obra maestra?
He publicado varios cuentos que tengo por muy antologables y sin embargo, salvo Los antiguos mexicanos a través de sus ruinas y sus vestigios, no figuran en una antología bien apoyada y difundida del cuento. Sin embargo, quizá termine un cuento que tengo escrito desde hace unos veinte años y que de repente descubrí en mi archivo. Me reservo su título y tema. Quizá algún día lo termine y lo publique.

¿Resistirá ese delirio de persecución que lo aqueja? Se me hace que usted no es sino un pobre infeliz a quien nadie pela. (Esta vez me alegré de su ex abrupto, porque tengo las pruebas en la mano. Con mucha calma, lo rebatí):
Ponga atención, investigadorzuelo del reyezuelo. El distribuidor de Los Endemoniados sufrió intimidación por parte de unos moralistas de a peso para que retirara el libro de la circulación; padecí el muy real ultraje de ver cancelados dos veces contratos para la edición de Los símbolos..., una por parte de la extinta editorial Novaro y otra de Grijalbo; primero Víctor Flores Olea y luego Rafael Tovar y de Teresa impidieron por diez años que esa novela fuese publicada por CONACULTA en “Lecturas Mexicanas”; mi novela El Pornócrata fue retirada de la circulación y su saldo en la bodega de “Posada” hecho trizas; al Síndrome... se le recibió con un silencio mortal; “Planeta” retiró de la circulación la primera reimpresión de mi libro-reportaje Costureras debajo de los escombros; así mismo “Planeta” no quiso publicar cuatro novelas negras que ya me había pagado, hube de esperar a que los respectivos contratos caducaran para liberarlas; también eludió publicar mi crónica satírica de la corrupción institucionalizada mexicana titulada Sabor a PRI, esta crónica está vetada en todas las grandes editoriales mexicanas; Erasto Cortés, sedicente eximia autoridad máxima del cuento mexicano se niega a leer mis cuentos e incluirlos en las reuniones anuales de Tlaxcala, por su parte Alfredo Pavón eximio ídem promete que hará un ensayo un día de estos; Arturo Salcido de la DGP del IPN postergó cuanto pudo la publicación de un ensayo-catálogo-antología de la Ciencia Ficción mexicana, Lourdes Parga, presidenta de Cultura-Hidalgo canceló la publicación de un libro de cuentos infantiles ya en proyecto y, finalmente, caso del dominio público, el Fondo de Cultura Económica rechaza injustificadamente la publicación de mi trilogía de El Chanfalla en su colección “Letras Mexicanas”, donde está todo el mundo -menos yo-, pese a que reúne todos los requisitos y condiciones para ello. Ya tan sólo me falta inmolarme como bonzo.¿ Quiere usted prender el cerillo?

Con gusto lo haría si con ello le publica la Cantante de Rancheras. Finalmente, Martré. ¿Para quién escribió durante estos 37 años?
Para todos aquellos que detestan y odian a los inverecundos, prevaricadores, farsantes, verracos y degenerados. Especialmente para quienes aborrecen a la clase política mexicana.
(Dicho lo cual, Mario Trejo se marchó por donde vino, desvaneciéndose en el aire como lo que era: un fantasma).
Soy de las pocas personas en el mundo que han visto al fantasma de sí mismo.

Gonzalo Martré, narrador y periodista

Gonzalo Martré, narrador y periodista



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