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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 149 - De "Las Hijas de Circe" y Carlos Fuentes: Gonzalo Martré
Publicación de abril, 2009.
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LA DIVA

  Cuento por Gonzalo Martré   (version pdf)

LA DIVA

Bruno amaba los caballos porque fue criado junto a potrillos en el ambiente del hipódromo de Longchamps, en París. Ser italiano y conocedor de caballos fue el epicentro de su fortuna.
Su padre quiso hacer la América como entrenador hípico y emigró a California con el bagaje de su técnica y la compañía de su hijo único, huérfano de madre. Desembarcó en San Diego y llegó al hipódromo de Santa Anita, en donde lo favorecieron sus antecedentes en el turf. El viaje no podía haber sido más venturoso; su sueldo en América era cinco veces superior al percibido en Europa; pero no tuvo la oportunidad de disfrutarlo, porque pereció atropellado antes de cobrar la primera semana. Bruno quedó en la orfandad total, los caballos blancos cegados en la súbita oscuridad de un establo sin ventanas ni puertas,sin parientes, ni amigos ni conocidos, en un país extraño, ajeno a su idioma y costumbres.
Al cumplir los catorce años emprendió una campaña ímproba contra cien factores adversos –incluyendo a la policía de migración-, para sobrevivir en un medio, si no hostil, indiferente. Trabajó sin descanso; del hipódromo iba a la escuela nocturna, de las clases a una pensión de negros donde preparaba su comida y hacía el lavado de ropa, pues gustaba de la limpieza –entre mejor aspecto presentara y más inglés supiera, las probabilidades de eludir a los de migración ascendían- y, antes de salir a la calle, ya estaba convertido en un muchacho peripuesto. De Santa Anita pasó, un año después, al hipódromo de Tijuana, dispuesto a no apartarse de los metódicos hábitos contraídos bajo la presión de la miseria.
Con la participación de Estados Unidos en la guerra, vino la oferta, nada tentadora, de obtener la ciudadanía automática al enrolarse en la armada estadounidense. Declinó la riesgosa dicha de convertirse en norteamericano y obtuvo la residencia mexicana.
Señorío de libertinaje era Tijuana en tiempo de guerra. Al lado de marinos y civiles, la lujuria marchaba a redoble de tambor; despreció la baratura de las prostitutas mexicanas y la fácil conquista de las gringas que atravesaban la frontera cada sábado hacia el hipódromo-galgódromo y los bares; cualquiera de ellas, la más bonita, no costaba el monto de una cocacola; ni el hotel, porque podía llevarla a su departamento, modesto pero independiente. Ellas adoraban los excesos, pero Bruno despreciaba esa clase de entretenimiento. Ni mexicanas ni gringas. Trabajo y sólo trabajo. Y ahorro, mucho ahorro. No se permitía el menor dispendio; vivía cerca del hipódromo para ahorrar pasajes; las rentas eran muy bajas y quedaban lejos del barrio del extravío: la crapulosa Avenida Revolución de una ciudad donde nunca hubo revolución, tan sólo mujeres fáciles y mujeres fatales, no cover, no tax, no charge, pásale güero, y la ciudad se hacía y deshacía y rehacía cada noche, cada amanecer bañado en neón coruscante.
No obstante el contacto diario del juego –de caballos y galgos lo conducente era saltar a los dados, el póquer y los casinos clandestinos-. Bruno eludía al juego. Cuando apostaba, lo hacía impelido por la certeza de ganar, no siempre producto de la casualidad o del cálculo.
El soborno en forma de billetes puesto directamente bajo sus ojos para obtener un soplo oportuno, era rutinario al principio y después esporádico en razón inversa al crecimiento de su fama de estoico incorruptible. Un día la tentación se materializó en una gringa que apareció en el óvalo cuando tomaba tiempo a los caballos. Difícil, muy difícil sustraerse al hechizo de la turbadora pelirroja envuelta en pieles, joyas y aromas de alto precio y, en un momento de suprema debilidad, le aceptó una cita. Se propuso no gastar ni darle el más remoto dato conducente a meter un ganador, porque quería dilucidar la dualidad entre el ser y el quehacer. Estuvo a punto de timarse solo, pues carecía del carisma magnético del tenorio; nada, a no ser sus conocimientos hípicos, podía enloquecer a la seductora vamp que rondaba incansable la cuadra; tampoco era admisible el capricho novelesco de la princesa hacia el palafrenero, pues eso era y no otra cosa, un palafrenero venido a más y nada más que un palafrenero.
Despertó del ensueño cinco minutos antes de la cita. Entrevió roto su código de abstenciones. Presintió la caída y la imposibilidad de recuperar la vertical. Veía aproximarse a dos cuadras de distancia aquella cabellera roja batida por el viento en el cadillac convertible color blanco; rechazó visiones de apetitosa concupiscencia sepultando su voluntad bajo el derrumbe de sus inquebrantables propósitos de castidad y economía. Azorado, como fraile dominico a punto de pecar, nervioso, indeciso como nunca antes, escogió la salvación inmediata: ¡huir! La cita era en el pórtico del cine, debía abordar el cadillac y partir a San Diego. Se zambulló en la sala tan pronto como compró el boleto, y en la oscuridad, cuando ordenó sus pensamientos y reafirmó su rígida línea de conducta prometiéndose no flaquear nunca más, prestó su atención a la cinta. Ante él desfilaba un drama de la campiña inglesa, entre nobles, filmado poco antes de la guerra, y la trama, los intérpretes, sobre todo la actriz principal, lo absorbieron haciéndolo olvidar su zozobra. La diva lo subyugó. No poseía la belleza deslumbrante de su perseguidora, todo lo contrario, era una beldad serena; aquella frente tan pura remataba unas facciones delicadísimas, marco oval, voz suave y gesticulación grácil, aunque el papel exigía arrebatos de cólera. Excelente actuación, acorde a su personalidad; ni los gritos se oían destemplados ni los ademanes eran groseros. Ira de reina, la majestad jamás desentona ante los súbditos. Y súbdito suyo fue al salir de la sala, convencido de que ninguna mujer en el mundo la igualaba y ninguna aparte de ella era digna de su veneración.
Caminó hasta su casa después de comprobar en los créditos de los carteles exhibidos ante el pórtico, el nombre de Su Alteza: Merle Obermoon, heroína de aquella película inolvidable.
Esa noche no durmió pensando en ella y al amanecer formuló un propósito enraizado entre su corazón y su cerebro: ella sería suya, así pasaran diez o veinte o treinta años. Y a la sazón, él cumplía dieciocho.
Cuando a media mañana se presentó la pelirroja con mohín de reproche a causa del plantón, él apenas le contestó el saludo. Fingía no entender las preguntas en inglés y replicaba en español, pleno de indiferencia. Ella se alejó vociferando iracunda y resentida contra aquel “maldito enano engreído”. ¿Acaso pensaba que era Clark Gable el muy estúpido? No lo soy, gritó en italiano, pero tú tampoco eres Merle Obermoon, y volvió a sus caballos.
No basta ser tacaño para escalar la cumbre. Son necesarios otros atributos y él los poseía en abundancia. A su capacidad de trabajo, unía innegables facultades de organizador, visión financiera y administrativa, dotes de mando y persuasión. Con semejantes dones no tardó en ascender dentro de la dirección del hipódromo y a los ventidós años de edad era gerente de cuadras.
Aparte del italiano ya hablaba el inglés y el español como nativo; vestía con elegancia sobria y conservaba la moderación de sus costumbres. Ya después hasta admitía amoríos de verano, sin mengua de aquella obsesión hacia la Obermoon, incrementada a través de los años, en vez de reducida. A los veintisiete, era el segundo hombre de Johnny D’Alessio, el jefazo, íntimo del Gobernador de Baja California. Ambos lo impulsaron a la gerencia del hipódromo de la ciudad de México, vacante por reinauguración.
Bruno Pagliacci aceptò el cargo. Cayó en medio de una aristocracia en formación cuyos blasones eran la quintaesencia del rastacuerismo, reforzada de seis en seis años con ricachos de cuño reciente, dueños de fortunas de origen inconfesable, ansiosos de figurar en los exclusivos círculos capitalinos a ellos vedados. El aprovechó aquella arribazón e hizo del Jockey Club almácigo de arborescencias genealógicas. Seleccionó, ordenó y movió a su antojo aquella ensalada de vanidades y bajo su égida alcanzó esplendor y lustre la élite naciente.
A los treinta y cinco años, contrajo matrimonio presionado por las exigencias sociales. ¿Cómo corresponder a los saraos efectuados en su honor? ¿Quién haría los honores de la casa? Don Bruno viajó a Europa llevando viva la fijación de Merle, inaccesible en el cenit de su carrera fílmica. Volvió con una joven delgada, a quien le llevaba quince años. A matacaballo, la obligó a aprender el español para que pudiese alternar con las damas mexicanas de la alta sociedad, cuya cultura no distinguía un Picasso de un Miró, a Stravinsky de Stokowsky y a la Divina Comedia de la Comedia Humana. Denisse, que apenas había terminado el liceo, sentó prestigio de erudita, porque citaba mucho a Rabelais, autor desconocido en Polanco y Las Lomas.
Dejó el hipódromo. Consideraba ese cargo no sólo innecesario, sino denigrante. Ni siquiera permitía el recuerdo, y cuando algún desorientado cronistilla de sociales lo asociaba a tan detestable actividad, no se hacía esperar el despido; don Bruno ya era socio de los principales periódicos y revistas, menos uno. Pero a ese también lo podía controlar a través del presidente en funciones.
En el primer aniversario de su boda, regaló a su esposa una residencia de veinte habitaciones, réplica del palacio victoriano que aparecía en la memorable película de la Obermoon. Su recuerdo se había agigantado al paso del tiempo: nunca quiso ver otro filme suyo por temor a los celos. Los besos que daba y recibía Merle en aquella vieja cinta, la mirada pletórica de lascivia prodigada al galán –ya olvidado-, con quién casó la inglesa y de quién se divorció cinco años después para unirse a un noble británico, al que abandonó cuando perdió éste sus millones en una mala racha. Celos del galán y celos del inglés. Por el momento, la agencia internacional privada que lo mantenía informado constantemente de las actividades de la estrella, la localizaba en actuaciones teatrales de poca monta.
Cuando cumplió cincuenta años, era el segundo capitalista del país; participaba en todos los grupos financieros, socio de todos los bancos, consejero en todos los consorcios, compadre de todos los políticos encumbrados, prestanombres de todas las transnacionales, amigo del presidente en turno y de todos los anteriores en especial de aquel mandatario que lo había favorecido con la gerencia del hipódromo y al cual lo unían intereses en común y casi a la par, emanados de la corrupción.
Si no calor, por lo menos la francesita dio brillo a la vida del magnate, brillo reflejado en las casas, una por año, ninguna en la misma ciudad, diseminadas en los centros vacacionales del país. Poco después de cumplir quince años de matrimonio, el cáncer, contra quien nadie pudo, ni Rochester ni Houston, la fulminó dejándolo solo nuevamente. Entonces decidió realizar el viejo sueño abrigado en el cine de Tijuana; aquel anhelo eterno. En su vida había logrado cuanto se propuso obtener, excepto a la inalcanzable Merle Obermoon, cuya carrera artística, según los escasos columnistas de espectáculos que todavía la recordaban, corría al ocaso definitivo y, según la agencia internacional de investigaciones, podía considerarse finiquitada ya. Del teatro descendió a las variedades de cabaret, y de ahí, al asilo. Ella odiaba los papeles de actriz de carácter e insistía en hacer la dama joven, pero su tozudez no la compartían los productores, que la arrumbaron en el sótano de las divas maniáticas. Los crudos detalles de su miseria y sus extravíos a causa de la grandeza perdida, la nostalgia del pasado y la decadencia definitiva resaltaban en las fotografías secretas: la noble frente marchita, la piel estragada debido a las privaciones en los últimos años, el número de dientes perdidos, cuantas enfermedades padecidas, todo contaba cruelmente en el informe anual.
Un cineasta retirado le propuso contrato como estrella y en papel de dama joven. Si aceptaba, debería internarse antes en la clínica de rejuvenecimiento más reputada entre los miembros del Jet Set. El director hizo el ofrecimiento a nombre de don Bruno, so pretexto de iniciar actividades en el campo de la industria fílmica; el viejo director tenía como deber primordial ponderar incesantemente la admiración del potentado, su fe en el resurgimiento de la actriz y sobre todo, el inmenso cariño que le profesaba.
Un año estuvo internada en Zurich; en ese lapso la proveyeron de una dentadura completa; le restiraron la piel tres veces, nutrida y ablandada; por dentro de los carrillos erigieron un complicado andamiaje de plástico y sus ojos recobraron aquella forma almendrada tan singular; le plantaron cabellos nuevos al cráneo, le hicieron injertos de piel en codos y cuello, rebajaron adiposidades del abdomen, reconstruyeron la imagen adorada en 1940 mediante relleno de senos, pantorrillas, muslos y cadera con un silicón inocuo, pero carísimo. Con injertos de glándulas y torrentes de hormonas, le devolvieron la menstruación perdida en los meandros de la menopausia, hacía no menos de diez años. Escultores, médicos, arquitectos, químicos, biólogos e ingenieros, fundidos en mefistofélico maridaje, otorgaron juventud a los decrépitos despojos. De una gastada mujer de sesenta y tres años, hicieron una deseable fémina de treinta y cinco, a un costo, estratosférico.
Merle llegó a la tierra de promisión ya casada con el Creso. El proyecto de la película quedó archivado. Otras ocupaciones absorbieron su tiempo; la dama no aceptó ninguna de las veinte casas de su predecesora y edificó otras veinte tan sólo en tres años. Ella tenía ideas originales acerca de sus casas, conocía –de lejos- las del Jet Set en Saint Tropez y de acuerdo con un patrón establecido, levantó la mansión más atrevida y lujosa de Acapulco, de Puerto Vallarta, Manzanillo, Mazatlán, Cuernavaca, Cozumel, etceterísima. Aquella manía fue imitada inmediatamente por el Mandatario en turno y sus colaboradores.
Lo que Merle sabía hacer mejor, era gastar dinero, había arruinado al millonario inglés y ella misma se había empobrecido en continuo derroche. Como anfitriona, resultó magnífica: sus banquetes eran selectísimos, sus fiestas multitudinarias, su vestuario, directo de París, envidia de la alta sociedad. Don Bruno obtenía óptimos dividendos morales con aquella resurrección, ego orgulloso de inyectar vida a un redrojo, empresa de titanes. Merle le costaba lo que Jacqueline a Onassis, ninguna proporción guardada; y cuando los cuatro se reunían en Acapulco, la competencia entre ellas, de exagerada, llegaba a ridícula. Jacqueline ganaba casi en todo; las mejores creaciones de Dior, Balenciaga y otros artífices de la moda, le eran privativas. En elegancia natural, casi andaban parejas. En simpatía, superaba Jackie por una “frente”; pero donde triunfaba Merle sin oposición era en el terreno cronológico. Nunca pasaba de los treinta y cinco, mientras Jackie ya había dejado atrás los cuarenta... y se notaba.
Transcurrieron cinco años. Las brechas abiertas en la fortuna del magnate fueron cerradas con su habilidad financiera. Sus fondos eran prácticamente inagotables, la corrupción generalizada en el país le permitía ganancias brutales.
Merle, a quien aburría ser la reina de aquella sociedad tan cursi, harta de adulaciones, hastiada de casas, yates y joyas, hasta la coronilla de viajes, fiestas y cocteles, recordó la prometida película, quiso incorporarse a las constelaciones fílmicas, encender corazones en la oscuridad de las salas, figurar otra vez como estrella del añorado mundo de las luces, la cámara y la acción, de nuevo como figura máxima, superada Jackie definitivamente, humillada Jackie, porque ni Onassis ni todo su dinero podrían darle el talento histriónico que a ella, a Merle, le sobraba.
Don Bruno se opuso, pero ella doblegó su voluntad. Las críticas de la pueril aristocracia serían minimizadas realizando la “premier” mundial de la película a beneficio de los niños desvalidos ¡gesto generoso!
Ella leyó docenas de argumentos y compró el de Bloch, especialista en temas erótico-macabros, lo más propicio a su lucimiento. Consiguió a Gonzalo Martínez, el director más talentoso, a Philips, el camarógrafo más cotizado, y obtuvo de su marido presupuesto abierto. Como galán seleccionó a un actor inglés, no de mucho renombre, joven, apuesto y varonil. El rodaje programado para tres meses, duró ocho. Se filmó en sus veinte casas nuevas, sobre todo en la de Acapulco, la más espectacular de la bahía. Brian de Palma estuvo asesorando las escenas de terror y los reporteros de espectáculos hablaron de misteriosas desapariciones y cadáveres flotando en la bahía sin una gota de sangre, pero se atribuyeron a la represión rutinaria del cuerpo parapoliciaco mexicano denominado Brigada Blanca.
La publicidad fue desmedida. Se decía que ella estaba sublime, ni la Garbo, la Davis o la Bergman, sus ex competidoras contemporáneas, la igualaban en sus mejores interpretaciones.
El estreno fue un acontecimiento social sin paralelo en el país. A diez mil pesos la butaca en pro de los desayunos escolares de Acapulco. Hasta en los pasillos había espectadores orgullosos de contribuir a la felicidad matutina de los desharrapados niños de La Laja.
Era la segunda vez que Bruno acudía al cine en toda su vida. No pisó otra sala después de aquella remota tarde en Tijuana, ni tuvo tiempo ni sintió curiosidad. Sin la presencia de Merle, imaginaba las películas insulsas. Se arrellanó en su butaca. Vio a su amada subir al proscenio a decir algunas palabras de gratitud en nombre de los niños harapientos, pero no las oyó, porque sorprendió a ciertas amigas lanzándole a él miradas entre conmiserativas y escarnecedoras, acompañadas de sonrisas equívocas e indiscretos cuchicheos. Trató de descifrar aquella situación enojosa sin conseguirlo; desde atrás, la oscuridad era rota por los relámpagos del haz que emanaba del reflector, fuertes, deslumbrantes, pero no tanto como los susurros ominosos que lo colocaban al centro de una atención cuya causa no acertaba a definir. Luego vino la proyección de la película. Merle superaba lo hecho en la cinta inglesa de hacía treinta y tres años. Más bella, más arrebatadora, más actriz, más... ¡más enamorada! Si, recordaba aquel éxito cinematográfico, atribuido entonces al amor entre actriz y galán. El amor mostrado en la pantalla obedeció a una motivación real. Aquellas miradas lascivas trasuntaron una pasión genuina.
Las miradas en ambas películas eran idénticas, los besos iguales, y las escenas eróticas, convincentes, muy convincentes y en razón de la época, muy atrevidas ahora... demasiado atrevidas. ¿No había prometido ella utilizar una doble para las escenas escabrosas? Pues no, era Merle misma. Don Bruno lo sabía porque personalmente escogió la forma de los senos, el tamaño de los pezones, el lunar artificial puesto en el seno derecho allá en Zurich... y hasta aquel excéntrico color amarillo atigrado del vello púbico que destellaba en la pantalla.
Repentinamente comprendió los bisbiseos, las sonrisitas y las pías miradas furtivas de poco antes. Parecían atravesar la penumbra de la sala, redoblarse, asaetearlo y gritar su desagradable significado. Todos sabían desde antes...todos chismeaban regocijados, gozaban su ridículo, cada hombre ahí agazapado en la oscuridad, cada mujer y cada niño, los que contaban los besos, los que repetían las caricias, los que corrían en busca del ludibrio, los que volaban hacia el cielo de la desdicha ajena, los que lloran y los que sonríen, los que señalan y esperan, todos los que pagaron diez mil pesos, los niños pobres invitados, todos vaciándose en carcajadas estruendosas, todos, sin faltar uno.
Gracias a un sobrehumano dominio de sí mismo, resistió la película entera. Mudo de furor, repasó mentalmente las enormes sumas gastadas en la reconstrucción de belleza y juventud, en los regalos, incluidas las veinte nuevas mansiones, irremediablemente perdidas. Y en la película, la cual no vería otra vez, porque le recordaría siempre a su Merle irrecuperable ya, en brazos del joven actor inglés; divorcio obligado, cuantiosos bienes dilapidados.
Y ni siquiera quedaría la moraleja de una lección aprendida.
Porque a sus años.
¿A quién más podría resucitar?
¿Y para qué?



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