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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 149 - De "Las Hijas de Circe" y Carlos Fuentes: Gonzalo Martré
Publicación de abril, 2009.
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Las barrenderas

  Cuento por Gonzalo Martré   (version pdf)

Jineteando el desconsuelo, ambas se miden con la mirada. Un segundo basta para identificarse, otro segundo para hermanarse y otro más para formar un frente común contra la adversidad. Ese instante fugaz cambiará su vida; no lo saben, ¿acaso lo intuyen?
Empatía.
Carolina Teutli no era bonita, ni grácil o simpática. Para ensombrecer más su perfil personal, era inteligente y, para oscurecerlo del todo, muy prieta, tozuda y pobre. Tantos atributos no bastaban, porque además era flaca, alta, muy miope y, por lo tanto, usaba anteojos como fondo de botella. Su aspecto desfavorable no fue óbice para iniciar y terminar una carrera profesional, hecho al cual contribuyó poderosamente la carencia de distracciones amorosas. Nunca novió durante la secundaria, preparatoria o licenciatura. Concomitantemente, jamás reprobó una asignatura. Fue distinguida con mención honorífica en su licenciatura de ingeniería en computación, y su tesis “Virus y contravirus sofisticados” recibió el honor de ser declarada la mejor de su generación. Su alma mater era la Facultad de Ingeniería de la Universidad Autónoma de Hidalgo en Apam, -de donde era-, y decidió continuar en ella la maestría. La racha de miseria que agobiaba al país desde hacía poco más de cuatro décadas, incidía fuertemente en su entorno social y familiar y la obligó a trabajar desde su niñez en empleos de nivel equívoco; así fue tirando hasta concluir sus estudios.
Una semana después de presentar su exámen profesional, murió su hermano menor, el sexto en orden descendente; en el hospital oficial de zona le dijeron a la familia que el deceso ocurrió por complicaciones de una anemia perniciosa. Sus otros cuatro hermanos presentaban el cuadro típico de los niños subalimentados: barrigones, chupados de la cara, con contínuas diarreas, moquientos y enteleridos. A los dos más chicos les amenazaba también la muerte casi por consunsión.
Su padre, sin trabajo fijo, vendedor de artesanías los fines de semana que soportaba la competencia de miles de hombres en su misma situación, era peón de campo y trabajaba de sol a sol por una suma ridícula. Su madre, en el lavado ocasional de ropa a domicilio, matándose en el lavadero y el burro de planchar, muchas veces sin paga, sólo por las sobras de comida que llevaba a casa, tampoco podía elevar gran cosa los ingresos de la familia. Algunos de sus hermanos eran ”niños de la calle”, payasitos o lavadores de parabrisas en los cruceros de la sobrepoblada Tlaxcala. Ella, la mayor, se alimentaba regularmente gracias a las becas de comida otorgadas a los alumnos sobresalientes y disfrutadas en el comedor universitario.
Tenía que obtener un trabajo para salvar a sus hermanos de una muerte segura; no podía seguir estudiando nada más, tampoco dando clases de computación a alumnos retrasados que le pagaban una miseria.Si bien la maestría requería menos tiempo, en casa la pobreza agobiaba a su familia y comenzó a buscar empleo en su profesión para mejorar sus ingresos y combatir así el hambre y la anemia crónicas de sus hermanillos.
Precisamente en el municipio de Huamantla donde vivía, bordeando la autopista México-Huamantla-Jalapa, inaugurada el año 2010, se ubicaba la planta de la Networld Corporation para toda Latinoamérica, (servida por un macrosatélite tripulado), dueña de la red cibernética más completa de información y comunicación. Si había algo que ignoraba la Networld, era porque simplemente no existía. Si algo no podía comunicar, era porque aún no había sucedido. Concentraba los datos de la industria, comercio y finanzas mundiales al segundo. Podía proporcionar un censo diario mundial de población , producción, o consumo, general o parcializado, en medio segundo. ¿ Dónde hallar sitio más adecuado a sus metas? Según ella, ahí obtendría un gran empleo apenas presentara su currículum académico.
Carolina forma en la fila de aspirantes. Entonces la ve.
Lilí Marlene Ahuatzin era de Zacapoaxtla, pero vivía y estudiaba en la Universidad Autónoma de Puebla. Era feíta, gordinflona, muy prieta, zotaca y patizamba. Se empecinaba en ocultar sus defectos físicos a fuerza de parecer simpática, pero sólo lograba ser grotesca. Los pocos puntos ganados con su eterna sonrisa, los perdía al descollar invariablemente, año con año como la primera alumna de la licenciatura de Nanotecnología. Sus condiscípulos sólo le perdonaban el ser superdotada, cuando señalaban gozosos su pobreza y desafiante fealdad. Algunos compañeros se le acercaron durante la carrera, no con afanes sentimentales, mucho menos sexuales, sino para obtener apoyos intelectuales gratuitos o ser recipiendarios de los trabajos académicos grupales que ella encabezaba. Cuando Lilí Marlene descubría sus verdaderas intenciones, los despedía tajantemente. Todos envidiaban su promedio de diez, sostenido sin solución de continuidad.
Faltando el último semestre para terminar sus estudios, su padre tuvo a bien abandonar a la familia y hubo de hacerse cargo de ella, porque su madre había muerto de su último embarazo. Su padre, como muchos hombres del país, ante la imposibilidad de mantener a su familia se marchaban un buen día, algunos dejaban un recado avisando que iban a buscar trabajo lejos de ahí, otros desaparecían sin dejar aviso, era tan frecuente el caso que ya nadie se preocupaba por su suerte, la policía, cuando recibía la denuncia de esas desapariciones, no hacía absolutamente nada, daba por sentado que el hombre incurría en el delito de “abandono de persona”, boletinaba su TIN, y aunque su reaparición en otras latitudes era perfectamente detectable, mientras cumpliera con sus obligaciones para con la deuda externa y sus impuestos, a nadie importaba de donde viniera ni a donde fuera. No proporcionaba informes a la familia así abandonada.
Asumió que su padre no volvería, es por ello que le urgía un trabajo de tiempo completo no lejos de Puebla, sus maestros le dieron facilidades para faltar a clases y hacer el semestre prácticamente a distancia; le aconsejaron fuese a solicitar empleo en la gigantesca Networld Corp. de Huamantla. !Con certeza obtendría uno espléndidamente remunerado!
Hacia principios de la última década del siglo XX, la teoría de los escenarios desarrollada por Lietar se puso muy en boga; partía del principio de que las acciones tomadas en aquel entonces respecto al concepto del dinero determinarían el futuro de todos los intercambios humanos.
Los escenarios no eran extrapolaciones lineales de prospectiva. Fueron, un salto de imaginación hacia el futuro, una herramienta para pensar colectivamente en cuales serían los efectos posteriores de acciones realizadas en un presente dado.
Los prospectores de Lietar propusieron dos grandes escenarios para el futuro de la humanidad a mediados del siglo XXI. El primero fue un futuro donde el beneficio colectivo se haría realidad; el segundo, aquel donde triunfaría el beneficio individual, representado por el incontenible crecimiento de la usura, determinante de la centralización del poder económico en unas cuantas megacorporaciones globalizadas.
En esta hegemonía de la usurocracia, los países desarrollados devorarían a los entonces subdesarrollados, los cuales jamás mejorarían su condición, es más, la empeorarían notablemente. En el milenio de las corporaciones, no habría lugar para los subdesarrollados.
En ese negro milenio de la usurocracia, en los países subdesarrollados se agudizarían las diferencias sociales, la miseria se haría endémica y la riqueza estaría acumulada en pequeños grupos de potentados que ejercerían el agio -asociados al corporativismo global-, con voracidad y rapacidad devastadoras.
La prospectiva de México encuadraba perfectamente en esa línea general como país subdesarrollado ad perpetuam.
Los prosélitos de Lietar -auténticos agoreros del desastre- parecían atinadísimos, pues la realidad, allá por el año 2040, les otorgaba toda la razón: México era un caso perdido, su colosal deuda externa lo asfixiaba materialmente.
Se conocen en la cola de solicitantes de trabajo, van vestidas en forma muy similar: chamarras de sus respectivas universidades, pantalones desleidos por el uso, zapatos tenis muy desgastados y morral de yute. Ambas forman en la fila correspondiente a los técnicos y como no es larga, entablan fácilmente conversación. En los 35 minutos antes de llegar a la ventanilla de recepción de documentos, lo saben todo de ellas.
Habían tres colas, la de técnicos, la de empleados administrativos y la de obreros, todas atendidas por gringos, en su caso, Christopher D. Michael, un tejano alto y flaco, de largo rostro avinagrado, anteojos redondos, bigote güero escurrido, aliento de cirrótico y miembro distinguido de la WASP en Waco, Texas, su pueblo de origen. Cuando Carolina llegó a su ventanilla y le tendió la solicitud de empleo color amarillo correspondiente a los técnicos, sus ojillos grises expresaron inmensa felicidad, ¡el Señor le deparaba la felicidad de demostrarle su despreciable condición a una india más!
-Tú estar equivocada de lugar -masculló en su deficiente español, sin recogerle la solicitud.
-No míster, estoy en la fila correcta.
-Tú no enseñarme a mí cual ser tu fila. Yo decir cual corresponderte.
Carolina agitó la solicitud debajo de su nariz afilada y sus labios delgados:
-Lea esto antes, mister.
-Mí no necesita leer. Basta con ver. Tú y la de atrás ir al tercera fila. ¡Ese ser su lugar! -escupió apabullante y rompió la solicitud amarilla, exigiendo se movieran para dejar el sitio al hombre que venía atrás; el tono no admitía réplica ni protesta.
-Órale pinches indias, ¿qué no oyeron? -barbotó soez el paisano empujándolas para hacerse agradable a los ojos del gringo.
Ambas abandonaron la fila y buscaron un lugar donde quejarse del mal trato recibido. No lo hallaron.
-¿Qué hacemos? -consultó desolada Lilí Marlene a su compañera de humillaciones -necesito urgentemente el empleo.
-Yo también -admitió aquella -estoy tan calificada como tú y tengo la certeza de estarlo muy por encima del tipejo que nos sacó a empellones.
-La verdad es que más parecemos sirvientas que técnicas especializadas -confesó abrumada y triste Lilí Marlene.
-Hagamos esto. Vamos a meter la solicitud como obreras. Una vez adentro, nos ingeniaremos para que los ejecutivos aprecien nuestros conocimientos y nos den el empleo correcto.
Lilí meditó durante un par de minutos la propuesta, era sólo una posibilidad remota, pero el intelecto -se dijo- debe a la postre imponerse al aspecto, y se solidarizó:
-Tienes razón, Caro. Si toda mi vida he seguido rumbos similares, ¿por qué no esta vez? Ya estoy acostumbrada. Al final, aunque mucho sufra, salgo con la mía.
-Yo igual. Vente, vamos por la nueva solicitud -y recogieron una azul, la llenaron, hicieron una cola de dos horas y llegaron ante otro gringo, quien les pidió su Tarjeta de Identificación Nacional (TIN).

Todos los mexicanos, al nacer eran dotados de una tarjeta plástica magnetizada que contenía, además de un holorretrato de 6 posiciones, su código de barras con sus huellas digitales, tipo de sangre, de ADN, historia clínica, síntesis biográfica, afiliación política y, lo que era más importante, su estado financiero y el total a pagar de su deuda externa.
Cada seis meses el ciudadano actualizaba su TIN corriéndola en la ranura de cualquier caja automática bancaria, y cada cinco años era obligatorio renovarla porque muchos datos aleatorios cambiaban: domicilio, parentela, escolaridad y deuda, entre otros. Empero, como siempre, la deuda externa del país iba en ascenso, la usurocracia global no perdonaba intereses y por ello la suma correspondiente a cada mexicano aumentaba frenéticamente. Para recibir visa gringa era indispensable amortizar cuando menos la mitad de la deuda personal. Tal medida tan sólo era cumplida por el 2% de la población, la cual detentaba el 90% de la riqueza nacional. En términos generales, era más importante, para todo trámite burocrático, exhibir una tarjeta con los intereses pagados, que mostrarla al corriente de los impuestos.
La deuda externa se dividía anualmente entre el total de mexicanos, desde recién nacidos hasta agonizantes, y de ahí, el Banxico calculaba la deuda personal. Era algo muy democrático, lo mismo debía el primero de enero el rico y el pobre, mas el primero podía saldar su débito para el día de Reyes (y recibía una bonificación del 50%) y al segundo, de no pagar, para el 12 de diciembre siguiente se le acumulaba el servicio y por ende su deuda nunca disminuía y era cargada a su nuevo saldo del primero de enero entrante.
El gringo de la ventanilla revisó las solicitudes de ambas, pasó sus TINs por la ranura de codificación, no obtuvo señal de alarma y les dio un contrato por 28 días, prorrogable dos veces ese lapso, al término del cual no serían admitidas más. Tal era la política laboral de la Networld Corp.; en contraparte, el sueldo de esos tres meses equivalía al doble en factorías nacionales. No ocurría así con los técnicos, quienes podían permanecer hasta cinco años en la empresa. La palabra jubilación no existía en el diccionario de la Networld, ahí también era letra muerta la Ley Federal del Trabajo y sus múltiples e inservibles reglamentos.
Están adentro. Saben lo que quieren.
Las asignaron a la limpieza del sector de cómputo general, el más vigilado de la empresa y las dotaron de uniformes. Consistía en una gran planta circular de un solo nivel en cuyo centro reinaba “Atila 01”, la gigantesca (no por su tamaño físico, sino por su capacidad) computadora maestra de Networld. Existían otras supercomputadoras idénticas en Europa, Asia, Africa y Oceanía enlazadas mediante un satélite tripulado, con la central “Atila 0”, ubicada en algún lugar secreto de Estados Unidos. En México, “Atila 01” -entre otras cosas-, daba servicio a la Secretaría de Hacienda, al Banxico y a las instituciones bancarias privadas, por grandes o pequeñas que fueran. Ningún peso cambiaba de TIN sin que “Atila 01” no lo registrara. Puesto que la TIN llevaba impreso el estado financiero personal de cada ciudadano, así como sus datos íntimos y privados, la Secretaría de Gobernación, la PGR y las 32 Procuradurías de las entidades federativas, subrogaban a esa computadora el control de todos sus archivos.
Las mandaron al único turno para asear el entorno cibernético donde trabajaba un ciento de técnicos a cargo de distintas secciones: de diez de la noche a seis de la mañana. No se hallaban solas, un equipo de seguridad compuesto de cuatro hombres vigilaba la sección.
Entran en acción, sin temor, confiadas en sus conocimientos.
Una noche, cuando acarreaban sus cubetas,“mechudos” y franelas, hallaron al responsable directo de “Atila 01” en su cubículo, atareado en su trabajo. Sabían su nombre: era Fito Kosteño, el programador en jefe, un tipo de cabeza grande, pelo entrecano y aceitoso, maneras bruscas y repelente. Tenía el título de Gopher, el máximo del área técnica de la empresa. Carolina se asomó aparentando timidez y preguntó:
-¿Se puede?
Fito Kosteño apartó el rostro redondo y sucio de la pantalla de su terminal y se quitó de la cabeza la “cucaracha” conque se conectaba a la intrincada red y la mantuvo en la mano. Respondió con voz ríspida:
-No se puede. Regresa cuando veas la luz apagada. Ocúpate de otras áreas. Y no me interrumpas más.
Carolina no obedeció. Aventuró un comentario técnico:
-Ha de ser fascinante entrar a la red más poderosa del mundo. Solo los grandes usan una cucaracha de 8 electrodos. Usted debe controlar como diez mil petatebytes segundo. ¡Qué maravilla!
-Maravilla será que no te corra mañana por entremetida. La vida aquí es imposible. Ya hasta las gatas creen saber tanto como uno -arremetió Fito Kosteño y remachó: -¡Largate a limpiar letrinas, chamagosa!
Contrita, Carolina reculó. El ardid no sólo había fracasado, también puso en peligro su empleo. Musitó un “usted dispense” y fue a contar su traspiés a Lilí Marlene.
Son desgarbadas, sí, pero tozudas, osadas e inteligentes.
-Creo que cometimos un error al pensar que nuestros conocimientos impactarían a estos engreidos -comentó desolada Carolina -debemos idear otra estratagema para hacernos notar.
-No -opuso Lilí, encorajinada aún -mejor busquemos otra manera de sacarle provecho a nuestra posición privilegiada junto a “Atila”.
-No veo el modo -confesó apesadumbrada Carolina, metiendo el mechudo en su balde, pues se acercaba uno de los guardias.
-Yo sí. Déjame redondear un plan y mañana a mediodía te lo explico -propuso Lilí, trasluciendo en su voz la esperanza.
A la una de la madrugada Fito Kosteño apagó la luz de su cubículo y se marchó. Ellas procuraron no cruzarse en su camino. El resto del turno de limpieza transcurrió normalmente.
Al medio día se reunieron para comer en una de las fondas del mercado. Carolina quiso saber si su amiga había discurrido algo práctico.
-Ya lo creo, es un plan arriesgado pero vale la pena. Tenemos a nuestro favor que el cubículo del imbécil Kosteño es el más alejado de “Atila”. Si logramos accesar esa red desde su terminal, podríamos modificar nuestra rechazo como técnicas y elaborar nuestra aceptación. Yo poseo el honorable tratamiento de cracker.
-¿Te olvidas del “Chóforo” Michael?
-Del mismo modo podemos manipular su cambio de planta. Mandarlo, por ejemplo, a África.
Los ojos achinados de Carolina se convirtieron en dos rendijas, a consecuencia de un ataque de risa convulsiva. Debido a la hilaridad volcó su vaso con agua sobre la mesa. Procuró controlarse y miró directamente, sonriendo, inundada de felicidad, a los ojos de Lilí. Musitó en voz muy baja, sólo audible sobre la mesa.
-¡Tienes razón! Vamos a lo grande.
-Existen muchos escollos. Tenemos que practicar con la terminal de Fito Kosteño varias horas, y ello requiere vulnerar sus dispositivos de seguridad. No disponemos de mucho tiempo. Están los guardias. A ver que se me ocurre.
-Cronometraremos sus rondas. Abrigo la certeza de que por lo menos en intervalos de diez minutos, si nos turnamos, podremos entrar en la red dos veces por hora.
-Esto es, 160 minutos por noche. Al menos nos faltan quince noches de trabajo, estimando que nuestro contrato no fuese prorrogado.
-Mientras una esté en la red, la otra tendrá que hacer su trabajo.
-Y vigilar a los guardias, avisar en caso de que interrumpan su rutina -concluyó Lilí.
-Desde hace un año vengo trabajando un supervirus. Lo adecuaré a la red mundial “Atila” para borrar huellas.
-¿Estupendo!. Lo llamaremos “Julio César y sus Legiones”.
-¿Por qué legiones?
- Legiones de nanomáquinas, ¿te olvidas que soy nanotecnóloga?
-Se me pasó. Confieso que de nanotecnología sólo tengo una idea vaga.
-Si quieres, te ilustro.
-Adelante, pero a grandes rasgos, ¿eh?
- Todo comenzó cuando a principios del siglo pasado a Bohr se le ocurrió el salto cuántico del electrón. Algunos años más tarde Heisenberg por un lado y Schrodinger por el otro crearon una nueva ciencia, la mecánica cuántica, la cual fue redondeada magistralmente por Dirac. Pero el salto cuántico del electrón fue incontrolable hasta que a fines de siglo los nanofísicos hallaron el modo de congelar átomos por medio de rayos láser, por ello, Chu, Philips y Tannoudji recibieron el Nobel en 1997. De ahí arrancó propiamente la nanotecnología, esto es, el diseño y construcción de máquinas más pequeñas que el átomo, máquinas hechas de partículas subatómicas, capaces de efectuar trabajos diversos, como por ejemplo, localizar un foco canceroso y extirparlo limpiamente, perseguir las trazas cancerosas y eliminarlas, todo ello en nanosegundos, pues la vida de éstas máquinas nanocuánticas es más breve que un suspiro. Si combinamos tus conocimientos de virus cibernéticos con los míos de nanotecnología, creo que podríamos lograr lo que nos proponemos.
-Sí, “Julio César”, me gusta el nombre. Será el vencedor de “Atila”. Un poderoso aliado nuestro -pronosticó Carolina y en su voz vibró un matiz de seguridad en sí misma, típico de victorias obtenidas en la Universidad.
Pagaron y se fueron.
No todo su plan marcha satisfactoriamente. Los tiempos dentro de la red son menores a lo calculado. A causa de las deficiencias resultantes en sus tareas de aseo les comunican que su contrato no será prorrogado, y así ven reducidas sus probabilidades de éxito. No obstante, analizan lo suficiente el sistema de “Atila 01” desde las terminales secundarias, y fijan para su última noche laboral la realización del proyecto. Para ello, utilizan todas las mañanas y parte de las tardes en el diseño de su plan; Carolina orienta su virus a las características y programas de “Atila 01”, Lilí Marlene programa las nanomáquinas que les serán indispensables. Casi no duermen. Enflacan, se ponen más feas, pero su propósito es inquebrantable.
Les era indispensable la tarjeta-llave de la terminal de Kosteño la cual contenía impreso su ADN. Kosteño profesaba tanta fe en la seguridad interna de la empresa, que se había vuelto descuidado con su tarjeta, la cual no guardaba en su estuche plano después de usarla, sino que la mantenía al alcance de su vista sobre su escritorio. Por ello, muchas veces, cualquiera de las dos chicas la había tenido a la mano, pero de nada hubiese servido escamotearla, pues Kosteño no era descuidado al extremo de olvidarla por una noche, ni siquiera por una hora completa, y al notar su falta lo menos que podía suceder era desactivarla a distancia. Era necesario duplicarla, empresa tenida casi como imposible, pues estaba hecha de un plástico que no admitía interacción con él de ninguna clase, para comenzar, sólo admitía manipulación de los dedos de Fito, pues el plástico, al tener integrado su ADN no permitía que otro lo tocara, así fuese mínimamente, porque de ser así, se autodestruía. Conseguir el ADN de Fito no resultó problema, pues el hombre perdía centenares de cabellos en cada jornada de trabajo. Los nanos fabricados por Lilí Marlene tenían la propiedad de duplicar la tarjeta casi instantáneamente, y para evitar la autodestrucción programó la duplicación conteniendo su propio ADN, así ella podía manipularla libremente. La duplicación fue, de hecho, instantánea, dos días antes de la noche determinada, casi en las barbas del funcionario, Lilí se hizo del preciado duplicado: las nanomáquinas fueron dejadas cerca de Fito, en una cápsula microscópica, desde la noche anterior, previamente programadas para hacer el duplicado después de las seis de la tarde. Fito llegaba de sus comidas de negocios casi a las siete; cuando utilizó su tarjeta-llave para abrir a “Atila 01”, puso la tarjeta a un lado. Inmediatamente las nanomáquinas rompieron la cápsula donde se hallaban y marcharon hacia la tarjeta, la cual no movieron, simplemente, construyeron la otra debajo y luego arrastraron el duplicado hasta un rincón del escritorio. Al terminar su trabajo, se destruyeron, como lo hubiesen hecho de habérseles encargado limpiar las arterias colesterosas de algún infartado. Retirarla de ahí no fue problema.
Pero “Atila 01”, una vez activada con la tarjeta-llave sólo obedecía la voz de Kosteño. Por lo tanto, era necesario duplicarla también.
Carolina se había acercado una noche al irascible Gopher portando una minigrabadora oculta:
-Doctor Kosteño, ¿me permite limpiar su escritorio? -ofreció a sabiendas de que el tipejo no toleraba ninguna interrupción.
Kosteño apartó la vista de la pantalla múltiple y se le quedó mirando de hito en hito:
-¡Maldita india patarrajada! -vociferó, pelando mucho sus ojos batracianos- ¿qué no te he dicho mil veces que no me interrumpas cuando estoy trabajando? ¿Es que no entiendes el español? y luego amenazó -¡de mi cuenta corre que las boten!.
Ambas fingieron llorar desconsoladamente, lo cual sirvió en mucho para bajar la ira del Gopher.
En la noche programada para la acción, cuando Fito Kosteño se dispuso a retirarse, después de cerrar su terminal con la tarjeta-llave, cerrar el despacho con la misma y guardarla amorosamente en su estuche plano, a eso de las veintidós horas, al verlas lejos de él no resistió el impulso de despedirse de ellas. Se les acercó y con el tono más despectivo de su repertorio las apostrofó:
-No olvido que hoy es su última jornada de trabajo, pinches mulas ciegas. Mañana estaré feliz, muy feliz de no verlas más. Espero verlas, la próxima vez, vendiendo tacos o pepitas en el mercado, lugar a donde pertenecen¸ o, si es mejor, lavando las letrinas del reclusorio municipal. ¡Indias mugrosas!
Carolina, sin dejar de limpiar con un paño un cristal, sin alzar la voz, prometió:
-Su voz sea de profeta, doctor, y no vuelva a vernos nunca, ni aquí ni en ninguna parte.
-No dude que se cumplirán sus deseos,doctor -añadió Lilí Marlene.
Deshacerse enseguida de los guardias requirió más astucia y valor. Lilí Marlene incendió un cesto con papeles inservibles. Los cuatro acudieron desde distintos puntos, provistos de extinguidores. Aprovechando la confusión deslizaron en los bolsillos de los guardias una capsulita con nanomáquinas programadas para que, transcurridos cinco minutos después del alboroto, afectaran el centro neural del sueño y durmieran por 8 horas; así sucedió, de pronto cada uno en su puesto de observación sintió un sueño invencible, buscaron sillas cómodas y ahí se despatarraron, las nanos borraron de sus centros de memoria los registros de las 24 horas últimas al despertar.
Carolina toma asiento en el sillón cybergónico moldeable de Fito Kosteño. Con el duplicado de la tarjeta-llave del Gopher abre la gaveta donde guarda la “cucaracha” y se la coloca en la cabeza. El segundo candado de la terminal es la voz de su Gopher, vulnerada ya, desde antes la grabaron, la analizaron y después la reprodujeron mediante un oscilador computarizado hasta imitarla perfectamente a través de un minitop parlante; Carolina pronuncia: “Atila 01”, como lo ha oido a Kosteño. La terminal contesta con la voz del presidente de la corporación, dura, metálica, voz de usurero: “Puedes entrar, Gopher”.
El sistema tiene “cancerberos”, para eludirlos, Carolina introduce un disquete con el virus “Perrero” y elude momentáneamente a los “cancerberos”. El scanner de virus ronronea, pero tardará algunas horas en desvirar. Retira el disquete y ordena de nuevo el acceso a “Atila 01”.
“Gobernación, bancos de información”, pide Caro. En la pantalla aparece el vetusto edificio de Bucareli, en el DF. Da entre. “Archivos”, exige Caro. En la pantalla aparece un aviso en letras gruesas, rojas: “Clave”. Lilí coloca el duplicado de la tarjeta-llave personal de Kosteño sobre el cursor. En la pantalla aparece un renglón: “Identificado voz, ADN fitkost**huam.com.mx.” Acceso conectado.23:17 Horas. 910 gigabauds...adelante. Caro coloca frente al cursor su TIN. Teclea: del tin.*.gob. mx. En la pantalla aparece otro aviso en rojo”¿Desea eliminar TIN de arch.gob.mx? Caro pronuncia “sí” con la voz del Gopher y da entre . Repite la operación con la PGR y la PGJDF. Sobre su hombro, recibe la TIN de Lilí. La elimina de los mismos archivos. Luego baja el programa de registros nuevos y fabrica dos TINs con sus caras, huellas dactilares y ADN, pero entra nombres distintos. Las imprime, luego las registra en los archivos donde borró las auténticas. Mete un disquete previamente preparado con su genealogía y lugar de orígen levemente modificados, desde que nacieron, aproximadamente en el año 2012 y en el DF, para dificultar el rastreo. Al fin termina, la tensión y la concentración la hace sudar, la operación “muerte y resurrección” duró dos horas. luego infecta con el virus “zorro” que impedirá el rastreo durante las siguientes 24 horas. Después de ese lapso, el tráfico cibernético hará imposible detectar la superchería.
Lilí dice que sus nanos ahora sí van a trabajar en serio; muestra un minidisquete a Caro y se lo entrega, Caro lo introduce en la ranura, la pantalla se blanquea primero y después adquiere un tono rojo sangre permanente, los nanos esperan órdenes; Lilí le pide que accese Banxico e imprima el monto de la deuda externa mexicana hasta las doce de la noche anterior. La cifra es aterradora: 300,000 millones de dólares. Accesa la SHCP e imprime su versión, la cual es sustancialmente la misma. Accesa al INEGI y pide el censo a las doce de la noche anterior: imprime la cifra: 139,511,000 ciudadanos mexicanos vivos. La deuda personal es de 2.15 millones de dólares per cápita. Imposible de pagar para el 90 % de la población. Doloroso de pagar para el 8%, fácil para el 2 %. Lilí pide a Caro accese “Atila 0”. Cientos de luces cintilan, decenas de ruiditos se escuchan y en la pantalla principal, aparece el capitolio de Washington, borroso. orlado de rojo. Son los “cancerberos” gringos. Los nanos dan cuenta de ellos y vuelve a codificar la tarjeta-llave de Kosteño. La imagen se aclara. Caro accesa al FMI. Su voz da entre, el aparato suena trak, trak, trak. Teclea una orden: cargar 2.65 millones de dólares al activo individual de todos los ciudadanos shcp.banx.mx. La computadora ruge y aparece una pregunta en pantalla: Son 139,520,000 ¿a todos? Caro ha comprendido la maniobra de Lilí y pronuncia sí y da entre una vez más. Esta vez la sinfonía de ruiditos con destellos tarda casi cinco minutos. La computadora anuncia: “Cargados” ¿en firme?
Carolina, con la voz más autoritaria de Fito Kosteño ordena entre.
Se da vuelta y le confía a su cómplice:
-Ya eres millonaria, Lilí, pondre a “Julio César” para cubrir nuestra retirada.
-Calma. Aun no terminamos -aclara Lilí volviendo la vista a la pantalla.
La avezada nanotecnóloga susurra a Caro:; ordena: “Pagar a fmi.bm.deud. mx 300 mil millones de dólares del monto acreditado a shcp.banx.mex. 139,520,000 cit.”
Esta vez, la computadora chirria, pero obedece.
Caro se levanta, se quita la “cucaracha” y mira a Lilí, manifestando su regocijo.
-¿Sabes lo que hiciste?
-¡Claro que si! Transferimos 2.65 millones de dólares a cada mexicano, en firme. Nos hicimos millonarios. Luego transferimos de esa cantidad, 2.15 millones por cada mexicano para amortizar completamente la deuda externa. ¡En unas horas la pagamos y todavía nos quedan 500,000 dólares por cráneo! ¡Las hordas de nanos son infalibles!. Ahora. “Julio César” impedirá que esas operaciones sean anuladas por el FMI. Al pasar 24 horas de efectuadas toman carácter de definitivas.
Todo mexicano conectado a Networld recibió en pantalla el aviso de la operación efectuada desde la central “Atila 01” con dos órdenes prioritarias:
1ª Meter su TIN a la ranura bancaria más próxima o procesarla por el holobanco domiciliario para limpiar su deuda y acreditar su nuevo saldo a favor.
2ª Avisar a sus parientes y amistades que hagan lo mismo.
Esa madrugada, el país entero despertó volcándose en las cajas automáticas o procesando desde su cama por la red bancaria.
Carolina bregó afanosa, ímprobamente. En efecto, la alarma financiera repicó en todo el mundo. Pero deshacer la operación duraba un tiempo similar al transcurrido al efectuarla, y “Julio César” infectó al sistema “Atila 0” sembrando el caos financiero mundial. Nadie supo lo que pasaba. Las principales Bolsas del mundo cayeron y prefirieron suspender operaciones hasta no aclarar. Tampoco lograron localizar el foco del sabotaje. Caro retiró su disquete viral y apagó la terminal. Ambas corrieron hacia la salida, pues no tardarían en dar con los guardias dormidos y cerrarían el edificio para una investigación minuciosa que ninguna deseaba.
En la Networld de Huamantla nadie obedece las órdenes impartidas perentoriamente. Nadie está seguro de nada. Todos saben lo sucedido, ya le llaman el “Efecto Nezahualcoyotl” pero no cómo ocurrió, ni en donde se focalizó. Las dos humildes barrenderas salen del edificio por el estacionamiento, sin ser requeridas de identificación. En Huamantla hay feria, de todos los pueblos circunvecinos, aún de lejanos, han bajado muchas mujeres de su mismo perfil físico indígena. Es fácil, muy fácil confundirse con ellas. Máxime que no hay modo de identificarlas, pues Petronila López y Hermenegilda Pérez, como ahora se llaman, poseen una TIN impóluta.
Los prosélitos de Lietar -fallidos agoreros del desastre- ya viejos, quedaron tristísimos, pues la realidad, allá por el año 2040, les negaba toda la razón: México era un caso rescatado, su colosal deuda externa no existía más.
Libre ya de la enorme carga financiera heredada del sistema político anterior, el nuevo gobierno pudo disponer de los recursos emanados del petróleo para atender el grave problema de la descontaminación del Valle de México, Guadalajara y Monterrey.

Cuatro años después, cuando Petronila y Hermenegilda instalaron un flamante despacho de asesoría nanocibernética, el cielo de todo el país lucía tan transparente como en la época del rey Nezahualcoyotl. Y nunca más se enturbió.
El milenio de la usurocracia naufragó.

Alebrije

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