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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 149 - De "Las Hijas de Circe" y Carlos Fuentes: Gonzalo Martré
Publicación de abril, 2009.
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La dentista

  Cuento por Gonzalo Martré   (version pdf)

“Extracciones sin dolor”. leyó Midori en el rótulo; sin darle mucho crédito, empujó la puerta y entró en la sala de espera de aquel consultorio. No encontró recepcionista ni clientela; iniciaba un movimiento de retroceso cuando apareció la cara morena de una enfermera o dentista –no supo discernirlo-, amable e invitadora:
-¿Viene a consulta? Pase.
Midori metió sus estupendas piernas en el gabinete dental y se detuvo sorprendida al notar la austeridad reinante; tan sólo un sillón, único mueble del cuarto, desprovisto de la fresadora de todos los humanos tan temida.
-Siéntese aquí, por favor –indicó, señalando el sillón.
Midori obedeció. En un ángulo de la pieza vio un minúsculo lavamanos blanco y una pila de vasos desechables de plástico. En el suelo, junto al sillón, un depósito de basura cuya tapa se accionaba mediante un pedal.
-En seguida la atiendo –dijo la dentista que bajaba las persianas sumiendo el gabinete en la penumbra. El sillón carecía de lámpara dental, otro detalle más desconcertante aún: ¿Cómo iba a operar? Sin abandonar su sonrisa, la morena preguntó:
-¿Cuál es la pieza enferma? –Midori abrió la boca y señaló con el índice su colmillo roto-. Ya veo –asintió la médica y añadió-; me llamo Silvia Pineda, ejerzo con título de la UABJO, ahí está el certificado de mis estudios.
Midori miró un pergamino enmarcado, único adorno de la pieza. Las siglas le recordaron las continuas represiones ejercidas primero por un gobernador sátrapa depuesto ya y luego por su sucesor, un aspirante a Pinochet zapoteco. Pero esos problemas eran muy recientes, aquella dentista pertenecía a otras generaciones, aparentaba unos treinta y tres años; guapa, ateniéndose a los cánones de la belleza juchiteca, de busto opulento, duro y turgente, de ojos bellos y escrutadores. Debía tener unos seis años ejerciendo su carrera profesional, a salvo del desorden creado en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca por los gobernadores oaxaqueños.
-Está muy estropeado... ¿Duele mucho?
Dolía y era necesario sacarlo, porque la reconstrucción del canino, tal como estaba, era difícil. Para repararlo debía de crecer el colmillo sano en su forma vampírica, tomarle un molde y acabar con porcelana la larga y fina punta, insertarlo luego con un puente removible. Pero se presentaba una dificultad casi insuperable; al crecer el colmillo, ella tomaba la perversa forma de vampiro humano, no podría controlar su sed inextinguible y la succionaría hasta matarla, quedándose igual. El colmillo roto le producía, además de malestar físico, otro moral, pues las huellas dejadas en los cadáveres eran antiestéticas: un orificio y, junto, otro como mordedura, hacían aparecer el ataque como proveniente de un bisoño, indigno de una avezada mujer vampiro de pies azules, cuyo iniciador fue el último Conde Calinesti.
-Mucho –admitió Midori, que no sabía cómo empezar tan escabrosa explicación. Si deseaba alivio, debía advertir a Silvia de aquella notable particularidad, pero de hacerlo, lo más probable sería que se le invitara a salir del consultorio en el acto. Decidió callar y poner freno a sus instintos malignos.
-Necesito una reconstrucción, pues me lo rompí hace poco. El cuello de la dentista quedaba a pocos centímetros de la boca de Midori. La yugular parecía esculpida en altorrelieve y sus dilataciones prometían un torrente de sabrosa sangre vitaminada. Cuestión de minutos y se operaría la transfiguración satánica; afuera, una tumba aguarda, la gente caza iguanas y cocina armadillos, entierra a la esperanza, entierra a la vida, entierra en silencio al silencio, entierra a la paz con estruendo bajo una capa de iguanas multicolores, de caracoles y de flores mustias.
-Prepararé mis instrumentos –anunció la médica y se retiró del sillón, propiciándole a Midori la oportunidad de sobreponerse a sus malsanas inclinaciones. Silvia sacó del armario una lamparilla de alcohol y un trípode, colocó ambos objetos en el suelo detrás de la paciente. Puso al fuego una cazoleta y en ella varias hierbas raras mezcladas con copal; pronto comenzó a elevarse un humo azulado, de aroma dulzón y soporífero.
-Es la anestesia; fija tus ojos en los míos –ordenó pasando al tuteo.
Midori desvió trabajosamente la mirada puesta en la yugular y se asomó a las pupilas negras de la dentista juchiteca; las dos mujeres sufrieron un choque violento, como si cada una hubiera rechazado a la otra con un golpe de mano abierta sobre la frente. Aquel corto circuito de alto voltaje proyectó la cabeza de la paciente sobre el cojincillo del sillón y a la médica le hizo dar un paso atrás, trastabillando perpleja; nunca antes había experimentado un sobresalto igual. Ahí vibraba una voluntad superior. Invocó mentalmente a sus preceptoras: Aura, Félida y Gudelia, afamadas en Juchitán, cuyos sabios consejos trató de recordar. Entonces, desechando la profundidad del terror, insistió:
-Mírame a los ojos.
El humo llenaba el gabinete de sombras bailarinas, exóticas y traviesas e hizo lagrimear a la paciente, quien se propuso acatar la voluntad médica. No obstante, entre las pupilas negras y las verdeambarinas, se estableció una línea de tensión, como si fuera un rayo láser de zirconio que atraviesa el país de la noche, que horada el sótano del tiempo, que cierra el palacio sin puertas, lacerando como un látigo fantasma.
Midori también estaba desconectada por aquella fuerza singular, pero radiaba felicidad porque las visitas anteriores a otros dentistas habían terminado en festín sangriento y sin extracción.
-Duerme... duerme... –ordenaba Silvia con voz suave.
Midori hacía esfuerzos por conciliar el sueño, pero inútiles. Aquella invisible línea de tensión la mantenía despierta. Durante diez, veinte minutos, la dentista dictó su letanía: duerme... duerme... pero los párpados rebeldes seguían abiertos y sus ojos vivos, refulgentes, en una danzaba la hidra, en el otro, el dragón.
-¡Duérmete, hija de la chingada! –exclamó Silvia, presa ya de la desesperación.
El exabrupto encolerizó a la paciente, quien profesaba un gran cariño a su madre y sus pupilas fosforecieron en la penumbra, buscando aquella yugular tan gruesa y jugosa. Desde el percance, al experimentar la metamorfosis, el colmillo roto le dolía intensamente, más en ese momento, ¡mucho más!
-Sácamelo, sácamelo –imploró angustiada, conteniendo su ansia asesina.
Silvia tenía ante sí la cara bella, pero aviesa, de una mujer vampiro con un colmillo muy largo y agudo y otro roto casi desde la base. Caso insólito, no atacaba, pedía ayuda. La ética profesional se impuso al temor y concentró toda su ciencia en la operación. Con una varita de siempreviva tocó aquel colmillo destrozado, pronunciando un misterioso conjuro zapoteca, y como clavo que se pega a la piedra imán, así el colmillo se adhirió al extremo de la varita y fue saliendo, sin producir dolor, ni ruido, ni estremecimientos, ni ayes, ni escurrimiento de sangre. Silvia piso el pedal del bote blanco y depositó ahí el producto de la extracción indolora. Durante la operación, Midori mantuvo cerrados los ojos, sin saber cuándo iba a terminar. Los abrió al oír a la dentista:
-Ya está. Pero yo no hago moldes, acude a un gabinete de mecánica dental.
Sin abrir los ojos, Midori se tocó el alveolo vacío, comprobó que ya no tenía aquella torturante pieza y levantó los párpados. Su mirada hendió el denso humo dulzón y se detuvo en la apetitosa yugular. Como arrojada por una catapulta, se lanzó hacia la garganta morena.
-¡Ay, malagradecida! –exclamó Silvia tratando de eludirla-. ¡Quieres ahorrarte los doscientos pesos de la extracción!
Esta vez el implacable poder ancestral se desencadenó sobre Silvia, quien sintió débiles las piernas; la mujer vampiro la agarrotó de un hombro y de los cabellos para exponer mejor la parte del cuello que ansiaba perforar. Silvia hacía invocación tras invocación a sus dioses juchitecos, de sus labios salían extrañas palabras, pero no oponía resistencia. La boca torcida de una mueca indescriptible se abatió sobre el cuello tirante, sobre aquella arteria, cauce subterráneo del río de la vida.
Midori apretaba sin obtener una sola gota de sangre. Apretaba y succionaba en vano. Abandonó a su víctima y presa de una agradable sospecha, se llevó ambas manos a la boca, buscando su colmillo único y hallando en su lugar un hueco. Dos huecos, porque donde estuvo el colmillo roto también palpó su ausencia; tenía dos alvéolos desoladoramente vacíos.
Silvia, de nuevo en pie, la miraba con aire socarrón:
-Son doscientos pesos, cien por cada uno.
Midori recobró la calma y sus facciones volvieron a tomar su aspecto humano, un poco afeado por su dentadura hueca:
-¿Cómo lo hiciste? –preguntó en un sincero arranque de admiración.
Silvia señaló hacia el único cuadro colgado en la pared:
-Lee ahí.
Midori se acercó; tal como lo supusiera antes, era el título profesional, ribeteado de extraños signos. En la parte media, el grado académico en perfecto español: Curandera de muelas. Un poco más abajo, la escuela: Unión Autónoma de Brujas de Juchitán, Oaxaca.
Puso un billete de doscientos pesos sobre el sillón y no esperó. Salió alegre; ser vampiro, aunque sea del muy especial género de pies azules, no fue ciertamente, envidiable. Se sentía otra, la pérdida en realidad había sido ganancia.
Afuera, la tumba quedó vacía, las iguanas se escabulleron, los armadillos recobraron la esperanza y las flores sus colores.

El escritor hidalguense, Gonzalo Martré

El escritor hidalguense, Gonzalo Martré



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