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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 147 - Narrativa del Perú, La Asamblea de los Fantasmas: Hugo Van Oordt
Publicación de febrero, 2009.
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Armel

  Cuento por Hugo van Oordt Huldisch   (version pdf)

La nave de la iglesia estaba solitaria, sólo se podía observar la presencia de unas cuantas cucufatas que se encomendaban al santo de su devoción y el sacerdote que cubría las confesiones vespertinas.

Era mediado de agosto, pleno invierno. Esa terrible neblina propia del clima de Lima y su persistente garúa, habían convertido aquel atardecer en algo sombrío e inhóspito.
Desde el exterior llegaba con secuencia monótona el pregón del vendedor de artículos religiosos que diariamente se situaba en la puerta del templo.

La alocución y el chirrido de los neumáticos que patinaban en la lluvia impedían que el cura Armel pudiera concentrarse, obligándolo a revolverse inquieto en el cajón confesional: “A veces tengo la cabeza puesta en otra parte —pensaba— como me sucede ahora en que debo encomendarme a nuestro Padre que está en el cielo, porque mi otro padre está en el infierno quemándose muy lentamente. Él fue el desgraciado que trajo la desventura a nuestra casa”.

A pesar de los esfuerzos que hacía por recobrar la calma su turbación iba en aumento. Ser sacerdote católico y tener la diaria obligación de escuchar un chuchonal de pecados, para luego recrearlos en su torcido cerebro, era para él un verdadero suplicio.

La inminencia de la muerte era un sentimiento que acompañaba a Natalio por donde quiera que estuviese. Avanzaba con la mirada perdida, sin afeitarse y con sus cabellos en total desorden, trasluciéndose en él, una vida vana, sin sentido.

La ausencia de su padre terrenal obligó a Armel a buscar sustitutos con desesperación, para poder encontrar alguien al fin, en quien confiar.

El cura de la parroquia decía que el hijo de Dios era también el Padre de todos los cristianos. “Yo no tengo ningún padre en la tierra —pensaba cuando niño— porque mi único padre está en los cielos parla y parla con la Sagrada Familia. ¿Qué otra cosa puede hacerse cuando se está sentado durante siglos sobre una nube de algodón?”

En casa no sabían que bajo el propio techo surgía una extraña vocación, o simplemente se hacían los cojudos, porque nadie, absolutamente nadie le acompañaba a misa los domingos y cuando le comentó a su madre que el señor párroco lo había nombrado monaguillo, ella comenzó a carcajearse como una loca.

—Mejor busca a la Francisca —le dijo cuando terminó de reír— y hazte hombre.

—Sería mejor que el Señor me agarre confesado —pensó preocupado— la Francisca tiene al Diablo dentro del cuerpo. El señor párroco dice que Satanás se la va a devorar poquito a poco, hasta que ya no quede nada de ella y ya no exista.

Cuando tomó la decisión de ingresar a un seminario, pensó borrar de un sólo plumazo todos los recuerdos de su maldita familia y su atormentada infancia.

—Tu padre —le habían repetido constantemente— murió hace años, cuando tú todavía no nacías —como la forma más simple de ocultar que él había dejado abandonada a su familia.

Al Padre de todos los cristianos no lo halló en el seminario a pesar de que lo buscó por todas partes y ahora, después de tantos años, estaba seguro que no lo encontraría.

Aprendió con estoicismo a soportar las interminables clases de doctrina y a temer a Dios, que es el principio de la sabiduría.

Uno a uno cayeron los mitos derribados por aquellas crisis de fe que dejaron a Armel a punto de mandar todo a la mierda y buscarse una muchacha, o en última instancia colgarse de una de las vigas; pero en el convento se tenía el pan asegurado, a pesar —como le habían repetido hasta el cansancio— de que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que salga de la boca de Dios.

Esperó con ansiedad ser ordenado sacerdote para poder enterarse de la vida ajena en el santo sacramento de la confesión que ya había perdido su influjo mágico, cuando a través de la puerta que comunicaba con el despacho del Padre Superior, escuchó como éste denunciaba a oscuros raterillos ante el jefe policial, que llegaba todos los jueves a entregar su donativo y tomar nota.

—La justicia del Señor —solía decir— debe estar al servicio de la justicia de los hombres.

Con las piernas estiradas y recargado en el respaldo de una banca, Natalio observó el teléfono público de los primeros que instalaron, uno de esos con malla metálica y vidrio.

A pocos pasos lo esperaba “El Paraíso de los Suicidas”, con su mar embravecido. Las olas encrespadas que se estrellaban contra grandes peñascos, le garantizaban un despedazamiento inmediato.

—¿Por qué te fuiste tu sola Agripina, por qué tuviste que morir justo ahora? ¡Nos hubiéramos ido juntos!

Natalio avanzó con pasos de autómata hasta el borde del acantilado disponiéndose a saltar, más el paso de un viejo tranvía que hacía sonar su sirena, produjo el lapso no previsto que le salvó la vida.

Miró el mar. Vio una ola al estrellarse con violencia y tomándose la cabeza con ambas manos, lloró desconsoladamente.

—¿Por qué tuvo que morir Agripina, maldita sea, y dejarme tan jodido, con tres niños que alimentar y sin trabajo?

A Armel sólo le importaba sobrevivir descuidando totalmente su formación sacerdotal, reprobando materias en serie y sin que el Derecho Canónico lograra ingresar en su dura cabeza, más era tal la necesidad de sacerdotes que se vieron forzados a perdonar su insuficiencia y acelerar su ordenamiento.

Le pusieron como condición que aceptara viajar al Perú, país semisalvaje poblado por una recua de indios malolientes y mezquinos.

Armel aceptó gustoso. Pensó que valdría la pena integrarse a una misión evangelizadora para acrecentar el rebaño del Señor con la conversión de infieles en la selva amazónica. Una posibilidad real de estar más cerca de la muerte y del descanso eterno, al ser devorado por millones de pirañas de afilados dientecillos o triturado por una anaconda gigantesca. Pero no fue así, porque lo enviaron de profesor de religión a un colegio de niños ricos. De engreídos y estúpidos niños ricos.

Cuando la joven se aproximó al confesionario en actitud contrita, Armel la observo tras la rejilla. Esa maldita rejilla que impedía acariciarla y recordó a su hermana mayor toda pintarrajeada como si fuera puta.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, hija mía —musitó Armel con voz tenue, casi imperceptible— ¿de qué te culpas?

Ella confesó fantasías sexuales, pasiones juveniles reprimidas y una que otra masturbación.

—El más grande pecado —expresó — el que más hiere a nuestro Señor.

Sus pechos se insinuaban frescos y tentadores, tras la delgada blusa.

Armel separando la afiebrada mano que aprisionaba sus genitales, la elevó con solemnidad: “Ego te absolvo pecatis tuis”.

Del caminar sin rumbo de Natalio, sólo quedaban un par de zapatos fatigados e interminables cuadras para llegar a aquella casa que había perdido toda su alegría. En ella lo estarían esperando tres niños harapientos que escapaban de la tristeza con una vocinglería realmente macabra; una fritura de pescado sin sabor y un furor sin nombre.

Cuando la joven abandonaba el templo con la cabeza gacha, Armel la siguió con la mirada.

—¿Cómo puedes llevar la paz del Señor —pensó— moviendo el culo de esa manera? ¡Putain, mil fois putain!

La cruz iluminada del templo llamó su atención, recordándole a Natalio el buen Dios que nunca se olvida de los pobres.

Con pasos lentos, como un autómata, comenzó a subir por la escalera siendo interceptado por el vendedor ambulante, que con voz casi suplicante le ofreció: “Una estampita de Sanmarticito, una estatua de Santarosita, mire señor como brilla en la oscuridad.”

—No tengo un puto cobre en el bolsillo —le respondió con amargura— mañana tal vez, mañana tal vez será otro día.

Sus piernas flaquearon al entrar. Al fondo iluminado por una gran cantidad de velas y algunos cirios, se podía observar la lastimera imagen de un Cristo crucificado.

—Sabía que te encontraría —oró Natalio para sus adentros— no puedes salir a ningún lado, aunque quisieras, no ves que te tienen calato y clavado en una cruz. Perdóname que no te haya visto en mucho tiempo, pero los domingos son los mejores días para conseguir algún cachuelo, un trabajito pues, en las casas de los ricos.

Cuando lo vi ingresar mi presencia no había sido notada. Estaba sentado en la parte más oscura desde donde contemplaba la cúpula, los vitrales y los cuadros del recorrido hacia la cruz.

Miraba por ratos el altar mayor y la pequeña mecha que flotando en aceite, me anunciaba que Jesús estaba vivito y coleando en el misterio de la Sagrada Eucaristía.

Había observado todo: la turbación del cura y el armonioso contornear de caderas de la arrepentida feligresa. Cuando entró Natalio logré ver en sus ojos la desesperación y el llanto.

Siempre me he sentido bien en medio de las sombras y estaba acostumbrado desde niño a las tinieblas con esa su luminosidad oculta y fantasmal, cuando Carlos —mi padre— me pedía todos los días le trajera sus anteojos o aquella retorcida pipa tipo Sherlok Holmes, que dejaba expresamente olvidada en los lugares más oscuros, para contrarrestar sin duda los cuentos de apariciones de duendes y fantasmas con los que “Panchita” —nuestra querida trabajadora del hogar— me aterrorizaba, en sus vanos intentos de mantenerme quieto.

Cuando con la collera de Breña jugábamos a policías y ladrones, me desplazaba en la oscuridad como si estuviera a plena luz, ganándome el honorífico título de “Bandido Perfecto”, porque nunca, jamás de los jamases, acepté pertenecer al equipo de los “buenos”.

Armel fue sacado de su lujurioso éxtasis por los pesados pasos de Natalio que golpeaban el piso. Al levantar la cara ya lo tenía frente a él con la cabeza erguida, sin mostrar signo alguno de arrepentimiento.

—En el nombre del Padre, del Hijo y...

—No vengo a confesarme —le interrumpió— me llamo Natalio..., y soy un hombre desesperado.

—Bienaventurados los que sufren Natalio porque...

—Hace una hora pretendí poner fin a mis días padre, mi mujer murió y necesito dinero para mis pequeños hijos.

Conociendo su temperamento prepotente e irascible, me levanté lo más sigilosamente posible y avancé unos pasos:

—¡Ice c’est pas la benefaisance!” —bramó Armel exaltado, fuera de sí. ¡Esta es una casa de oración!

Se escucharon mis pasos decididos. La alcancía que contenía las limosnas del día se desprendió con gran estrépito, que en el sepulcral silencio de la iglesia, pareció ensordecedor.

Armel volteó sobresaltado para ver como entregaba la caja a Natalio, que estupefacto no atinaba a nada.

—Ten —le dije, y volteando hacia el de la sotana agregue— debes saber que los bienes no son de quien los tiene, sino de quien los necesita.

Sólo cuando añadí al dinero robado unos billetes —que saqué de mi bolsillo— él desapareció más rápido que violento.

A pesar de la penumbra y lo veloz de la acción Armel me reconoció perfectamente. Hubiera querido abofetearme pero debió sentir temor. El pensaba que yo era capaz de todo, desde que afirmé tan solo por joder que María Magdalena era la amante de Jesús y no contento con ello, saqué a relucir unos Evangelios Gnósticos que me había chorifateado —que había tomado como robo de uso de la biblioteca de mi padre— para retarlo a profundizar el tema, lo que me costó agarrarme a golpes, con dos o tres fanáticos religiosos, sin mayores consecuencias, al menos para mi persona.

Según mi padre lo que había hecho no era otra cosa que una terrible provocación.

—Antes de hablar fíjate quienes te rodean, quienes están en tu entorno —sentenció.

—Igual, misma cosa —le repliqué un tanto pretencioso. ¡Me los soné bacán!

Si no fuera por la influencia de su familia y los vínculos de su señora madre con el Arzobispado —debió pensar Armel— hace mucho que lo hubiéramos expulsado del colegio.

—Quiero confesar robo sacrílego. Dije antes de arrodillarme en el reclinatorio frente al cura. “Ego té absolvo pecatis tuis” me contestó sin muchos ánimos.

Había utilizado el secreto confesional para evitar sus represalias y él pudo notar en mi mirada una expresión de triunfo. En lugar de una cansada y aburrida penitencia me lanzó una horripilante amonestación: “En mala hora clausuraron el Tribunal del Santo Oficio y la siempre bendita y venerada Inquisición” —me dijo Armel con furia contenida y seguramente imaginó ver como me consumía entre las llamas, mientras él en el atrio de una iglesia medieval, cruz en mano, dirigía el ajusticiamiento. Una sonrisa de satisfacción se reflejó en su rostro.

Mi afición a los combates callejeros se remontaba a mis primeros años de estudiante, cuando asistía a la escuela de Recuay, esa de la vuelta de la casa.

Era cuando los cincuenta no terminaban de irse con sus Chevrolet aletas de tiburón y hacía poco de la llegada de la televisión al Perú; frente a la cual me pasaba horas enteras para contemplar violentos combates entre “limpios” y “sucios”, “malos” y “buenos”, “pelucones” y “enmascarados”, que se contorsionaban y salían volando por los aires.

Con mis cortos años y algo de una naciente imaginación comencé a practicar cachascán —nombre peruano que se le dio a la lucha libre— con un saldo de contusiones: contra suelazos, camisas desgarradas, pies torcidos y ojos en compota.

Como siempre, mi padre era el único que me apoyaba en este mi nuevo y violento deporte infundiéndome ánimos.

—Que aprenda a hacerse hombre. Le decía a mamá poniendo fin a sus quejas y lamentos.

Siempre recordaré con aprecio estos años de primaria, los que se volvieron un tema recurrente en mis conversaciones, y hasta repasar esos pequeños sinsabores infantiles me llenaban de gozo, como cuando mi padre ofrecía doblarme la propina dominical “si le sacaba la mierda a ese gordito que vivía a la vuelta de la casa” que me llevaba algunos años.

Siempre he pensado que cuando mi padre detenía sus pasos en cualquier cantina, llegaba a la casa transfigurado, exhalando humanidad. Yo tendría unos ocho o nueve años, cuando lo vi llegar con un paquete bajo el brazo.

—Toma campeón. Me dijo y me arrojó a la cara una máscara del Santo.

La máscara del famosísimo luchador mexicano había roto las fronteras aztecas, para proyectar su mágica presencia hacia América del Sur.

Armado con mi nueva indumentaria organizaba peleas cuidándome en buscar rivales fáciles, con los cuales mi fama de luchador creció como la espuma, hasta que “Kin Kong”, la bestia de la clase me retó públicamente y a mí no me quedó más remedio que aceptar.

—No es posible que yo, el invencible Enmascarado de Plata —afirmé pretencioso— rehuya combate con un inexperto estudiante de primaria.

Lo cierto fue que el mastodonte ese me puso una paliza de padre y señor mío que me fue muy difícil de olvidar.

—Él fue el causante —afirmé algo melancólico— que mi máscara fuera a parar al rincón de los más ingratos recuerdos junto con la fotografía de Luisita, la chica guapachosa de la esquina de Venezuela con Huaraz, de la cual creí estar enamorado.

Ilustración por Felipe Guamán Poma de Ayala

Ilustración por Felipe Guamán Poma de Ayala



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