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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 147 - Narrativa del Perú, La Asamblea de los Fantasmas: Hugo Van Oordt
Publicación de febrero, 2009.
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Lucifugo Rofocal

  Cuento por Hugo van Oordt Huldisch   (version pdf)

Al recibir su llamada no pude determinar a ciencia cierta que era lo que Manuel tramaba. Mi primo era capaz de cualquier cosa; desde gritarle a un renombrado poeta que tenía cara común, para agregar inmediatamente “comunculo”, hasta profanar la tumba de su compadre Pedro en el Cementerio Presbítero Maestro, argumentando que el difunto sufría claustrofobia.

Cuando hablamos por teléfono me dijo con cierta agitación que buscara al más, pero al másmás estúpido del barrio. Me recomendó también tener cuidado al elegirlo ya que era básico que no lo conociera y que íbamos a conversar con Lucifugo Rofocal.

Mi madre se sintió intrigada cuando le informé que Manuel me invitaba a pasar con él unos días en San Bartolo.

—¿Qué diablos estará pensando hacer esta vez? Me preguntó un tanto alarmada.
Pensé que buscar un tonto de las características requeridas no era una tarea sencilla. Patas medianamente babosos los puedes encontrar a la vuelta de la esquina, pero el másmás estúpido, ¿quién sabe?

El primero que se me vino a la memoria fue el Flaco César, pero me negué a que fuera el másmás, solo por el hecho de tener como norma de conducta obedecer sin chistar las órdenes de su padre, el Coronel. ¡Era terriblemente injusto conferirle tan denigrante pergamino!

Como Manuel no me había hecho advertencia alguna de guardar secreto o cosa por el estilo, no me quedó más remedio de confiarle mis dudas a Miguel “Pichula” Loayza, apodado así por haber ganado un campeonato masturbatorio organizado por el “Chino Antonio”, emigrante cantonés y dueño de la pulpería de la esquina, que poco a poco se fue convirtiendo en el corruptor oficial del barrio.

Además de depravar a los muchachos, Antonio fue el introductor del “Rompe Calzón”, una afrodisíaca corteza selvática que macerada en alcohol, podía lograr memorables erecciones.

—Mira pichulita —le dije no bien lo vi aproximarse con su caminar quimboso— por encargo de
Manuel estoy buscando al más recontra archi mega super ultra plus baboso que te puedas imaginar. ¿Me echas una mano?

—Pichulita las güevas —reaccionó molesto, mientras aprisionaba con una mano sus genitales. ¡Pichulaza! ¡Pingaza! ¡Trolaza! O como chucha quieras llamarla.

—No discutamos por pequeñeces —le dije para restar importancia a su fálica pretensión— y ayúdame a ubicar a ese güevonazo.

—Para lorna, pero lorna lornaza —me respondió con suficiencia— no podrás encontrar otro mejor que el gilazo de Benito.

—Es verdad —reconocí. ¿Cómo no había pensado en ese imbécil?
“Pichula” Loayza había llegado a una sabia conclusión. Benito Rodríguez se había hecho famoso entre nosotros porque le daba igual leer a Corín Tellado que a Edgar Alan Poe y porque tuvo el desparpajo de opinar en favor de las monarquías, aquella tarde cuando discutíamos sobre sistemas políticos. La mentada de madre que se escucho a tres cuadras de distancia fue el justo premio a su desfachatez.

El pobre muchacho era víctima de una extremada timidez, y hasta su vestimenta muy poco renovada, le daba un aspecto de permanente aletargamiento. El único deporte que practicaba —si este podía ser considerado como tal— era pasearse en bicicleta.

Lo busqué toda la tarde para sorprenderlo en momentos que salía de su casa. El cuello de la camisa abierta me dejaba entrever una piel excesivamente blanca.

Me costó trabajo convencerlo de que las playas eran más hermosas en invierno, sin vendedores de globos para niños vacuos, sin la presencia de señoras que embrujadas por la magia del bikini esparcieran sus celulíticas carnes en la arena.

Al fin aceptó con la condición de que hablara primero con su madre, a la que aparentemente temía.

Recurrí a mis más efectivos argumentos para vencer la sobre protección de una mujer que por razones del destino había quedado viuda y se aferraba a su hijo con desesperación.

Sentí remordimientos de utilizar a este muchacho, a este manojo de traumas, para algo que si bien desconocía, lo podía imaginar horripilante.

Al llegar a San Bartolo decidí dejar a Benito esperándome en un parque cercano, con el pretexto de ubicar primero a mi primo.

—Lo único que lamento —me habló con franqueza— es no haber traído mi bicicleta.

Cuando entré a la carrera, Manuel se dedicaba a aprender una invocación.

—Con estas blasfemias —me dijo— hubiera vuelto loco al cura Armel. Mientras leía y releía formulas y ritos para poder comunicarse con el Diablo.

Al verlo así tan ensimismado como alejado de la realidad, pensé que tenía los chicotes cruzados, estaba medio loco o presa de contradicciones insalvables.

—¿Quién es —le pregunté zaherido— el tal Lucifugo Rockefeller?

—¡Rockefeller tu abuelito güevón! Me contestó molesto. ¡Lucifugo Rofocal es el Primer Ministro de Satán!

—¡Qñoñoy! Le dije burlón para levantar el brazo y juntar mis dedos índice y pulgar en un círculo perfecto. Disculpa primito, yo no sabía que en el infierno existiera burocracia.

Me miró fijamente y con la sonrisa reflejada en sus labios soltó una de sus acostumbradas barrabasadas: “El que si lo entendería fácilmente sería tu padre, no ves que se pasó toda su vida, hasta que murió, rascándose los huevos, allá en el Ministerio de Salud”

Como si esperara una violenta reacción de mi parte, Manuel retrocedió un paso y puso ambas manos al frente, mostrándome las palmas, mientras yo le gritaba emputadísimo: “Oye carajo, con la familia no te metas”

Para que entendiera y me pusiera en fa, me comentó que los grandes maestros templarios adoraban a Baphomet.

—El Diablo ha existido y existe —me dijo— y aunque no lo creas pueden darse todavía asambleas presididas por él.

Hojeamos el Supremo Libro de la Magia, que al parecer Santos Albarrán había dejado olvidado expresamente antes de marcharse, sin siquiera despedirse, para continuar explicándome una simbología extraña: “La antorcha de la inteligencia que brilla entre sus cuernos, es la luz mágica del equilibrio universal. Es también la figura del alma elevada por encima de la materia, el vientre cubierto de escamas es el agua y el círculo la atmósfera”.

—El terrible Baphomet —concluyó cerrando el libro y dándome una amigable palmada en el hombro— no es ya un ídolo monstruoso, sino un jeroglífico inocente.

Al percatarse que no había llegado acompañado, miro hacia ambos lados, levantó los brazos hacia el techo, para luego respingar:

—¡Craso error, pifia garrafal! —gritó. ¿No me trajiste al estúpido que te pedí?

—¿Por qué serás tan huevo duro primito —le pregunté molesto— o querías que ese güevas tristes fuera testigo de esta abominable charla?

Escuchó mis preocupaciones sobre el lugar donde llevaríamos a cabo la invocación, que según el Supremo Libro de la M... debía realizarse en un cruce de caminos o en la punta de un cerro.

—¿Cerros? Me extrañé. ¿Dónde mierda vas a encontrar cerros güevonazo?

—Si me sigues fregando —me amenazó asumiendo las poses de un satánico enviado— te voy a aventar a mi compadrito Lucifugo.

Al salir de la casa nos dividimos el trabajo. Mientras que yo debía terapear al gilazo de Benito, Manuel buscaría el mejor lugar para hacer la invocación, la misma que de acuerdo al ritual debería llevarse a cabo impajaritablemente a las doce en punto de la noche.

Desde la puerta de la casa observé como Manuel con su caminar pausado contemplaba los mínimos detalles. Se detuvo unos instantes para estrechar la mano de Elíseo, el dueño del viejo restaurante y no inicié el retorno hasta la plaza donde había dejado a Benito, hasta no verlo desaparecer por el final de la avenida.

Nuevamente en casa —ahora ya acompañado con Benito— aprovechamos la ausencia de Manuel para acomodar nuestras escasas pertenencias.

Percibí sin inmutarme como el másmás miraba boquiabierto el crucifijo de cabeza en el cuarto de mi tía, y cuando me preguntó por esa extravagancia, le dije que mi primo tenía ideas raras.

El libro satánico estaba a unos pocos pasos, esperando su curiosidad, sobre la mesa de centro de la sala: “¿Qué es esto?” Preguntó alarmado. Desde la portada, una ilustración a todo color con la imagen del Macho Cabrío, de ojos saltones y sonrisa fiera, parecía quererlo devorar.

—Ya te he dicho —insistí— que Manuel tiene ideas raras.

—Cuando me lo dijiste —balbució— pensé que él era comunista. ¿Pero esto?

Traté de explicarle de la mejor manera posible que la magia no surgió como un error del pensamiento humano, sino que efectivamente se dan fenómenos mágicos. De nada valió mi esfuerzo.

Hojeó el Libro de la Magia deteniéndose a mirar las ilustraciones demoníacas y un manifiesto temblor en sus extremidades superiores me alarmó, obligándome a calmarlo:

—¿Qué té pasa carajo? Le grité sacudiéndolo por los hombros. ¡Me corto el güevo izquierdo si mi primo es capaz de hacerle daño a alguien!

Después de recorrer playas desiertas y arenales, un tanto cansado Manuel se sentó sobre una piedra.

La decisión estaba echada. Para playa desierta no había otra mejor que Curayacu, mudo testigo de la frustrada extravagancia de Anita Fernandini de Naranjo, ex alcaldesa limeña, que quiso convertirla en su exclusivo lugar de veraneo. Ahora abandonada, sólo albergaba durante los meses de verano a trémulos amantes en busca de intimidad. El único problema para ingresar, era pasar sin ser vistos desde la garita de control.

Ya de regreso en casa Manuel se comportó como todo un verdadero iniciado, repitiendo pacientemente los conceptos de magia aprendidos del cura apóstata.

—Si alguien afirma —nos dijo— que la personalidad de este o aquel individuo ejerce encanto y fascina a todo el mundo, ¿sabemos lo qué quiere decir? ¡Semejante aserto es algo que pertenece al dominio de la magia!

Al escucharlo Benito se calmó y participó en la conversación hablando cojudez y media, como eso de que las santas almas benditas del purgatorio —en quien su mamá creía— devolvían con tan sólo una oración, los objetos extraviados.

—Duerme un poco —le dijo a Benito— que a las doce de la noche tendremos una fiesta.

No sabía si creerlo o no. Manuel sé vacilaba pasando de lo natural a lo sobrenatural con suma facilidad. Me hablaba del Diablo o de cualquier otro miembro de su corte con la naturalidad propia de quien los conociera, mientras yo insistía en desanimarlo:

—¡Ya, desagüevate Manuel! ¿De dónde chucha vamos a sacar manteca de niño, acónito hervido en hojas de álamo, médula de caña verde y unir todo esto con sangre de vampiro?

—No te preocupes —me respondió sonriente— este ritual es viejo, seguramente escrito en la Edad Media, pero estoy recontraseguro que el Diablo se debe de haber modernizado. El cornudo con patas de cabra vendrá ¡Ya lo verás!

Hablaba con tal firmeza y convicción que el sólo echo de escucharlo me producía escalofríos. Comprendí que en el fondo el juego consistía en repetir textualmente la invocación y esperar.

En caso de que el primer intento no diera resultado, sería necesario comenzar de nuevo con aquella interminable cadena de maldiciones y blasfemias, hasta convencerlo por cansancio. En caso que no se presentara culparíamos a Benito y le anunciaríamos que sería eternamente perseguido por el Diablo. Un juego aterrador con una sola víctima, en el cual yo me había convertido en cómplice.

Con una botella de pisco Demonio de los Andes, —que le habían puesto el apelativo de Andrés Avelino Cáceres, general peruano que organizó una resistencia guerrillera en nuestra más altas montañas, cuando la invasión chilena— el mejorcito, según él, Manuel abandonó la casa rumbo al Náutico, caminando por un sendero de tierra. Al verlo alejarse recordé que el Club de Pesca y Deportes Acuáticos no era ajeno a sus maldades. El verano pasado provocó un corto circuito para arruinar la tan esperada fiesta de carnavales y en otra oportunidad haciéndose el disimulado, dejó caer en el vestidor de señoritas varias arañas de arenal de aspecto horripilante —aunque realmente inofensivas, dando paso a un memorable desbande de muchachas desnudas.

—¡Joven Manuel! Se sorprendió el celador al verle. ¡Que milagrazo!

—El invierno es bueno don Jacinto —le respondió— y tiene sus encantos. ¿Qué novedades hay en estas playas?

—Lo mismo de siempre Manuelito, revisar los motores en el varadero y hacerlos funcionar para que no se sulfaten. La sal es capaz de corroer hasta las piedras. Hay que pintar las lanchas y calafatearlas. Las noches si son aburridísimas, si usted viera como me recomiendan que no deje pasar ningún intruso, ni que hubiera aquí algo que robarse, pero hay que cumplir con el trabajo. ¿Cuándo se da una vueltecita para prepararnos un cebichazo?

Manuel palpó la botella de aguardiente de uva que llevaba celosamente oculta bajo su casaca y moviendo los brazos como si hiciera un pase mágico, la colocó con rudeza sobre el tablero de la mesa.

—¡Cebiche sin resaca mi querido Jacinto, no es cebiche! Dijo Manuel procediendo a descorcharla. ¡Salud don Jacinto!

—¡Salud, salucito joven Manuel!
Después de conversar de la pesca, de un intento de Jacinto por buscar nuevos rumbos y de haberse aventado unos cuantos guaracazos, Manuel se despidió.

—Aquí le dejo el saldito para que le ayude a soportar el frío de la noche.
Jacinto lo vio alejarse por la pendiente de tierra, se sirvió una buena ración de pisco y brindó para sus adentros.

—Que Dios lo conserve siempre igual, así de sincerote y buena gente. Usted no se imagina como lo estimamos. Que mierda puede importar que sus amigos lo critiquen por juntarse con cholos y con zambos.

Cuando Manuel regresó notó nuestra impaciencia. Se había demorado tanto que llegue a pensar que se la estaba pegando con su pata el guardián.

—¡Puta madre! Mejor no hubieras venido —le reproche— ya faltan diez para las doce.

—Jacinto merece más atenciones de las que puedo darle. Me contestó. Ellos me tratan bacán cuando asisto a sus jaranas de rompe y raja en el barrio de pescadores... ¿entiendes... mayas?

Después de dejarse caer pesadamente sobre un sillón, sin importarle que hiciéramos esperar al Diablo, continuó con su insoportable perorata.

—Estas playas les pertenecen —me dijo— nosotros somos los usurpadores.

—Ya déjate de filosofías baratas y demás yerbas y vamos de una vez que el baboso se nos va a jatear y va a ser de la patada levantarlo.

Una corriente de viento helado nos llegó hasta los huesos cuando cruzábamos el túnel que nos comunicaba con la playa. Habíamos pasado sigilosamente junto a la caseta donde el buen Jacinto bastante mareado dormía a pierna suelta su borrachera, mientras la luz de la luna proyectaba sombras fantasmales. Los ronquidos del celador le ponían a nuestra aventura un toque de película de espantos.

Estábamos a punto de invocar una síntesis de monstruosidades: al Arimán de los persas, al Tifón de los egipcios, a la antigua Serpiente de los hebreos; a la Víbora, a la Tarasca, al Mascarón; a la Bestia de la Edad Media, al Ídolo Barbudo de los alquimistas, al dios obsceno de Mendes. ¡Estábamos listos para invocar al Diablo!

Manuel se paró sobre una de las rocas y miró con arrogancia el infinito estrellado.

A nuestros pies aguas encrespadas se estrellaban con violencia contra los peñascos, y las arañas de mar corrían inquietas ante la presencia de extraños que turbaban la calma. Una de ellas salió tras unas piedras y nos miró estática como si adivinara nuestras ocultas intenciones. El paisaje parecía haber sido extraído de un cuadro del Averno.

De pronto Manuel se irguió más, levantó sus brazos hacia el cielo y gritó con todas las fuerzas de sus pulmones:

—¡Lucifugo Rofocal, Primer Ministro de Satán, yo te conjuro!

El pobre de Benito en su desconcierto, sólo atinó a santiguarse varias veces.

—¡A Lucifugo se le chorrea el helado! Grite fuerte para restarle solemnidad al conjuro y de paso tratar de que Benito se tranquilizara, logrando esquivar con las justas una piedra que Manuel me aventó enfurecido, para luego seguir retando a lo desconocido.

—Yo tu fiel servidor —continuó bajando la voz y cayendo inmediatamente de rodillas— maldigo la hora en que el agua del bautismo cayó sobre mi cabeza, Señor de las Tinieblas.

El mar pareció embravecerse. Una gran ola hizo un ruido ensordecedor al reventar muy cerca de nosotros. La brisa húmeda de la noche acuchillaba sin clemencia nuestros rostros, mientras que Manuel nuevamente de pie y con el puño en alto como si encabezara un mitin frente a la Embajada Yanqui, persistía en retar a Satanás.

—Yo te invoco a ti Señor de las Tinieblas —volvió a gritar más fuerte aún— te pido humildemente que permitas que tu Primer Ministro Lucifugo Rofocal comparezca ante nosotros.

La actuación de Manuel era digna de mejores escenarios.

Todo quedó en silencio unos instantes que se hicieron eternos, hasta que Manuel reincidió en su estúpida plegaria: “Emperador Lucifer dueño y señor de todos los espíritus rebeldes, te ruego que me seas favorable en la apelación que hago a tu Primer Ministro Lucifugo Rofocal, pues deseo hacer pacto con él”.

Manuel escaló un peñasco situándose en un plano superior. Sin proponérselo, habíamos formado un triángulo.

—¡Oh Príncipe Belcebuth —continuó— Te ruego me protejas en mi empresa! ¡Oh Conde Astaroth se propicio y haz que esta noche el Gran Lucifugo se presente bajo forma humana sin despedir ningún pestífero olor!

—A ti te apestan las patas más que a Lucifugo desgraciado. Le grité y procedí a ocultarme tras una roca en previsión de una nueva pedrada.

—¡Oh Gran Lucifugo yo te ruego que dejes tu morada donde quiera que te halles para venir a hablarme, de lo contrario te obligaré por la fuerza de los ángeles de luz Adonay, Eliám y Jehovám, para que me obedezcas!

—¡Te has pasado al equipo de los buenos con zapatos y todo! Volví a gritar, cuando una voz que se asemejaba a un gruñido me dejó paralizado: “¡Aquí estoy estúpido mortal! Golpeó contra las rocas produciendo un mediano eco que nos dejó congelados de terror.

En medio del espanto sólo atine a encogerme sobre mí mismo esperando el final, mientras que Benito quedó petrificado cual si fuera una estatua de sal.

—¡Vas a ver recontra chucha de tú madre! Escuché gritar a Manuel y pensé que se había vuelto loco.

No me atreví a voltear por temor a que estuviera lloviendo fuego a mi espalda. Sólo cuando mi primo me sacudió violentamente volví a la normalidad.

—Estuve tentado de aventarme al mar —me contó Manuel— cuando me di cuenta que quien había hablado era el hijo de Jacinto. Estaba tras un peñasco con sus manos haciendo corneta y tú creías que se la mentaba al Diablo.

Al parecer al hijo del guardián se le fue la lengua, porque al día siguiente los rumores llegaron hasta el puesto de la Guardia Civil, que comisionó al sargento Arequipo Panduro para que nos vigilara. Desde la pequeña ventana del baño de la casa, lo podíamos observar en su caminar inquieto, mientras yo arrastraba cadenas y Manuel aullaba como si fuera verdaderamente la reencarnación de un hombre lobo.

Cuando Panduro, armándose de valor pistola en mano, intentó echar la puerta abajo, abandonamos San Bartolo dejando la leyenda que la casa de don Carlos estaba custodiada por fantasmas.

—El mejor seguro contra robos. Argumentó Manuel al contarle a su padre lo ocurrido.
Quien quedó realmente afectado fue Benito a pesar de haberle dicho toda la verdad. Meses más tarde me enteré que no bien llegó a Lima, cubrió todas las paredes de su dormitorio con cientos de estampitas de los más rebuscados santos, crucifijos y cosas parecidas

—Sólo faltó —opinó Manuel desternillándose de risa— que se colgara aquí al cuello, un tremendo collar de flor de ajo.

Ilustración por Felipe Guamán Poma de Ayala

Ilustración por Felipe Guamán Poma de Ayala



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