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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 147 - Narrativa del Perú, La Asamblea de los Fantasmas: Hugo Van Oordt
Publicación de febrero, 2009.
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Puertas del Corral

  Cuento por Hugo van Oordt Huldisch   (version pdf)

Después de nuestra frustrada invocación diabólica y sin pensarlo demasiado, decidí internarme en la sierra piurana en busca de las lagunas mágicas de Las Huaringas y sus legendarias tribus de hechiceros.

Respecto a ellos circulaban versiones por demás extravagantes. Decían las malas lenguas que a su paso por los poblados cercanos raptaban infantes con los que organizaban rituales demoníacos. Festines donde se comen a los fetos hervidos sin sal con serpientes y sapos. Orgías desenfrenadas en la que los íncubos reparten raciones de sangre humana y suelen danzar con animales monstruosos.

Sólo la interpretación que me proporcionara Valentino, mi pata piurano inventor de mandíbulas trituradoras de piedras y molinos caseros que vendía a precio güevo a los campesinos pobres, el mismo que combinaba sus habituales lecturas estalinistas con fantásticas historias de brujos, me pareció hasta cierto punto coherente.

—Todo es una farsa —me dijo— aunque hay cosas difíciles de explicar, todo se circunscribe a utilizar en forma más o menos ordenada las supersticiones y agregarle el “Sanpedrito” un cactus que te puede hacer alucinar mil güevadas con tal realismo, que jurarías hasta por tu propia madre que todos esos sueños son la más pura realidad. Los brujos se pelean la clientela y se la disputan cuchillo en mano. ¡Imagínate!

No quiso decirme concretamente como poder llegar. Al parecer consideró que era necesario que me costara algún trabajo. Me habló de un cerro conocido como “La Cabeza del Indio” y escribió una nota a un tal Puertas del Corral en un pueblo llamado Tambo Grande, advirtiéndome que no le confiara mi destino, pues él era uno de los más grandes guardadores de secretos.

—¡Guaa! Si el desgraciau no se sincera contigo —me advirtió— ni vaya a pasar por tu cabezota preguntarle.

Como le insistí me proporcionara más datos se molestó:

—Muchacho e’mierda —me dijo— sólo llegaras si sigues el canto del chilalo.

En un destartalado autobús que por su apariencia tenía ya más de veinte años de continuo traqueteo, viajé rodeado de chanchos, gallinas y otras aves de corral. Era muy prolongada la cuesta que conducía a las serranías de Ayabaca.

Durante las primeras horas de viaje, cuando avanzábamos por la panamericana norte, pude observar por la ventanilla los interminables desiertos de la costa peruana, salpicados con pinceladas verdes —cuales verdaderos oasis— al paso de los ríos que bajan caudalosos de la Cordillera de los Andes. Cuando pasé por Trujillo y vi las plantaciones de caña donde mi patada Samuel se levantara en armas en mil novecientos treinta y dos, saqué mi mulita de Pisco y me aventé un buen guaracazo: “A tú salud Samuelito —brindé para mis adentros— a tu salud y al recuerdo de los compañeros caídos”. Una señora regordeta que viajaba con una guagua en brazos, me miró con ostensible desaprobación.

—Allá tendrá que convivir con gente de otra índole —exclamó sinceramente alarmada la tía Beatriz, cuando se enteró por boca de mi padre de mi apresurada partida— coexistir con serranos, esos indios salvajes y arteros, que no bien les dé la espalda le van a clavar la puñalada.

Al llegar a Tambo Grande comprendí lo que alguna vez me habían comentado. Los barrios pobres de Lima no podían comparase en infortunio con estos villorrios miserables.

Por las puertas entreabiertas con sus caritas curiosas, unos niños de vientres hinchados y plomizos por la suciedad me miraban boquiabiertos. Tambo Grande estaba reducido a unas cuantas chozas que contrastaban con la estructura colonial de la Casa Hacienda y sus anchos muros de adobe.

Recorrí el poblado y sentí la extraña tentación de ingresar a la iglesia. No lo hice por temor a la venganza de mi compadrito Lucifugo y por el aspecto repugnante del señor cura que se paseaba muy orondo por la puerta de su feudo.

Al observarlo pude apreciar que se trataba de un típico cura de aldea, más que seguro compinche del terrateniente, goloso ante la mesa a la que le permitían sentarse y eterno pedigüeño de dádivas para cultos parroquiales, que las señoronas debían arrojarle llenas de desprecio.

Considerando todo esto decidí buscar a Puertas del Corral, enterándome que además de alcalde era cantinero: “Magnifica combinación”, pensé antes de disponerme a entrar a la taberna.
Puertas del Corral, hombre de mediana estatura y de cabello entrecano, vestido con un delantal que alguna vez fue blanco, reía a mandíbula batiente, junto a unos clientes, probablemente a causa de algún cuento pueblerino. Al verme entrar, también algo extrañado fue a mi encuentro.

—Estimado señor —cumplimenté sonriente al entregarle la nota de Valentino— lo primero que hago al pisar esta santa tierra es ponerme a su servicio.

—¿Se puede saber tocayo, por qué tu también te llamas Manuel verdad, —me preguntó después de estrechar la mano que le extendía— qué diablos hace en estos parajes tan olvidados de Dios?

Le vi leer —ahora con mayor detenimiento— la nota que acababa de entregarle y recordé de inmediato la advertencia de mi pata el inventor, no quedándome más remedio que mentir.

—Soy ingeniero —le dije sin pensarlo demasiado, corrigiendo inmediatamente mi afirmación al notar una marcada incredulidad en la mirada de Manuel Gumersindo. Nadie, absolutamente nadie por más genio que se considere, sería ingeniero a los diez y siete años.

—Bueno —me corregí apresurado— estoy estudiando ingeniería.

Al parecer mi tocayo entendió literalmente eso de ponerme a su servicio, porque después de instalarnos en una mesa me hizo una lista interminable de las más urgentes necesidades.

—El agua es insuficiente, la planta eléctrica funciona cuando se le da la gana, la sequía nos ha dejado al borde de la miseria. Para acabar de ganarme su confianza me animé a pedir una cerveza.

—¿Cerveza? Se extrañó Puertas del Corral. ¡Aquí sólo tomamos chicha, carajo y de la fuerte!

La antigüedad de esta bebida se pierde en el fondo de los siglos y es el tiempo de entierro lo que determina su mayor o menor fermentación. Cuentan los Cronistas Españoles que el pueblo inca chupaba varias semanas sin parar, cuando celebraban algún acontecimiento religioso.
“Pueblo que no sabe beber no pude hacer historia” había opinado durante una reseña incaica, motivando que un cura alto y colorado a quien apodábamos “Caramelo” por espeso y pegajoso, me suspendiera por crear hilaridad y decir estupideces.

Al recordarlo sonreí mientras acariciaba mi vaso de clarito, al que Manuel Gumersindo llamó “bálsamo de corazón”.

Después de un par de potos, que digo potos, potazos —que en este caso no son sentaderas, traseros, nalgas o simplemente culos, sino una raíz ahuecada de variadas formas, donde se sirve la chicha para que se conserve naturalmente fresca— ya parecía que nos conociéramos de un buen tiempo atrás.

Del “yo te estimo”, pasamos a conversar con un poco más de confianza. Sobretodo después que me interrogó sobre mi relación con Valentino y mis preocupaciones sociales.

—El hijo de puta del hacendado —me dijo— sólo le interesan las campesinas jóvenes y el conchasumadre del cura, pedir limosna y hacerse el de la vista gorda.

Era un tanto insólito el caso de este simpático alcalde cantinero que a diferencia de otros, no se sometía al mandato de los poderosos y organizaba al pueblo en jornadas colectivas de ornato y obras públicas. “Acepté el cargo —me dijo— a solicitud de los peones de la hacienda.”

La popularidad de Manuel Gumersindo había trascendido los límites del poblado y varios partidos políticos lo disputaban ofreciéndole candidaturas y tentadores regalos.

—¡Los cojudos fueron catorce tocayito, y los muertos veinticinco. ¡No ha quedado ninguno! A mí no me van a venir con güevadas. Yo los conozco como si los hubiera parido. Primero te enamoran y luego te utilizan. Yo soy un ignorante pero no tengo un pelo de cojudo. He trabajado en este local más de veinte años. El alcohol turba la mente pero ayuda a soportar las penas. Cuando no hay se paga después. ¿Comprendes Manuel?

Buscador experimentado de tesoros y entierros incas, Puertas del Corral era un apasionado recopilador de historias de personajes de leyenda, de bandoleros a quienes él con el mayor respeto denominaba “Hombres de Caminos”.

—No sé si exista o no el destino o la fatalidad en los hombres y en los pueblos —meditó en voz alta— pero los más famosos bandoleros piuranos tenían en común una fatalidad que los empujaba por la senda del delito.

Provenientes de diferentes capas sociales, no se podía decir que todos delinquieran por necesidad, ni que el producto de sus actos de rapiña fuera a engrosar fortunas personales.

También era común el hecho de que sus acciones las ejercían en contra de las propiedades de grandes terratenientes y sólo en algunas pocas ocasiones, afectaban a gente rica dedicada al comercio.

Puertas del Corral esperó pacientemente a que saliera el último parroquiano, para tomar una guitarra, hacer unos acordes y comenzar a entonar un acongojado canto en memoria del Justiciero Ramón Jiménez, bandolero piurano que terminara sus correrías colgado de un zapote de dos piernas por ordenes del despótico prefecto Rodolfo Lama Farfán de los Godos, después de haberlo mandado fusilar.

—Una verdadera suerte de luchadores anti-feudales —sentencié emocionado— robinhoots peruanos de poncho y caballo que repartían el botín entre los más necesitados. No se explica de otro modo que los recuerden, les escriban canciones y también los lloren. ¿Di tocayo?

Al ver que anochecía y mirar mi maleta, Manuel Gumersindo me dijo: “Este pueblo está igual que siempre, no hay hoteles ni casas de pensión, pero si no guardas ofensa, te puedes quedar unos días en mi casa”.

Mientras caminábamos por un estrecho camino rumbo a su vivienda, lo interrogué sobre el chilalo y su canto mágico sin mencionar para nada Las Huaringas.

—Es un pájaro —me explicó— de alas marrones y pecho blanco poco más grande que un canario que anida en casuarinas, eucaliptos, guayabos y naranjos para alimentarse de sus frutos.

Por su trino lo conocerás. Es el único animalito que muere de rabia, muchas veces baja hasta el mar para morir junto a las olas.

Luego me miró con sorna y me hizo una inesperada pregunta.

—¿Sabes de qué color tiene las patas el chilalo? Y yo francamente no supe que responder.

Estaba tan cansado cuando la vi que pensaba que se trataba de una maldita alucinación. Que estaba viendo visiones. Tenía los ojos tan negros como la noche más oscura y sus cabellos también negros eran largos y finos. Los llevaba atados a la nuca semejando una alta y erguida cola de caballo y tenía el perfil más hermoso del mundo.

—¿Quién será —pensé— esta diosa disfrazada de muchacha y de sonrisa?

—Marcia, mi hija. Me la presentó el Alcalde.

Era tal mi embeleso que escasamente atiné a estirar la mano. Ella me la estrechó con un apretón cálido y al mirarme sus ojos centellaron. Su cola le caía sobre el hombro izquierdo y al notarlo la echó hacia atrás con un enérgico movimiento de cabeza. Pude apreciar sus anchas caderas y sus piernas largas, perfectamente formadas.

Me asignaron la habitación de Enrique el primogénito.

—Está pasando una temporada en Piura. Me informó doña Julia, mujer de pocas palabras pero de actitud amable que me hizo recordar a mi madre y el hogar ausente.

Ella fue la única de cinco hermanos que aprendió a leer y escribir gracias al sacrificio de una maestra rural, que le enseñó además las reglas de urbanidad y el buen comportamiento.

—Es estudiante de ingeniería —había informado a su familia Puertas del Corral— y nos prestará ayuda. “¿Ayudar? Las huifas Pensé. Tengo que salir de aquí lo antes que pueda”.

Durante la chupeta con Manuel Gumersindo, me había comprometido a reparar el sistema de regadío, que por lo que me comentó el Alcalde estaba casi en ruinas. Definitivamente mis empíricos conocimientos de hidráulica no me ayudarían mucho.

El canto del chilalo me despertó, con los primeros rayos del Sol, ¡Chi, la, la, la lá! Cantó tres veces en un solo momento para enmudecer luego.

Recordando a Valentino. Al trino que me conduciría a las lagunas mágicas, me levanté de un salto y a medio vestir abandoné la casa a la carrera.

Cuando salí logré divisarlo en las ramas de una higuera y pensé que se trataba de un chilalo encantado, poseído de cualquier ánima, o hasta del propio Demonio.

Lo seguí lo más sigilosamente posible tratando de ocultarme hasta que llegué al río donde lo perdí de vista, sin haber podido hasta ese instante determinar de qué color eran sus patas.

Seguí avanzando agazapado mirando hacia la copa de los árboles sin encontrar su huella. Su trino cada vez más distante me anunciaba que se estaba alejando.

Cuando bajé la mirada la descubrí. Nos separaban unos diez metros. Ella lavaba ropa con dedicación. El agua había humedecido sus ropas insinuando un cuerpo fresco y vigoroso.

Algunas hebras de su cabello —ahora suelto cual oscura cascada— caían sobre su rostro y estaban salpicadas con espuma.

Soy un cojudazo. Mis intenciones eran hablarle de amor, decirle que su belleza era inigualable y que sus ojos dulces como la miel no sabían mentir, y salgo diciéndole que soy un aprendiz de brujo que busco Las Huaringas.

Cuando Marcia escuchó la palabra tabú palideció. Su sonrisa quedó congelada en un rictus y con el espanto reflejado en sus ojos retrocedió alarmada. Me gritó algo sobre un caballo sin cabeza que recorría el pueblo por las noches, mientras se alejaba a la carrera.

El padre Lucas había trabajado durante muchos años en la región. Había sido párroco de Ayabaca, Huancabamba y Chulucanas, de donde salió envuelto en un gran embrollo.

Conocer durante las festividades del Santo Patrono a Grimanezza —una agraciada meretriz— y enamorase de ella locamente, fue su perdición.

Para que escarmentara, y después de ser seriamente reprendido, fue trasladado a Tambo Grande donde rumiaba su frustración.

—¿Por qué tenías que involucrarte —le recriminó el Obispo— con una mujer de esa calaña?

Lucas Descalzzi se jactaba durante las conversaciones que tenía con el hacendado, de conocer la naturaleza de su feligresía y ponía a Dios como testigo, de lo difícil que era el ejercicio sacerdotal en un lugar donde la violencia y el crimen eran el pan de cada día.

En la estrecha y sucia sacristía Lucas se preparaba para el oficio dominical. Alborotados golpes a la puerta llamaron su atención. Al abrir se encontró con el semblante desencajado de Marcia.
—Padre Lucas —le dijo aterrada— los brujos nos invaden. Después de escuchar a la aterrorizada Marcia, Descalzzi planeó todo minuciosamente ya que se presentaba la oportunidad de quedar bien ante los ojos del Obispo.

—¿Qué puede importar —pensó— unas noches de desenfreno mundano, frente deber de combatir el mal, de luchar contra el Demonio?

Segunda Epístola del Apóstol San Pablo a los tesalonicenses, anunció Lucas desde el púlpito.

—Nos os dejéis mover fácilmente en vuestra forma de pensar —continúo— ni os conturbéis ni por palabra ni por espíritu, en el sentido que el reino de nuestro Señor está muy cerca.

En primera fila rodeada de viejas vestidas de negro, Marcia escuchaba el sermón. Se le veía inquieta como si presagiara algo terrible.

—Que nadie os engañe —continuó Lucas— porque él no vendrá sin que antes se manifieste la apostasía y venga el hombre del pecado, el hijo de la perdición.

La inquietud de Marcia se fue convirtiendo en un claro temor, conforme Lucas continuaba su sermón.

—Nuestro pueblo —dijo ahora levantando ostensiblemente la voz— ha sido elegido por el Señor. Ha llegado hasta nosotros un poder engañoso y maléfico. Una potestad que no es otra más que el dominio del mal.

Marcia comprendió la intención de estas palabras y sin perder tiempo recogió la canasta con ropa todavía húmeda para salir casi a la carrera. Cuando cruzaba el umbral la voz de Lucas tronó a su espalda.

—El Anticristo tiende sus redes para apartarnos del camino del Señor. ¡No crean en él! Ha llegado disfrazado de estudiante como un lobo rapaz con piel de oveja.

Aún antes de que concluyera la misa e influenciados por el sermón, el pueblo se armó de palos y garrotes, saliendo decididos a capturarme.

Si no fuera por el apresurado aviso de Marcia que arrepentida corrió a contarle todo a su padre y la providencial ayuda de Puertas del Corral, hubiera terminado mis días en manos de una turba enfurecida: “Al primer conchasumadre que dé un paso más —amenazó Manuel Gumersindo, empuñando el viejo rifle recuerdo de las correrías de su abuelo— sin asco le meto plomo”.

—Manuel —exigió uno de los amotinados— entréganos al brujo.

—Primero cálmense y luego hablamos. ¿Hasta cuándo le seguirán haciendo caso al cura?
Mientras que yo guiado por Marcia avanzaba con rápida cautela. Nos dirigíamos a la salida de aquel pavoroso poblado, encaminándome para cruzar la estepa piurana rumbo a Morropón.

Estábamos tomados de la mano.

—Perdóname Manuel, no sabía lo que hacía.

—El tonto fui yo Marcita. ¿De veras creíste que era un brujo?
Habíamos llegado al comienzo del desierto y la bese en la mejilla con infinita ternura.

—Trataré de volver Marcia tus ojos no saben mentir. Le dije como corolario de una despedida impostergable.

Ilustración por Felipe Guamán Poma de Ayala

Ilustración por Felipe Guamán Poma de Ayala



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