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Los Tesoros Culturales del Mundo Hispanohablante
Núm. 147 - Narrativa del Perú, La Asamblea de los Fantasmas: Hugo Van Oordt
Publicación de febrero, 2009.
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El Pensador

  Cuento por Hugo van Oordt Huldisch   (version pdf)

Morropón, comparado con la miserable aldehuela que acababa de abandonar, me pareció algo más acogedor, donde el toque rural iba perdiendo presencia para dar paso a algunas arterias pavimentadas y casas construidas con material más noble y duradero.

Sentí la misma alegría que debieron sentir los hombres primitivos al abandonar la etapa intermedia de la barbarie para llegar a la civilización, al descubrir un hotel y una cantina donde también vendían alimentos. El leer una lista de platos típicos de la zona, hizo que la boca se me hiciera agua.

“Las Tres Botellas” estaba ubicada en una de las esquinas colindantes con la plaza principal.
Hernán Bustamante esperaba pacientemente le sirvieran la cena, mientras hojeaba el periódico.
Todo había cambiado para él desde que dejó Piura y viajó a la capital para continuar sus estudios. Su familia dueña de una posición económica bastante holgada, lo enviaron a Lima seguros que después de unos años, regresaría a su natal Castilla, convertido en todo un profesional.

En la Universidad Nacional de Ingeniería compartía un cuarto con otro compañero en la vivienda estudiantil y pese a que participaba en el movimiento, nadie se hubiera arriesgado a decir que era un activista.

Cuando Hernán me vio ingresar, reparó en mis zapatos destruidos y mi vestimenta polvorienta y me hizo una seña con la mano.

—¿Para qué soy bueno? Le pregunté no bien estuve frente a él.

—Siéntate muchacho —me dijo— ¿has comido? ¡Tienes una cara de preso en huelga de hambre!

—Más bien —le dije— un monje solitario que cruzó todo el desierto tirando pativilca.

Una joven de tez morena con su clásica libreta en la mano se aproximó para ver que se me ofrecía.

—Un seco de chavelo con todos sus recuntecos, una salsita de rocoto y una serpiente bien al polo —solicité.

Escuché con atención como Hernán me narraba sobre el trabajo de trazar carreteras que el Instituto de Reforma Agraria le había encomendado.

—Es sencillo —dijo— sólo clavar una estaca numerada cada cincuenta metros en el eje de la futura carretera, replantear las curvas y medir con un eclímetro los desniveles del terreno.

—Un trabajo interesante. Le contesté halagador.

—Si quieres —me propuso— te puedo contratar de portamiras.

—Nancy que bertha, naca la pirinaca —le dije. Yo estoy buscando Las Huaringas.

Hernán abrió los ojos desmesuradamente y se rascó la cabeza. Incrédulo me señaló con el índice para opinar.

—¡Estás loco chiquillo! Yo conozco es estos territorios como si fueran las palmas de mi mano y te puedo jurar por mi madre que Las Huaringas son sólo una leyenda.

—Hay otros que piensan lo contrario. Le respondí molesto.

Trabajado con Hernán aprendí a dibujar secciones, clavar estacas y algunas tardes —sólo cuando el ingeniero estaba de buen genio— me permitía usar el teodolito, que yo por joder llamaba teodolote.

—¿Cómo es posible que me tirara dedo —pensaba al recordar recurrentemente a Marcia y el maldito cura?

Era un tanto raro que Marcia hubiera recurrido al cura. Ella no era muy practicante que digamos y debía estar influenciada por los comentarios de su padre, que no perdía oportunidad para decir que el cura era una mierda. Pero como decía Albarrán: “Son cosas del destino”.
Si bien era cierto que ella me salvó la vida, también pudo haber sido la causante de una muerte atroz.

Con otros miembros de la cuadrilla —la mayoría de ellos oriundos del lugar— hacíamos fogatas para en noches de luna conversar de ánimas en pena, tesoros enterrados y una que otra misteriosa aparición, todo producto de la fantasía popular.

Como arrastrada por las alas del viento me llegó una noche un grito que asemejaba un lamento: “Oye Peeedro... saca la escopereta... questa en el culo’el maaangooo pa’matar una viboooraaa...”, y nadie me pudo dar siquiera la minina referencia de donde provenía.

Dentro de los extraños personajes del poblado quien más me impresionó fue un viejo mutilado a quien llamé “El Pensador”, por su costumbre de dedicar muchas horas del día a la práctica de la soledad. Al verlo meditar, recordé a Albarrán y su mirada ausente.

Desde mi lugar de observación me percaté que cada cierto tiempo hacía movimientos extraños encogiéndose sobre sí mismo y cubriéndose con un grueso mantón de lana negra.

Cuando tenía escasamente unos quince años, Artemio Sánchez —tal era su verdadero nombre— manifestó perturbaciones emocionales, malestares orgánicos y largos periodos de insomnio.
Sus padres alarmados lo llevaron donde un medico que no pudo aminorar sus dolencias y menos aún curarlo en forma definitiva, ya que el mal en vez de disminuir se agravaba considerablemente.

A instancias de un pariente cercano decidieron llevarlo donde un haitiano que hacía algunos años asombraba con sus curaciones que los habitantes de Huancabamba catalogaban como milagrosas.

El haitiano observó con paciencia y minuciosidad por espacio de una semana todos los síntomas que presentaba Artemio, advirtiendo que tenía frente a sí un autentico caso de posesión.

—Un Orisha te ha elegido —le dijo— para hablar a través de ti. Tienes que aceptar su voluntad o de lo contrario terminaras loco.

Artemio Sánchez se encontró entre la espada y la pared. Prefirió su nuevo destino a la locura y aceptó someterse a los designios del Orisha que resultó no ser otro que Changó, dios yoruba que representaba la fuerza física, la virilidad y el fuego.

Tuvo que practicar abstinencia sexual, ayunos y purificación del cuerpo por medio de purgas y vomitivos, además de aprender a expresarse en lucumi, la lengua nativa de Changó.

Un año más tarde ya estaba capacitado para hacer descender al dios sobre su cabeza, predecir el futuro, curar enfermos, fabricar pócimas y descifrar las figuras que se forman en la sangre y en las viseras de gallinas y cuyes, que se sacrificaban para combatir el mal.

Conversé con él sintiendo cierto temor. Una cosa era un trashumante de la brujería como Albarrán, cuyo aspecto inclusive al inspirarte confianza, te permitía hasta intentar burlarse y otra era enfrentarse a un hechicero de aspecto aterrador, que llevaba el cuerpo cubierto por amuletos vudú: dientes de perro colgados del cuello y huesos de cabras atados a su cintura, a quien le faltaba el dedo meñique y parte de la palma de su mano derecha, que no tenía un puto pelo en la cabeza y que masticaba trozos de aquel cactus.

Sin embargo no sé por que extraño motivo, le caí bien, a pesar de no creerme ni una palabra del rollo que me interesaba más la medicina nativa que la occidental.

—¡Yo no soy quien habla, está hablando Sanpedrito —me dijo— cuya presencia brota como un río por mi boca. Todos los demás a excepción tuya, están muertos.

A través de un par de conversaciones más, pude establecer nítidas diferencias entre la diablería y santería, como instrumentos para producir el bien y el mal, la desgracia y la felicidad.

Hablamos de compuestos y de una amalgama de yerbas que él denominó datura, cuya composición era y sigue siendo un secreto para cualquier profano. Sin duda “El Pensador”, no estaba dispuesto a confiarle a nadie sus enigmas. Lo que sí logré es poder asistir a una de sus curaciones.

—Los martes y los viernes —me dijo— son los días más propicios.

Aguardé unos instantes antes de ser recibido por un muchacho moreno de cabellos hirsutos y de baja estatura que era el encargado de guiarme.

Él me condujo a través de un patio de tierra y controló con un movimiento de su mano la furia homicida de un perro negro de grandes dimensiones, que nos salió al encuentro botando espuma por la comisura del hocico.

Juntos terminamos de cruzar el patio y me franqueo el ingreso a una habitación amplia en la que iluminado por velas, había una especie de altar donde se mezclaban figuras infernales con estatuas de santos católicos.

—¿La esperada alianza —pensé— de la Iglesia con los Magos que soñaba Albarrán?

Desde el exterior llegaron nítidos los ladridos del perro como inequívoca señal de que alguien se aproximaba. De pronto, intempestivamente apareció “El Pensador” acompañado de un paciente que lo visitaba. Artemio anunció que le haría un registro.

Con las manos cruzadas sobre el pecho y arrodillado frente a las imágenes, tuve que acompañarlos y repetir con ellos, una oración a San Cipriano y a los cuchucientosmil santos, para que nos liberaran del mal, de la enfermedad y de la persecución.
“El Pensador” se puso de pie y extrajo de una pequeña bolsa un puñado de hojas de coca que tiró al suelo desde cierta altura. Luego nuevamente de rodillas, repitió tres veces una oración mezclado palabras en castellano con una lengua extraña.

—Tu protector es el Apu. Dijo dirigiéndose al paciente— tu color el verde y tu número el cuatro. Con ellos vamos a trabajar.

Lanzó las hojas al suelo otras dos veces y diagnosticó que la enfermedad que padecía, había sido provocada por una mujer interesada en hacerle daño: “Regresa el viernes —lo despidió.

Trae unos trozos de tela roja, velas verdes, una calabaza para la ofrenda y un cuy que nos servirá para vencer el mal.”

Un par de cervezas en el abrasador calor del medio día, hicieron que se me soltara la lengua para contar a Hernán con pelos y señales el registro que había presenciado. Había violado el más alto secreto brujeríl y me exponía a sufrir las consecuencias.

—Ya déjate de seguir haciendo güevadas Manuel —insistió Hernán con verdadera preocupación— la brujería te llevará a la enajenación.

El viernes acordado llovió torrencialmente, lo que fue interpretado por Artemio como un magnifico presagio.

El perro no apareció por ninguna parte y el hechicero estaba de magnifico humor. Repetimos la oración salvadora de males de la sesión anterior mientras colocaba la ofrenda a los pies del altar. Luego de retirarse unos pasos procedió a encender las velas y le hizo una seña al paciente para que se acercara, mientras esparcía en el ambiente un perfume que me hizo recordar a Albarrán fumando marihuana.

Luego se inclinó para tomar el cuy y frotarlo sobre el cuerpo del paciente, a quien había ordenado previamente se desnudara y se tendiera boca arriba, sobre un petate de esteras, iniciando una oración con tal sobre posición de palabras, que sólo pude captar algo de “que ya no lo podrían maldecir”.

La ceremonia se prolongó un buen rato. Artemio gritaba al repetir la oración y sus ojos enrojecidos inspiraban temor. Su voz se había transformado escuchándose más hueca, más impersonal.

Terminada la letanía asió al cuy por las patas traseras y con su mano mutilada, que empuñaba un filoso cuchillo, lo degolló. La cabeza del roedor dio tumbos en el suelo, terminando su sangriento recorrido bajo un aparador.

La sangre caía sobre uno de los trapos rojos que anteriormente había acomodado junto al paciente. Cuando el animalito terminaba de desangrarse, Artemio miró las figuras de sangre y anunció que iba a quemarlo, arrojando el paño en una fogata circular que ardía en medio de la habitación. Inexplicablemente el andrajo entró en combustión con no poca violencia.

Unos días después cuando me aproximé a “El Pensador”, el buen genio de aquella noche había desaparecido y me esperaba con una mirada de odio.

Me recriminó mi falta de seriedad por no haber mantenido el secreto y montó en cólera cuando le respondí que no me interesaban sus putas limpias, propias de cualquier aprendiz, sino la ubicación de Las Huaringas.

Una risa diabólica, estentórea, como sacada de las cavidades más profundas del abismo, estremeció la plaza. “El Pensador”, envuelto en su mantón de lana negra se irguió con arrogancia.

Algunos transeúntes al verlo aceleraron la marcha y dos viejitas se santiguaron varias veces, haciendo un esfuerzo para caminar a un paso más ligero que lo que les permitían sus cansadas piernas.

—Claro que sé donde se encuentran Las Huaringas. Gritó. ¡Allí no entran extraños! Y señalándome con el dedo índice de su mano mutilada, concluyó. ¡Te mataran!

—Ándate a la mierda brujo chambria le grité para provocarlo y obtener la ansiada respuesta, luego giré sobre mis talones simulando retirada, cuando la voz de “El Pensador” hizo detener mis pasos.

—La única que te puede dejar ingresar es la maldita de Rosenda, la puedes encontrar por El Faique, pero vas derecho hacia la muerte.

Me despedí de Hernán con algo de tristeza:

—Nada que hacer —le dije— se va tu dibujante.

Con él había aprendido, además de los elementales conocimientos de topografía a ver el mundo de otra manera, con más frialdad, sin que se me hiciera un nudo en la garganta, cuando la miseria y la injusticia desfilaban frente a mis ojos.

—La historia jamás se puede equivocar Manuel —me había dicho repetidas veces— y no son solo nuestros sentimientos los que pueden acelerar su curso.

Ilustración por Felipe Guamán Poma de Ayala

Ilustración por Felipe Guamán Poma de Ayala



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